Bahía Blanca | Miércoles, 29 de junio

Bahía Blanca | Miércoles, 29 de junio

Bahía Blanca | Miércoles, 29 de junio

La Bahía que queremos todos

Desde sus orígenes, Bahía Blanca fue concebida como un Establecimiento-Puerto. Pero su crecimiento y desarrollo se produjo a partir de la llegada del ferrocarril.

   Si bien Bahía Blanca se funda en 1828, como centro de avance de la frontera agroganadera, su crecimiento y desarrollo se produce a partir de la llegada del Ferrocarril. 

   En 1869 la población contaba con 1472 habitantes, para alcanzar los 14238 en 1895. Multiplicada por 10 en sólo 25 años.

   Esto se debió a la llegada de los ferrocarriles, que desde tres frentes diferentes convergieron en lo que ya comenzaba a ser la ciudad Puerto. El Ferrocarril del Sud en 1884, el Bahía Blanca Noroeste en 1895 y el Rosario a Puerto Belgrano en 1903. Paralelamente se ampliaron los puertos, y el hoy olvidado Puerto de Cuatreros albergó al Frigorífico Sansinena.

   Todas estas obras movilizaron masas de inmigrantes que provocaron el exponencial crecimiento de la ciudad, convertida por sus redes ferroviarias y sus puertos, en un centro obligado de desarrollo comercial. 

   Y, de hecho, la ciudad se ha desarrollado en un cono que nace en el puerto y se va ampliando en la medida en que las vías se van separando. 

   Luego vendrían las obras de infraestructura vial, industrias agroalimentarias, energía, para ya en la mitad final del siglo XX, industria petroquímica y otras complementarias dando lugar a un mosaico multiproductivo, atractivo aún para muchos ciudadanos interesados en insertarse en un mercado comercial. 

   La ciudad también creció social y culturalmente, hasta convertirse en una ciudad universitaria, con cuatro centros de excelencia, un polo de salud de alta tecnología y un nodo energético. De la misma manera, alcanzó las condiciones de logística para transformarse en un polo de servicios y así seguir creciendo. 

   En el camino, sin embargo, el impulso que moviera a la ciudad durante un siglo se perdió, conduciendo a su estancamiento. La que se dijo en su momento la Liverpool Argentina, o la “Puerta y Puerto del Sur Argentino”, es hoy una de las ciudades de menor crecimiento en el país. 

   El Académico Hernán Silva hacía, en 2009, en este diario, un duro diagnóstico. 

   La ciudad es reconocida en el mundo por la producción de inteligencia, pero demuestra un descompaso notable al tratar de integrar esa inteligencia en las instituciones públicas y privadas, en los órganos de la cultura y las demandas del mercado. 

   No apenas el país en relación al exterior, sino también la ciudad en relación al país experimenta una fuga de cerebros - así como de manos hábiles, de espíritus osados, de hombres y mujeres diferentes que buscan hacer una diferencia.

   Quizá el destino de Bahía Blanca nunca fue el de la gran metrópolis con la que soñaron sus ideólogos novecentistas, pero seguramente no carece ni de la libertad ni de la fuerza para darse uno nuevo. 

   Para eso es necesario que se multipliquen las sinergias entre el pensamiento y las instituciones, la creatividad y la producción. Solo así las ideas ganan cuerpo. 

   Entonces quizá la ciudad deje de ser apenas una ciudad que produce inteligencia para ser una ciudad inteligente, es decir, no solo una ciudad que alimenta al mundo o provee al mundo de materias primas, sino una ciudad en la que vale la pena vivir, una ciudad con espacio para pensar y hacer cosas, para llevar proyectos adelante y disfrutar del tiempo libre, para crecer, para realizarse, para envejecer. 

   Si esto es un deseo, es un deseo de todos. Pero es también una tarea: la tarea, al mismo tiempo urgente e infinita, de hacer venir a ser ese objeto, al mismo tiempo conocido y siempre por descubrir, que es la ciudad en que vivimos.