Bahía Blanca | Sabado, 21 de mayo

Bahía Blanca | Sabado, 21 de mayo

Bahía Blanca | Sabado, 21 de mayo

Gerardo Romano vuelve a "El marginal" con Antín, el corrupto favorito de los fans

"Todos querrían ser como él en una sociedad como funciona la nuestra", dice el actor sobre el personaje que interpreta en la serie. Esta semana se estrenó una nueva temporada.

Fotos: Télam

   Gerardo Romano retoma en la cuarta temporada de El marginal, estrenada esta semana en Netflix, su ya icónico papel de Sergio Antín, el tan deleznable como simpático corrupto funcionario penitenciario que atrae porque "todos querrían ser como él en una sociedad como funciona la nuestra".

   Eso opina el actor en conversación con Télam desde Mar del Plata —donde hace temporada con la obra Un judío común y corriente, que protagoniza desde 2015—, y añade que una de las particularidades que hacen a Antín tan "inspirador" para el público es que "no siente culpa y avanza".

   Efectivamente, en esta cuarta temporada de la ficción creada por Sebastián Ortega y dirigida por Alejandro Ciancio y Mariano Ardanaz, quien fuera el director del ficticio penal de San Onofre en el que transcurrió la trama hasta que quedó envuelta en llamas, no solo no pagó por sus transgresiones, sino que consiguió el premio de hacerse con la Secretaría de Seguridad nacional.

   La serie retoma meses después de los hechos ocurridos en la primera temporada —la segunda y tercera entregas fueron precuelas que ampliaron y contextualizaron el universo narrativo de sus principales protagonistas—, cuando buena parte de los convictos más caracterizados vuelven a reunirse en otra cárcel, el penal de Puente Viejo.

   Pastor (Juan Minujín), Mario Borges (Claudio Rissi), Diosito (Nicolás Furtado) y César (Abel Ayala), tienen muchas cuentas pendientes entre sí para dirimir y también un gran punto en común: ahora están en igualdad de condiciones. Todos son nuevos en el penal y deben bajar la cabeza ante autoridades y "capangas", al menos hasta que sepan cómo escalar la estructura de poder.

   El sádico Benito Galván, el director que maneja con mano de hierro la cárcel encarnado por Rodolfo Ranni, y la banda liderada por Coco (Pipo Luque) son entonces nuevos obstáculos para los presidiarios recién arribados.

   Desde afuera, el amoral Antín va a intentar infiltrar y socavar el poder de Galván y reeditar la sociedad criminal con Borges que pueda seguir llenando sus bolsillos.

   "¿A mí qué carajo me importa el país? Me importo yo, mi patrimonio, mi guita, mi laburo", dice un sincero Antín en el segundo de los ocho episodios de esta temporada; una síntesis de las motivaciones y constitución psicológica del personaje qué más claro lo tiene. Es que los supuestos "marginales" que viven detrás de las rejas al menos sostienen lealtades o amistades.

   Romano charló con Télam sobre el odioso pero querible personaje que encarna desde 2016, su reencuentro en pantalla con Ranni a casi 30 años de la recordada "Zona de riesgo" que hicieron a comienzos de los 90 y hasta su química con Rissi y la libertad para improvisar esa suerte de campeonato de puteadas en los que se embarcan Antín y Borges.

   —Nuevas locaciones, grabar las temporadas 4 y 5 juntas, un elenco que creció mucho, ¿hizo todo eso que se sintiera un rodaje diferente?

   —La única diferencia que sentí fue con algunos actores con los que tuve que interactuar, porque tenía una ventaja que era el mutuo conocimiento y la mutua empatía que siempre redunda en un funcionamiento artístico superlativo.

   —Te referís sobre todo al "Tano" Ranni…

   —Sobre todo, claro. No trabajé más con él, después de haber trabajado mucho en cine y televisión, en un importante éxito como Zona de riesgo. Casi 30 años. Y tiene un sabor muy especial haber trazado una relación muy intensa con alguien, que pasen 30 años, reencontrarte y poder mirarte profundamente a los ojos, más allá del ego, y eso es de alto regocijo.

   —Además con un personaje que es el principal antagonista del tuyo.

   —¡Sí! Maltratarlo, putearlo y basurearlo a Galván tiene un plus porque es Ranni (risas).

   —Desde la última vez que el público vio a todos estos personajes, Antín es el único que parece no solo haber caído bien parado sino directamente progresado.

   —Es el mismo pero con más poder, con más fuerza política. Es un Antín feliz; la primera temporada se pudo manotear la plata que malhubo, así que el que cosechó y llegó a buen puerto con sus pretensiones fue él. Los demás se comían garrones, golpizas, torturas, enfermedades, cagadas a palos, encierros… ser tumbero. Y Antín tiene una linda casa, una linda esposa, hace lo que quiere, no siente contradicciones. Fundamentalmente, no siente culpa, y eso es lo que más alivia la conciencia de quien anda por caminos malhabidos.

   —¿Tuviste alguna inspiración para este funcionario amoral?

   —Un presidente que espía a funcionarios de su propio partido es altamente inspirador; un tipo que lleva a su nena al colegio, es cariñoso con su mujer, es glamoroso, es buen mozo, tiene plata, es simpático, hace chistes, habla de fútbol. Todos querrían ser como él en una sociedad como funciona la nuestra. Antín es alguien inspirador, alguien que la gente querría ser; no siente culpa, vive bien, y avanza.

   —¿Qué te dice la gente?

   —"¡Aguante Antín!" (risas), es que tiene gran magnetismo. Pero no es que es carismático y nada más, sino que es tan hijo de puta y tan simpático que todo se disuelve y es un héroe en vez de un villano.

   —¿Cuánto podés jugar con el personaje, hacerlo tuyo más allá de lo que está en la página? Resultan especialmente naturales esos diálogos rebosantes de insultos con Rissi.

   —Hace muchos años, cuando trabajé con Roberto Ledo, hice una escena y agregué una cosa muy dramática y dije "ahora me van a cagar a pedos por haber agregado letra". Fui y le dije en voz baja "disculpame, no sé si te gustó lo que dije", y me dijo "si vas a agregar así, agregá todo lo que quieras que te banco". Y aunque nadie me dijo en El marginal esas palabras, lo sentí en el hecho de que preparaba la escena, la recreaba, y sentía que ellos se daban cuenta de que lo más generador de riqueza ficcional es la imaginación en acción. Sentía que había un guiño, y lo disfruté, aunque trataba de no sobrepasarme, de medirme.

   Con Rissi hacíamos escenas y era obvio que nos dejaban jugar, que nos dejaban como si fuéramos Olmedo y Portales cuando hacían Stanislavski y Grotowski.

   —Después de unos cuantos años en la piel de este personaje, y en esta historia, ¿tenés clara cuál es la clave de su éxito?

   —Que está bien hecha; están muy bien elegidos los actores, está muy bien producida. Si están las cosas bien hechas, el resultado es bueno. Si el camino es halagüeño, llegar es más fácil. (Nicolás Biederman-Télam)