Bahía Blanca | Viernes, 03 de abril

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Hay silencios y silencios

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Mientras algunos lo piden y hasta lo enaltecen, a veces resulta necesario en algunas circunstancias e insoportable en otras. Alcanza el posar el dedo índice sobre los labios, para que dicho gesto pueda ser decodificado a nivel mundial.

Muriel Mercedes Wabney, modelo argentina, a mediados de los años 50’ inmortalizó su fisonomía con una mímica que presidió hospitales, clínicas y salas médicas de gran parte del globo. Un rostro femenino impartiendo una orden “autoritariamente apacible” en medio de ansiedades, euforias, dolores; a veces también desesperación y desconsuelo.

El emblemático gesto se traduce en ¡Shhhh! ¡Silencio…!

Hacer uso del silencio requiere de tantas habilidades casi como a la acción de enlazar palabras; acallar la voz se convierte paradójicamente en un sonido ensordecedor.

También el silencio, es a veces, una herramienta letal que mata destruye, aniquila, sepulta, lastima, lacera; provocando heridas que no cierran, que claman ser suturadas con palabras, explicaciones, justificaciones.

Desconozco cuál es el uso que hacés del silencio, tal vez lo empleás en ocasiones en las que intentás “no echar más leña al fuego” y convertís el mutismo intencional en una estrategia inteligente, oportuna y hasta sanadora ya que el silencio se traduce en el deseo de abandonar una discusión poco conducente que solo amplificaría un conflicto.

¿Cuándo el silencio se convierte en castigo? ¿Qué se oculta detrás de “voces calladas”? ¿Mudez ocasional o violencia solapada?

Estudios revelan que el uso del silencio como medida de castigo o escarmiento es más habitual en hombres que mujeres; evidencia elocuente de la carencia de recursos psicológicos para enfrentar una amplia gama de situaciones. 

Castigar para que el interlocutor cambie de actitud, sentirse ofendido e intentar “matar con la indiferencia”, esperar una disculpa cuando no es merecida, son habituales en quien pretende impartir un escarmiento.

Mezcla de cobardía y manipulación por parte de quien pretende responsabilizar al otro, a veces al punto de doblegarlo; conductas que reflejan el desinterés por resolver conflictos mediante un diálogo constructivo que restablezca vínculos.

El silencio se traduce en una actitud infantil y sumamente egoísta, gratificación para quien enmudece vilmente y doloroso para quien es sometido a la “prescripción del silencio”. 

Susceptible a múltiples significados, la ausencia de mensajes es el motivo que prevalece en los conflictos vinculares; siendo innegable que las distancias se agrandan, los altercados no se resuelven, los fuegos se apagan, los dolores permanecen y las cicatrices se arraigan con la misma profundidad del vacío que provoca el silencio. 

Negarle la palabra al otro es una forma de construir asimetrías, en las que alguien debe agradar y complacer quedando vedada la posibilidad de expresar necesidades y deseos; silenciar las palabras intencionadamente es una forma de violencia en la que los vínculos lejos de ser libres se edifican sobre la dependencia emocional.

Todos los seres humanos necesitan del reconocimiento del otro: la comunicación, la palabra son una forma de reconocimiento, las respuestas esperadas son correspondencia y consideración. Negar la palabra, ignorar es invisibilizar y menospreciar, reduciendo sentimientos, experiencias e historias. 

Conozco personas que suelen enviar un mensaje sincero, sentido, convencidas de que la palabra une, construye, repara, acerca, libera; una cuestión de valentía, madurez y buenas intenciones. A ves la respuesta es un silencio tan profundo que castiga y paradójicamente ensordece.