Dos Profesoras en Letras compartieron el mejor promedio
Lucía Cancellarich Alcalá y María Lourdes Mielgo Gómez se destacaron en la 418ª entrega de diplomas.
Dos recientes Profesoras en Letras compartieron el máximo galardón de ser el mejor promedio de la 418ª Colación de Grados de la Universidad Nacional del Sur.
La distición recayó en Lucía Cancellarich Alcalá y María Lourdes Mielgo Gómez, quienes obtuvieron 9,35 puntos de promedio a lo largo de su paso por la casa de Altos Estudios.
El acto de entrega de diplomas, en el que participaron 52 graduados, tuvo lugar en el Aula Magna de avenida Colón 80.
Participaron los siguientes Departamentos: Agronomía, Biología Bioquímica y Farmacia, Ciencias de la Administración, Ciencias de la Educación, Ciencias de la Salud, Ciencias e Ingeniería de la Computación, Derecho, Humanidades, Ingeniería e Ingeniería Química.
La ceremonia fue presidida por el rector, doctor Daniel Vega y el discurso estuvo a cargo del Director Decano del Departamento de Humanidades, licenciado Diego Poggiese. El emotivo cierre musical estuvo dedicado a la selección nacional de fútbol, que el domingo disputará la final del Mundial de EE.UU.
El listado completo de flamantes profesionales es el siguiente:
Doctor en Agronomía: Hebe Tania Fernández.
Doctor en Biología: Bárbara Angeletti.
Magister en Administración: María de la Paz Moral.
Especialista en Gestión de Recursos Humanos: Betiana Jimena Gamero.
Especialista en Derecho Penal: Melisa Belén Casanova.
Especialista en Derecho de Familia, Infancia y Adolescencia: María Andrea Vottero.
Ingeniero Agrónomo: Joaquín Echegoyen, Sofía Luján González Artús, Ulises Gregorio, Luciano Rodrigo Martínez Alanis y Ezequiel Weinmeister.
Técnico Universitario en Parques y Jardines: Marisa Beatriz Munyau.
Bioquímico: Rocío Andrea Dall Armellina.
Farmacéutico: Micaela Castaño.
Contador Público: Micaela Danae Farquharson, Juan Fiordelli, Emanuel Fernando García, Constanza Rocío Pirola y Leandro Matías Toro.
Licenciado en Administración: Ana Clara Labourie.
Profesor de Educación Primaria: Agustina Belén Melinger y Sofía Ruiz de Arcaute.
Enfermero: Abril Oriana Balestá.
Licenciado en Enfermería: Laura Carolina Rodríguez.
Técnico Universitario en Acompañamiento Terapéutico: Agustín Rodríguez Gómez y Antonela María Vago.
Ingeniero en Sistemas de Información: Paula Belén Cabrapan, Marianela Lais Díaz, Julián Gallardo, Brenda Belén Martínez Ocampo, Juan Ignacio Olivero, Franco Manuel Ringhetti y Martín Verniere.
Abogado: Joaquín Asensio, Natalia Antonela Beroli, Analía Gianaria, Federico Peralta Mariscal, Ana Pilar Rodríguez Lohidoy y Daniela Zabaloy.
Licenciado en Seguridad Pública: María Eugenia Billanueva, Claudia Mabel Rimaites y Marcelo Alejandro Ruiz.
Profesor en Letras: Lucía Cancellarich Alcalá y María Lourdes Mielgo Gómez.
Ingeniero Industrial: Germán Herrero, Tomás Moro, Stefano Torre y Julieta Nicole Tumoletti Farah.
Ingeniero Químico: Lucas Ezequiel Bornancini Durán, Aldana Luján Dominella, Malena Aillen Heffner y Johann Luanel Wainmaier.
Ingeniero en Alimentos: Gastón Ezequiel Peralta.
"Deseo que podamos honrar todo lo aprendido durante estos años"
Lucía Cancellarich Alcalá, Profesora en Letras
Quisiera comenzar agradeciendo la oportunidad de dirigirles estas palabras en un día tan significativo. Mientras pensaba cómo escribir este discurso, cómo dirigirme a ustedes, hubo una idea que apareció una y otra vez: la mayoría de nosotros no nos conocemos. Venimos de carreras distintas, nos especializamos en disciplinas muy diferentes y, probablemente, no recorrimos los mismos edificios de esta universidad. Sin embargo, hoy estamos reunidos acá.
Y es que, aunque cada trayectoria haya sido única, hay experiencias que todos reconocemos. Las horas de estudio que parecían interminables; los incontables termos de mate que acompañaron lecturas y trabajos; la búsqueda permanente de un buen lugar en las salas de lectura; los grupos de estudio que, muchas veces, terminaron convirtiéndose en pilares fundamentales; también sabemos de la alegría de un examen aprobado y de la frustración ante el error; como también conocemos la satisfacción de cerrar un cuatrimestre y sentir que el esfuerzo había valido la pena.
Ninguna de estas escenas es extraordinaria por sí sola. Pero, reunidas, revelan algo que trasciende nuestras carreras y nuestras diferencias: todos fuimos parte de una misma experiencia universitaria. Esa es, en definitiva, la razón por la que hoy estamos acá.
Y esa experiencia no fue casual ni se construyó en soledad. Fue posible gracias a una institución que existe porque miles de personas la sostienen todos los días. Docentes que comparten mucho más que conocimientos; no docentes que mantienen el funcionamiento cotidiano de la universidad; investigadores que amplían las fronteras del saber; compañeros y compañeras que hicieron de los pasillos, las aulas y las salas espacios de encuentro.
En tiempos en los que se pone en discusión el valor de la educación pública y la relevancia de su financiamiento, creo que vale la pena detenernos un instante y reconocer el privilegio —y también la responsabilidad— de haber podido formarnos en la Universidad Nacional del Sur. Una universidad pública, gratuita y de calidad que existe porque una sociedad decidió que el conocimiento debía ser un bien compartido entre todos, capaz de promover el ascenso social y el pensamiento crítico.
Por eso este título tampoco es únicamente el resultado de un esfuerzo individual. Detrás de cada diploma hay mucho más. Está también aquello que nos espera por fuera de la universidad: nuestras familias y seres queridos que nos han acompañado y ayudado desde la distancia o desde casa, dando su esfuerzo para que podamos formarnos como profesionales. También están nuestras amistades, qué seriamos sin ellas, sin su aliento y su compañía. Definitivamente, a nuestro alrededor se han tejido redes que nos sostienen y, aunque hoy cada uno reciba un diploma con su nombre, nadie llega solo hasta este escenario.
Para finalizar, vuelvo a agradecer a la UNS por habernos enseñado tanto a lo largo de estos años y por habernos permitido comenzar a transitar nuestro camino profesional. Es una institución muy valiosa que no solo se enfoca en la docencia, sino que también promueve la investigación y la extensión, es decir, la divulgación científica y el compromiso social. Por otro lado, no quiero dejar de agradecer al Departamento de Humanidades, un espacio que me brindó sus instalaciones, reconoció mi dedicación con becas, me permitió conocer personas excepcionales y excelentes docentes a los cuales admiro hasta el día de hoy.
Deseo que podamos honrar todo lo aprendido durante estos años ejerciendo nuestras profesiones con el mismo compromiso con el que las estudiamos. Que la curiosidad, el esfuerzo y la disposición a seguir aprendiendo nos acompañen en nuestro recorrido profesional.
"Ojalá puedan cumplir lo que soñaron"
Diego Poggiese, decano del Departamento de Humanidades
Me toca la feliz circunstancia de tener que dirigirles la palabra a pocas de horas de haber vivido una excepcionalísima alegría colectiva vinculada con el deporte más popular en nuestro país: ojalá lo hayan disfrutado. Hago esto como única mención a ese acontecimiento, y no volveré a aludir al tema, de manera de distraernos del objeto real de este discurso.
Sin embargo, voy a mantener una pequeña parte de lo dicho, porque a decir verdad, un acto de colación de grados es un acontecimiento singular de sentimientos colectivos en torno de la atribución de una serie de títulos individuales. Algo en común tienen, y me voy a aprovechar de esa similitud para desarrollar unos minutos para llevar a cabo las acciones retóricas que solemos realizar en estas ocasiones.
En nombre de la institución, a propósito de lo que expresa ese título que en minutos van a tener en sus manos, los vamos a felicitar, vamos a manifestar nuestra alegría y orgullo, vamos a tratar de enumerar todo lo que creemos que implica la pertenencia, desde ahora y para siempre, a esta universidad, seguramente haremos una mención a las condiciones materiales en las que atravesaron sus carreras y finalmente, nos animaremos a arengarlos y aconsejarlos respecto de lo que imaginamos que será el horizonte de sus vidas profesionales. Este es el plan, espero no desviarme demasiado.
Primero lo primero: en el papel central de esta reunión celebratoria están ustedes, egresados y egresadas. Están sus historias de vida centradas en los últimos 5, 6 o más años. Están los años divididos en cuatrimestres, los horarios organizados en bloques, las semanas en cuentas regresivas hasta los exámenes, el recálculo del tiempo cuando alguna cosa no sale, el reloj de arena de las fechas de vencimiento.
Está la secundaria terminada hace demasiado poco pero ya lejana, está el futuro que más temprano que tarde tomarán por asalto. Durante una buena parte de sus vidas se sentaron en aulas, transitaron laboratorios y bibliotecas, fatigaron la vista, la mente y el cuerpo, asistieron a clases y consultas, probaron y acertaron, o fallaron para volver a intentar, y eso es solo la descripción de la parte más sencilla de la carrera. La formación de un saber complejo, un conjunto de valores éticos, una montaña de destrezas procedimentales y la conciencia de cómo usar todo ese utillaje es algo más complejo.
Enumero superficialmente todo el espesor que se despliega en ese cartón blanco en el que solo figura el título al que accedieron, para que tomen medida de qué se supone que se trata lo que la universidad convalida con este título. Lo enumero y me quedo corto a propósito, porque me limito a la dimensión individual del esfuerzo, que sin duda existe y es condición necesaria pero no suficiente. Dejé para la última oración de esta parte el acompañamiento amoroso de quienes hayan transitado partes o la totalidad de sus carreras: familia, amores, amigos, compañeros, docentes, nodocentes, todo aquel que fuera apoyo, paciencia, hombro, consejo, aliento, escucha.
Hay un mérito individual en el logro, e inescindiblemente, hay un acompañamiento colectivo sin el cual, créanme, esto no hubiera sucedido. Festejen, cada una y uno de ustedes, y festejen con ellos y ellas, con quienes quieran, con quienes crean que en algún momento fueron el punto de apoyo para el desarrollo de cualquier aspecto de sus carreras, esto es un hecho más extraordinario de lo que nos gusta aceptar.
Hablé de una celebración colectiva y necesito puntualizar la dimensión institucional que sostiene la frase que dije anteriormente: nuestra alegría y orgullo. Es que quizás parezca impostado en mi voz en particular que yo exprese esto si seguramente casi no conozco a ninguno de los que reciben un título, excepto a los del Departamento de Humanidades.
Pero son la alegría y el orgullo de institución que es la depositaria de las expectativas de una sociedad que apuesta su continuidad y su desarrollo a que determinados ciudadanos, en nuestro país, todos los que puedan intentarlo, pongan lo que aprenden en ella al servicio del bien común. Esa institución hoy está sometida al más salvaje ataque que se recuerda en democracia, pero me voy a detener en uno de los enunciados que, a partir de la mala fe, sostiene parte de ese ataque. Habrán oído que, en la medida en que un porcentaje muy pequeño de la población consigue llegar a la universidad, las carreras de todos y cada una y cada uno de ustedes se financió con la plata de los impuestos de todos.
La forma más ruin es que es IVA del pan de los niños de alguna provincia que se supone el epítome de la pobreza. Y ese enunciado tiene como horizonte amenazar la educación pública y gratuita que nos enorgullece (si al fin y al cabo sería un privilegio a partir del que se mantienen unos pocos privilegiados) y genera como consecuencia la creencia de que cada individuo que se recibe es deudor de cada individuo que paga impuestos y no va (porque no quiere o porque no puede) a la universidad. Esta prédica apunta al doble fin de arancelar las universidades mientras se reduce el valor de sus aportes en comparación con cualquier actividad que genere dinero de manera inmediata y por cualquier medio.
Me gustaría darle vuelta a esta frase para ubicar las cosas en su justa medida. La universidad que se paga con los impuestos de los que pueden y los que no pueden asistir a ella, es una de las instituciones que se sostienen de este modo, pero no la única. La organización social compleja en la que vivimos sostiene del mismo modo el poder judicial, la policía, las fuerzas armadas, el andamiaje de leyes, la infraestructura a partir de la cual se pueden desarrollar la industria y el comercio, aquellas cosas de la ciudad en la que vivimos y que trasciende el alcance de nuestro cuidado particular.
La idea que sostiene el tejido de agentes e instituciones que traten de equilibrar las condiciones de vida de una sociedad desigual y a la vez permitan el desarrollo de las actividades de todos y todas de manera previsible es la idea de bien común. El bien común, que no tiene valor de mercado, se distancia mucho de la idea de sociedad compuesta por individuos cuyos derechos, obligaciones y permisos se correlacionan con lo que cada uno puede pagar. Instituciones como la nuestra, entonces, sostenidas por el aporte de la comunidad, no puede tener otra medida que la apuesta por la consecución del bien común.
Cada una de las cosas por las que juren en un ratito es el desglose de esa idea. Es cierto que el título les permite desarrollar una vida profesional en la que pueden ganar dinero, más o menos, eso no importa, pero es un valor que se añade al horizonte de ciudadanos que por medio de sus profesiones sirvan a la comunidad. En efecto, todos los saberes, todas las ciencias, todas las prácticas, con la clasificación que quieran, básicas, aplicadas, tecnológicas, sociales, no importa, todas ellas construyen el entramado racional que sostenga cualquier discusión sobre el destino de una comunidad, cualquier política que pueda configurar ese destino, y toda la cadena que sostenga este entramado en el tiempo.
El título que los nombra profesionales los incorpora hoy, de otro modo, a ese entramado que aspira al bien común. La universidad, que aspira a que quienes las transitan, egresen o no, tengan esa conciencia, siente la alegría y el orgullo de imaginar que ustedes llegaron al final para eso. La democracia se sostiene en ese entramado en el que las instituciones educativas son fundamentales, y el ataque sobre ellas es precisamente, un ataque de aquellos a quienes la democracia les molesta.
Un paréntesis inevitable, les tocó a ustedes recibirse en el difícil contexto de una universidad para la cual existe una ley de financiamiento que lleva más de 200 días sin cumplirse: aunque estén egresando, ojalá puedan acompañar que la defensa de la universidad pública, gratuita, inclusiva y, de acuerdo con los datos, de alto nivel de formación en la que supieron estudiar.
Veo que me extendí un poco más de lo pensado en el plan y me queda un ítem de lo que prometí. Seré breve con el final. Voy a hacer una confesión que quizás no sea pertinente. Me distraigo, muy cada tanto en las colaciones. Una vez que empiezan a pasar uno por uno con sus familias, mientras aplaudo, me suele pasar que alguna imagen, impredeciblemente, me dispara una historia.
Soy de Letras, la literatura está hecha en gran parte de historias, y cuando me distraigo en alguna imagen que se ve en el escenario, en un abrazo particular entre el egresado o egresada con sus padres, o en la sonrisa de su pareja, o la frescura de alguno que sube con sus hijos, no me pregunten por qué, mi cabeza le inventa un pasado y un futuro a esa imagen. Le inventa un pasado arbitrario, en el que piensa cómo habrá llegado a la universidad, qué habrá soñado cuando empezó a cursar, cómo habrá transitado la carrera con quién la o lo acompañan ahora.
Y además, velozmente (son historias en forma muy comprimida y veloz), les imagina un futuro con ese título que tiene en la mano: en qué trabajará, si cambiará su situación, estará acá, algún día acompañando este tipo de actos, será lo que quería ser. Todo dura unos pocos segundos, y es azaroso. Siempre es una historia feliz.
Lo que nunca sucede es que en esos momentos mi cabeza que se distrajo imagine que ninguno, jamás, use este título y estos saberes para nada que no sea el bien común, use lo que la universidad puso a su disposición para actuar de manera que genere daño o dolor a la sociedad. Soy consciente de que hay profesionales que pueden hacer eso, de que hay saberes que no se usan para fines valiosos, de que la ciencia o las prácticas que enseñamos pueden usarse para fines reñidos con los valores científicos, éticos, ciudadanos y políticos que la universidad propone.
Pero nunca imagino, para ninguno de los egresados que estamos aplaudiendo en estos actos, ese destino oscuro en las invenciones micronovelescas que, muy cada tanto, llenan mis pequeñas distracciones: no hay manera de imaginarlos en ese lugar, no hay modo de pueda creer que la apuesta que la sociedad hace con las universidades y sus estudiantes no va a redundar en egresados que pongan sus saberes profesionales al servicio del bien común.
Ojalá a ustedes imaginen lo mismo cuando, a partir de ahora, le den forma sus destinos a partir del título. Ojalá puedan cumplir lo que soñaron cuando empezaron sus carreras.