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Adiós al Maestro Mario Grossi: el violín que ayer se volvió leyenda

Vivió durante 40 años en nuestra ciudad. Se formó con orquestas legendarias, como las de Héctor Varela, Miguel Caló y Osvaldo Piro. Junto a Eduardo Giorlandini escribió el tango "Villa Mitre".

Por José Valle (Especial para La Nueva.)

Hay noticias que detienen el compás y dejan al alma en un silencio hondo. En el día de ayer, nos dejó físicamente Mario Grossi, el hombre que no solo tocaba el violín, sino que traducía el sentir de un pueblo a través de sus cuerdas. Se fue el maestro, pero queda su eco eterno entre el asfalto mítico de Floresta y la brisa de su querida Bahía Blanca.

Nacido bajo el signo del barrio y el empedrado, Grossi supo desde temprano que el tango era una "parcela de vida". Formado con los grandes y fogueado en las filas de orquestas legendarias como las de Héctor Varela, Miguel Caló y Osvaldo Piro, trajo a nuestra ciudad un equipaje cargado de nostalgias cadeneras y un rigor técnico impecable. Desde su llegada en 1981, se convirtió en un pilar de la Orquesta Sinfónica Provincial, regalándole a Bahía Blanca su maestría y su corazón.

En tiempos difíciles para la cultura, Grossi asumió la responsabilidad quijotesca de sostener la Orquesta de Tango de Bahía Blanca. Con doce músicos en escena y una voluntad de hierro, desafió la adversidad para que el género nunca perdiera su brillo. Junto a su cofrade Lucio Passarelli y su inolvidable Cuarteto Surtango, demostró que el tango, como decía Toscanini, es la música más profunda del mundo.

Su obra "Villa Mitre", con versos de Eduardo Giorlandini, quedará para siempre como su testamento de amor: un corazón mirando al sur, donde conviven guapos, candombes y ese designio porteño que él supo sembrar en tierras bahienses.

Hoy nos invade ese sentimiento especial que solo provoca la partida de los grandes. Al igual que Pichuco volviendo al barrio en su romance eterno, Enrique Grossi ha vuelto ayer al escenario de los inmortales.

Nos queda el consuelo de su música, de su espíritu renovador y de esa frase que solía acompañar sus presentaciones: "¡Que hable el corazón!". Hoy, el corazón habla a través de las lágrimas de su violín, pero vibra con la gratitud de haber sido testigos de su arte.

Hasta siempre, Maestro. Su orquesta seguirá sonando en cada esquina