Bahía Blanca | Viernes, 19 de agosto

Bahía Blanca | Viernes, 19 de agosto

Bahía Blanca | Viernes, 19 de agosto

Juan Miguel Vigna, aquel gran jugador que volvió a las canchas como entrenador

Fue uno de los talentos que dio la ciudad y una lesión frustró su continuidad. "Siempre me gustó la parte técnica, táctica y estratégica. Yo jugaba bastante con eso, era de leer el juego", recordó.

Juan Miguel Vigna. Fotos: Emmanuel Briane y archivo-La Nueva.

 

Por Fernando Rodríguez
Twitter: @rodriguezefe

Instagram: ferodriguez_

(Nota publicada en la edición impresa)

 

   Era de esos jugadores que daba gusto verlo jugar. Formado en Olimpo, empezó a dejar su huella en las canchas más allá de Bahía; fue campeón Sudamericano de Cadetes y cuando surfeaba lo alto de la ola sucedió lo impensado: rotura de ligamentos cruzados de la pierna izquierda.

   Un año y medio después, el llamado de Estudiantes para jugar la Liga Nacional. Y un volver a empezar.

   A Juan Miguel Vigna le cuesta hablar en pasado, prefiere evitarlo. A los 45 años vive su presente, descubriendo una faceta que, después de muchos años, es el vehículo para volver a vincularse directamente con el básquetbol.

   “Siempre me gustó la parte técnica, táctica y estratégica. Yo jugaba bastante con eso, era de leer el juego”, recuerda.

   Alto, de buen porte y con mucha visión de juego, el zurdo sobresalía desde la base. Era distinto.

   Hoy, como entrenador, en La Falda intenta compartir todos sus conocimientos.

   “Me había alejado por completo del básquet, sólo lo seguía como espectador, desde casa y siempre tuve ganas de seguir vinculado, porque corté antes de lo que hubiese querido”, admite.

   Hizo el curso de entrenador y el vínculo que mantuvo de Olimpo con Cristian Germain (hoy al frente del básquetbol de La Falda), le abrió las puertas de Humboldt 52.

   “Me pareció una linda oportunidad para empezar a desarrollar cosas. El club se estaba reordenando y el año pasado, con la pandemia, empezamos con un grupo reducido de chicos que, en su mayoría, no habían practicado deporte. Eso lleva un trabajo más largo. Hoy, gracias a Dios tenemos Infantiles y Cadetes prácticamente con plantilla completa”, destaca.

   No pocos fueron quienes descubrieron este rol casi desconocido de Miguel -y se lo manifestaron-, cuando el lunes apareció en “La Nueva” como flamante DT del equipo que participará del torneo de Segunda.

   —¿Dirigir el torneo superior significa otro desafío?

   —La parte que más me interesaba como entrenador era la competencia, no tanto de formación. Surgió el tema de la Segunda, porque Piru (Fernando Alvarez) no seguía, lo charlamos y ahora sí la experiencia será más apuntando a lo que quería hacer.

   —¿Lo que más te seduce es volver a vincularte con la actividad?

   —Cuando dejé, más que nada por un tema físico, me quedó picando la manera de cómo poder estar, porque el básquet es el deporte que me gusta. Siempre tuve ganas de vincularme, porque corté antes de lo que hubiese querido. Con el tiempo surgió la posibilidad y me metí. Pudo ser antes, tal vez, pero este es el tiempo que me llevó y, capaz, antes no fue el momento.

   —Dentro del poco tiempo que te queda con dos trabajos, ¿qué te movilizó para hacerte un hueco y dirigir?

   —Todo este tiempo veía desde afuera un montón de partidos y ligas que me generaban un montón de interrogantes. Fui prestando más atención a las declaraciones de entrenadores y a determinadas tácticas. Lo empecé como hobby y me llegó el momento.

   —¿Qué perfil te gusta para desarrollar como entrenador?

   —La realidad que hoy en La Falda estamos haciendo más bien un trabajo social que deportivo, porque son chicos nuevos en el deporte. Hay un tema de conocer el físico, de coordinar y, a eso, incorporarle un deporte como el básquetbol, que tiene mucha técnica. Por eso, hoy estoy haciendo docencia, tratando que entiendan que es un deporte de equipo, cómo comportarse y el respeto, después sí le metemos básquet.

   —Lindo desafío.

   —Sí. La verdad que está bueno que me haya tocado porque, tal vez, son vivencias que no las tenés nunca en la vida. Son clubes particulares y de los que aprendés un montón. Estoy muy cómodo y contento en el club, agradecido por la oportunidad que me dan.

   —¿Qué cosas te quedaron más guardadas de los técnicos que te dirigieron?

   —Creo que tuve la suerte, después de haber jugado en varios niveles, de llevarme cosas de todos los entrenadores. Sin dar nombres, rescato muchísimo de cada uno: lo mejor de alguno como técnico, otro como entrenador, otro mezcla... Cada uno con sus características.

Miguel, junto a Juan García.

 

   —Fuiste beneficiado por tus condiciones naturales para ser un gran jugador. Ahora, ¿cuánto considerás que influyeron los técnicos en tu desarrollo?

   —Sin lugar a dudas, de no tener a Juan (García), no me hubiese destacado, porque siempre era el más alto de mi categoría y jugaba de base. ¡Y en esa época! Hace casi 40 años... Desde el más alto al más bajo entrenábamos todos los mismos fundamentos.

   —El tema de la posición y la ventaja que puede sacar un chico alto aún genera debate en los clubes, padres, e inclusive entrenadores. ¿En ese momento lo asumiste con naturalidad?

   —Totalmente. Empecé con cuatro años y lo fui aprendiendo naturalmente. Obviamente, alguna facilidad tenía.

   —¿Cuándo fue el pico de tu carrera?

   —El pico personal fue el último año, antes de la lesión importante que sufrí, cuando jugamos el Sudamericano.

   —En el ‘93.

   —Claro. Después de eso me rompí la rodilla (a los 17 años) y estuve un tiempo parado (un año y medio), pero la pierna nunca la recuperé del todo. Después tuve la suerte de que Estudiantes me dio la oportunidad de jugar en la Liga, pero nunca me sentí cómodo, por el tema de la rodilla.

   —¿Significó una carga?

   —No era un virtuoso físicamente, explosivo o rápido y al ser un jugador alto para la posición y con una rodilla que no me respondía bien, me impedía desarrollar lo que pretendía. Entonces, la frustración era grande.

Ayudado por Manu para elongar.

 

   —Así y todo, jugaste tres temporadas en la A (100 partidos), con algunos muy buenos equipos y hasta en dos siendo compañero de Manu. Imagino que te habrá quedado un buen recuerdo. ¿O no?

   —Sí, sí. Tengo los mejores recuerdos. Además hice muchos amigos; inclusive me cruzo con gente que no tuve mucho contacto, pero todos se acuerdan y demuestran cariño, lo cual, más allá de lo deportivo, significa una satisfacción personal.

Atacando a Ruiz Moreno.

 

   —Tu caso es particular, porque fuiste un jugador distinto y del que todos nos quedamos con ganas de verte más tiempo jugando profesionalmente.

   —Sinceramente, yo lo vivía con naturalidad. Como ahora, que me llega la oportunidad de dirigir. Igual, uno siente esa intriga de qué podría haber sido si...

   —¿Te costó la decisión de dejar, más allá de los retornos que tuviste en el torneo local jugando en Olimpo, Comercial, 9 de Julio y Argentino?

   —La última vuelta fue en Argentino, donde me terminé rompiendo un tobillo. Pero siempre las vueltas surgieron por alguna amistad. Soy de ir donde sé que vamos a entendernos y si pasa algo hablando nos pondremos de acuerdo. Le doy mucho valor a la persona.

Su último equipo, Argentino. Lo sigue Mariano Grippo.

 

   —Eras un jugador más bien frío, pensante, ¿qué relación tenías con los entrenadores temperamentales?

   —No tuve problemas, más allá de diferencias con algunos manejos. De grande sí he pensado eso de no expresar emociones dentro de la cancha, no sé si era bueno o malo, pero sí entendí que cada jugador canaliza como puede.

   —¿En algún momento sentiste que había muchas expectativas puestas en vos?

   —Sinceramente no me creía nada, hacía la mía, sabía que necesitaba entrenar y lo cumplía porque tenía un objetivo, apuntaba a otra cosa. Cuando llegué a Estudiantes venía de una lesión y me habían dicho que no iba a poder volver a jugar. En ese momento era una lesión complicada; de ahí pasaron casi tres años hasta que me convencí de que no podía. Entonces, para mí de un día para otro terminamos la Liga y dije “gracias, no voy a seguir, me voy”. Cerré la puerta y se acabó todo. Tal vez podría haber podido seguir jugando, aunque no como a mí me gustaría...

   —Desde ese día, ¿cuántas cosas se te cruzaron por la cabeza?

   —Ninguna, porque ese día sentí que la pierna no la estaba recuperando y habían pasado tres años de proceso.

   El físico de Juan Miguel Vigna, finalmente, no fue un aliado para que terminara de desarrollar su carrera como jugador.

   Ahora bien, si como técnico logra transmitir los conocimientos que incorporó y parte del talento que demostró con la pelota, el básquetbol de la ciudad habrá rescatado un apellido que, de un día para otro, había quedado archivado.