San Martín, la guerra y la revolución
Quien tiene clara su misión sabe para dónde va y no es presa de las difamaciones y las envidias. Para San Martín había dos tareas estratégicas: concretar la independencia de las Provincias Unidas para, así, desplegar las campañas libertadoras de Chile y Perú, el “Plan Americano”. Lo político y lo militar, la revolución y la guerra, necesitaban darse la mano.
Ricardo de Titto / Especial para "La Nueva."
Corría noviembre de 1815. San Martín, desde Cuyo, escribe a su “amigo y paisano apreciable” don Tomás Godoy Cruz, para salir al paso de acusaciones destempladas que viene recibiendo: “¡Con que los cordobeses están muy enfadados conmigo! Paciencia. (…) ‘Ustedes tienen en esa un Jefe que no lo conocen: él es ambicioso, cruel, ladrón, y poco seguro en la causa, pues hay fundadas sospechas de que haya sido enviado por los españoles’”. dicen de él, intentando ensuciarlo. Sin embargo San Martín responde sin entrar en provocaciones: “Después que llamé la reflexión en mi ayuda, hice lo que Diógenes: zambullirme en una tinaja de filosofía y decir: ‘todo esto es necesario que sufra el hombre público para que esta nave llegue a puerto’”.i Es mesurado y, sobre todo, tiene confianza en su proyecto independentista.
Poco después, reunidos los diputados en Tucumán, su pluma obra como una espada filosa: “¡Cuándo se juntan y dan principio a sus sesiones! Yo estoy con el mayor cuidado sobre el resultado del Congreso, y con mucho más si no hay una unión íntima de opinión”; y pide información: “Dígame algo sobre los diputados llegados, ábrame su opinión sobre los resultados que espera de esa reunión, pues esto me interesa más que todo, como que está ligada al bien general”.
No es ajeno, sin embargo, a las internas que se juegan en el Congreso de Tucumán. Entre sus delegados había una minoría de republicanos y una mayoría simpatizaba con instalar un régimen monárquico “temperado” al estilo inglés. Del mismo modo, la mayoría quería un gobierno unitario, con un poder central y por eso nombran a Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo, justamente porque era amigo y cófrade de San Martín en la Logia Lautaro. Pero debe destacarse que al Congreso no asisten los federales reunidos por José Artigas en la “Liga de los Pueblos Libres” (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y la Banda Oriental) y otros, como Manuel Moreno o Manuel Dorrego, fustigan al Directorio desde la prensa de Buenos Aires.
San Martín sabe que el bloque de diputados porteños le profesa un “odio cordial con que me favorecen” –dice– “así es que, mi corazón se va encalleciendo a los tiros de la maledicencia, y para ser insensible a ellos, me he aforrado con la máxima de Epicteto: “Si l’on dit mal di toi et, qu’il soit véritable, corrige toi; si ce sont des mensonges, risen (“Si dicen mal de ti y es cierto, corrígete. Si no es cierto, ríete”). ii De modo que termina por resignarse a ser el blanco elegido por algunos opositores: “En fin, mi amigo, nada siento los tiros disparados contra mí, sino que la continuación hace aburrir a los hombres más estoicos”.
Nuevamente, esa seguridad se asienta sobre su posición tomada sobre todas las cuestiones esenciales: aún antes del comienzo de las sesiones alerta sobre su pensar político y su modelo de organización que rechaza la posición federalista o confederada: “Me muero cada vez que oigo hablar de Federación. ¿No sería más conveniente trasplantar la Capital a otro punto, cortando por este medio las justas quejas de las provincias? ¡Pero federación! ¿Y puede verificarse? Si en un gobierno constituido, y en un país ilustrado, poblado, artista, agricultor y comerciante, se han tocado en la última guerra con los ingleses –hablo de los americanos del Norte– las dificultades de una federación ¿qué será de nosotros que carecemos de aquellas ventajas? Amigo mío, si con todas las Provincias y sus recursos somos débiles, ¿qué no sucederá aislada cada una de ellas? Agregue usted a esto la rivalidad de vecindad y los intereses encontrados de todas ellas, y concebirá, que todo se volverá una leonera, cuyo tercero en discordia será el enemigo”.iii
En una nueva carta el 12 de abril insta por la declaración de la Independencia. Primero festeja que la defensa del Norte se haya acordado: “Más que mil victorias he celebrado la mil veces feliz unión de Güemes con Rondeau; así es que, las demostraciones en ésta sobre tan feliz incidente se han celebrado con una salva de veinte cañonazos, iluminación, repiques y otras mil cosas” y luego redobla el reclamo ya realizado: “¡¿Hasta cuándo esperamos declarar nuestra Independencia?! ¿No le parece una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? Los enemigos –y con mucha razón– nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos. Esté usted seguro que nadie nos auxiliará en tal situación”.
Aunque, con suspicacia, San Martín se confiesa ignorante de la política, acomete con recomendaciones que conjuntan sus móviles militares con los objetivos del Congreso, esto es, por un lado, armar un ejército en condiciones de combatir y por el otro, dotar de una constitución a las Provincias Unidas. Es elocuente su carta del 24 de abril: “Ustedes se molestarán en proporcionarnos medios para salvar el país, como se fatigarán en averiguar las causas primitivas de nuestras desgracias; pues sepa usted que estas penden –hablo de lo militar–, en que no tenemos un solo hombre capaz de ponerse al frente de un ejército”. Y allí la audaz sugerencia: “Busquen en la Francia seis u ocho generales –que en día no tienen que comer–, tráiganlos, y verá usted cómo todas nuestras operaciones y sucesos varían. Tenga usted esto muy presente, y conocerá sin este arbitrio, nada adelantamos. Hagamos justicia a nuestra ignorancia, y que el orgullo no nos precipite en el abismo”.
Entonces, por un lado, razonablemente, impulsa un régimen monárquico y unitario por correspondencia natural; por otro, en la lucha contra los realistas españoles –los “maturrangos”– pide contratar militares napoleónicos y republicanos; la guerra en curso en el continente exigía ser pragmáticos. En ese mismo sentido, el Gran Capitán ausculta la realidad concreta, en lo político, en lo social, en lo militar.
El Ejército de los Andes, una tarea ciclópea
El 12 de mayo de 1816 da forma a un “Plan general de guerra y política” donde dice: “El mejor soldado de infantería que tenemos, son los negros y mulatos: los de estas provincias no son aptos sino para caballería –quiero decir los blancos–. Por esta razón y la de formar un ejército en el pie y fuerza que he dicho, no hay más arbitrio que el de echar mano de sus esclavos: por un cómputo prudencial, deben producir soldados útiles los siguientes: Buenos Aires y su jurisdicción, 5.000; Cuyo, de que estoy bien enterado, 1.190; Córdoba, 2.600; resto de las provincias, 1.000. Total: 9.790, aclarando que “en este número no se cuenta sobre 2.600 que tenemos en los cuerpos”.
Pero esa misma misiva atiende a todo; como gran organizador que era nada se le escapa: “Y ¿quién hace los zapatos? me dirá usted. Andemos con ojotas: más vale esto que el que nos cuelguen, y peor que esto, el perder el honor nacional. Y el pan ¿quién lo hace en Buenos Aires? Las mujeres, y si no comeremos carne solamente. Amigo mío, si queremos salvarnos es preciso hacer grandes sacrificios”. Y finaliza subrayando lo anterior: “Ya dejo expuesto que la infantería debe componerse de los esclavos y libertos, y aun la artillería: todos los demás soldados blancos de infantería en el día, deben llenar los regimientos de caballería. Dirá usted que ésta es una resolución propia de un sargentón, puramente despótica. Tiene usted razón, pero si no la toman, los maturrangos nos darán en la cabeza”.
Lo que hizo en el campamento de El Plumerillo fue gigantesco, sorprendente; por ejemplo la conversión de fray Luis Beltrán en una especie de ingeniero militar todo terreno: decir que hicieron maravillas es poco; Beltrán se convirtió casi en un alquimista y mago. Pero a la vez, mientras organizaba los detalles más nimios como las mujeres que tejían y cocían alpargatas, y acuerda con tribus aborígenes cercanas permisos de cruce a la cordillera o monta una red de espionaje en la misma Santiago, teje acuerdos y precisa planes estratégicos, en particular con Pueyrredón hombre de su mayor confianza, encargado de conseguir “metálico” y pertrechos imprescindibles.
Respecto de instituir una monarquía moderada, la variante de coronar un heredero de los Incas que sostendrá Belgrano, le parece una táctica formidable. En carta del 24 de mayo insiste: “Tengo a la vista la de usted del 12. Veo lo que me dice sobre que el punto de la independencia no es soplar y hacer botellas. Yo respondo a usted que mil veces me parece más fácil hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”. Sin embargo, otra vez, para evitar que lo condenen como un entrometido en cuestiones supuestamente “ajenas” a su métier, destaca: “Ya sabe usted que de muy poco entiendo, pero de política menos que de nada; pero como escribo para un amigo de toda mi confianza, me aventuraré a esparcir un poco de erudición gabinetiva: cuidado, que yo no escribo más que para mi amigo”, aunque claro, se permite esbozar casi un manifiesto independentista que –lo sabe bien– circulará entre los congresales: “Si yo fuese diputado, me aventuraría a hacer al Congreso las siguientes observaciones. Para el efecto haría una introducción de este modo, propio de mis verdaderos sentimientos: Soberano Señor: Un americano republicano por principios e inclinación, pero que sacrifica esto mismo por el bien de su suelo, hace al Congreso presente”, y precisa un verdadero programa político:
1° Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su revolución que la emancipación del mando de fierro español, y pertenecer a una nación. 2º ¿Podremos constituirnos república sin una oposición formal del Brasil (que a la verdad no es muy buena vecina para un país monárquico) sin artes, ciencias, agricultura, población, y con una extensión de territorios que con más propiedad pueden llamarse desiertos? 3º ¿Si por la maldita educación recibida, no repugna a mucha parte de los partidos, un sistema de gobierno puramente popular, persuadiéndose tiene ésta una tendencia a destruir nuestra religión? 4º ¿Si en el fermento horrendo de pasiones existentes, choque de partidos indestructibles, y mezquinas rivalidades, no solamente provinciales, sino de pueblo a pueblo, podemos constituirnos nación?”
No oculta su punto de vista: “Ya está decidido el problema de la Inglaterra: nada hay que esperar de ella”. Y lo curioso es que insiste en sus limitaciones: “Basta saber que, si los tales medios no se toman en todo este año, no encuentro –según mi tosca política, vuelve a destacar– remedio alguno. Se acabó”.
Pero no se acaba: a renglón seguido expresa su voluntad de que las Provincias Unidas “reunifiquen” los antiguos territorios virreinales, que han comenzado claros procesos autonómicos: “Mucho me ha tranquilizado lo que usted me dice acerca de la probabilidad de la unión del Paraguay y Banda Oriental. Dios lo haga; pero yo apostaría un brazo a que no se verifica, y aseguro a usted por mi honor que me alegraría perderlo. El tiempo por testigo”.
Y llega el 9 de julio
Declarada la Independencia la alegría de San Martín es motivadora y casi de inmediato se permite sugerir que se redacte un manifiesto: “Ha dado el Congreso el golpe magistral, con la declaración de la Independencia. Sólo hubiera deseado, que al mismo tiempo hubiera hecho una pequeña exposición de los justos motivos que tenemos los americanos para tal proceder. Esto nos conciliaría y ganaría muchos afectos en Europa”.iv Y, más allá de si fue siguiendo o no la recomendación del Libertador, lo cierto es que el 1° de agosto el Congreso aprobó un manifiesto presentado por el doctor Juan José Paso, por entonces secretario, que se tituló Manifiesto del Congreso de las Provincias Unidas de Sudamérica excitando los pueblos a la unión y al orden. Esta declaración incluía lo que El Redactor del Congreso mencionó como “serio decreto” cuya primera frase definía claramente la nueva posición ideológica: “Fin a la revolución, principio al orden, reconocimiento, obediencia y respeto a la autoridad soberana de las Provincias y pueblos representados en el Congreso y a sus determinaciones”.
El 22 de julio –mientras San Martín conferencia con Pueyrredón en Córdoba–se gratifica de su propia influencia en las sesiones: “Mi amado amigo: Al fin estaba reservado a un diputado de Cuyo, ser él el presidente del Congreso que declaró la independencia. Yo doy a la provincia mil parabienes de tal incidencia. (…) Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un inca a la cabeza: sus ventajas son geométricas; pero por la patria les suplico, no nos metan una regencia de (varias) personas: en el momento que pase de una, todo se paraliza y nos lleva el diablo”.
Con la Declaración y el Manifiesto a los americanos el camino a Chile y Perú se ha despejado: la campaña sanmartiniana, el famoso “Plan Continental” acordado con Bolívar años antes en Londres se pondría en marcha… la revolución consumada se desarrollará en adelante como guerra continental y cinco años después el Libertador entrará triunfal en Lima.
i) Carta a Tomás Godoy Cruz, Mendoza, 29 de noviembre de 1815.
ii) Cartas de 19 y 24 de enero de 1816.
iii) Carta de febrero de 1816.
iv) Carta desde Córdoba, 16 de julio de 1816.