Los primeros aeroplanos sobre la ciudad
La maravilla de la aviación se mostraba en Bahía Blanca
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
Hace 105 años, en marzo de 1920, sobrevoló la ciudad uno de los primeros aviones en surcar el cielo bahiense.
Si bien la evolución de estas naves voladoras era notable, no habían pasado 15 años del día en que los hermanos Wright lograron realizar el primer vuelo controlado. La Primera Guerra Mundial (1914-1919) había contribuido al desarrollo de estas máquinas y terminado ese conflicto muchos pilotos europeos comenzaron a recorrer el mundo ofreciendo la posibilidad de viajar en estos aparatos.
Fue el caso de la llegada a Bahía Blanca de Shirley Kingsley, veterano de guerra, que ya había hecho acto de presencia en los aires locales en 1919. Ahora regresaba con la idea de ofrecer vuelos recreativos. Kingsley había fundado ese año la River Plate Aviation, primera empresa de aerocomercial del país.
Kingsley realizó sus primeros vuelos en su biplano AIRCO para dos pasajeros y en poco tiempo estableció una flota de doce biplanos y dos limousines para cuatro pasajeros, con aeródromo propio en San Isidro.
Su presencia en la ciudad fue para ofrecer vuelos a todo interesado en vivir esa experiencia, con una tarifa de 50 pesos. También mencionó su idea de establecer un servicio regular hacia el sur.
Mientras tanto, los bahienses se maravillaban con esta “ave mecánica” que llegó “a turbar la paz del cielo”. “Ayer, el ronco sonar de un motor hizo elevar nuestras pupilas hacia el azul, y pronto divisamos el esperado aparato que, gallardo como una libélula, con las alas inmóviles se deslizaba suavemente sobre la urbe”.
Sin embargo, el redactor anticipaba que ese asombro no duraría demasiado. “Dentro de algunos años nuestro cielo tendrá a cada momento la visita de estas aves y nadie levantará la cabeza. Así pasa todo, porque el hombre se renueva y su genio fecundo no se cansa de una maravilla sino para crear otra mayor”.