Entre la esperanza y la incertidumbre: dos voces venezolanas en Bahía Blanca
Dos mujeres venezolanas que viven en la ciudad relataron cómo atraviesan el escenario actual en su país tras la captura de Nicolás Maduro, marcado por la memoria y la expectativa de un proceso de transición.
La declaración del estado de emergencia en Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro el pasado sábado, volvió a poner el foco sobre un proceso político que sigue generando repercusiones dentro y fuera del país.
En Bahía Blanca, dos mujeres venezolanas compartieron con La Nueva. cómo atraviesan este momento desde la distancia, con relatos atravesados por la memoria, la preocupación y la expectativa sobre el futuro.
Yurivia Díaz Sequin vive en la ciudad desde hace nueve años. Es profesora de Historia jubilada y reside junto a su esposo e hijos. Salió de Venezuela desde Guatire, en el estado Miranda, y asegura que el país que dejó atrás ya no es el mismo. “Recuerdo lo que ya no existe. Esa Venezuela que dejamos hace 9 años no está”, expresó. En su relato aparece con fuerza la diáspora: “Familiares y amigos regados por el mundo que añoramos reencontrarnos en libertad”.
Sobre el momento actual, Yurivia habló de una mezcla de emociones difíciles de procesar. “Este momento se vive con muchos sentimientos encontrados, desde una felicidad agazapada hasta lágrimas contenidas y la zozobra de lo que está por venir”, señaló. En ese sentido, aclaró que no se trata de una celebración, sino de una expectativa política: “No se celebra el bombardeo, se ve el inicio de la vuelta a la democracia”.
En su testimonio, hizo referencia a los años recientes como un período marcado por la destrucción institucional, la violación de derechos humanos y la división de millones de familias. “Son 26 años de destrucción, de división de millones de familias que nos fuimos del país por no compartir los ideales del régimen”, afirmó, y sostuvo que la comunidad internacional durante mucho tiempo no acompañó la lucha del pueblo venezolano.
Desde Bahía Blanca, mantiene contacto con familiares y amistades que permanecen en Venezuela, aunque con dificultades. “Estamos en contacto en la medida que la comunicación lo permita y sabemos que el control va a incrementarse para generar temor y evitar que puedan manifestarse”, explicó.
Para Yurivia, el escenario que se abre es apenas inicial. “Esto apenas comienza. El proceso de recuperación de Venezuela va a llevar tiempo”, dijo, y consideró que la captura de Maduro representa “solo una pequeña ventana que se abre”. En su mirada, la transición debería comenzar con la liberación de los presos políticos y el respeto a los resultados electorales, “y sobre todo en paz”.
Además de su historia personal, Yurivia participa activamente en la comunidad venezolana local. A partir de la llegada de nuevos migrantes en 2017 y 2018, comenzaron a organizarse para brindar acompañamiento. “Nos fuimos agrupando de forma espontánea para orientar, ayudar y contener a los venezolanos que llegaban a la ciudad”, contó. Con el tiempo, ese trabajo derivó en la conformación legal de la Asociación Civil Sociedad Venezolana de Bahía Blanca, que hoy preside, con acciones orientadas a la ayuda comunitaria y a la difusión de la cultura venezolana.
Una experiencia distinta, atravesada por otra generación, es la de Roberta Ruiz Rivas. Tiene 27 años, vive en Bahía Blanca desde hace seis y salió de Venezuela en enero de 2019. Es estudiante avanzada de la Licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional del Sur y trabaja como cajera en una hamburguesería de la ciudad.
Roberta describió el presente como un momento difícil de definir. “Es un momento de muchas emociones encontradas”, expresó. Por un lado, reconoció sentir alivio por la salida de Maduro del país: “Es algo que siempre soñé y que en algún momento perdí la esperanza de que pasara”. Sin embargo, aclaró que eso no implica el fin del conflicto. “El régimen sigue de pie dentro del territorio venezolano, lo que hace que lo vivamos con incertidumbre y un poco de angustia”, sostuvo.
Oriunda de Caracas, recordó su vida en Venezuela con una mirada ambivalente. “Recuerdo muchas cosas buenas: mis amigos, mi familia, la universidad, los viajes a la playa”, enumeró, pero también habló de la otra cara de esa experiencia: la represión, el miedo y la falta de libertad. “Leer la lista de reprimidos deseando que no sea alguien cercano, vivir con miedo a que puedas ser el próximo detenido o asesinado, vivir sin libertad de expresión”, relató.
Su salida del país estuvo directamente vinculada a las protestas de 2017, en las que participó como parte del movimiento estudiantil. “El no desenlace de tanto trabajo, tantas protestas y tantas muertes generó en mí una frustración enorme y un miedo irreparable”, explicó. A pesar de haber continuado con el activismo, el aumento de los riesgos y la imposibilidad de proyectar una calidad de vida la llevaron a irse. “Me fui del país entendiendo que estaría a salvo fuera de mi hogar, lejos de mi familia”, dijo.
Hoy, desde la distancia, Roberta sigue la información con cautela. “Hago un filtro porque a veces es mucha y puede ser abrumador”, señaló. Prioriza el contacto con su familia, el diálogo con su hermano periodista y la consulta de medios internacionales para tener una visión amplia.
Su mayor preocupación tiene que ver con la continuidad del control del régimen y sus fuerzas de seguridad. “Me angustia el uso de las fuerzas armadas y de grupos paramilitares para oprimir al pueblo y meter miedo en la población”, afirmó, y mencionó también su inquietud por el estado de los presos políticos.
Al pensar en el futuro, Roberta considera que el proceso será largo. “Es el inicio del fin, pero hay un camino largo para recorrer”, expresó. Habló de la necesidad de juicios por violaciones a los derechos humanos, una transición política y condiciones de seguridad que respeten la voluntad popular. “Venezuela va a llevar muchos años de reconstrucción”, sostuvo, aunque manifestó su deseo de poder estar allí para acompañar ese proceso y ver concretado “el sueño de una Venezuela libre y democrática”.