El fantasma de la calle Brickman
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Por Patricio Chaija
El humo flotaba sobre ellos como telaraña sucia.
Mariana decidió no preocuparse. Les había dicho que abrieran las ventanas y la puerta pero la ignoraron. A veces, sus amigos podían comportarse con desconsideración. Yamila había sido la primera en encender un cigarrillo, y Brenda se enganchó con la idea. Al rato Marcos y Pepe también estaban pitando.
—¡Marqui, dejá de joder, concentrate, che! —protestaba Micaela.
A todas luces Mica estaba caliente con Marcos, y ante cualquier cosa no evitaba llamar su atención.
Brenda rio. Yamila y Pepe aplaudieron.
Hablando de calentura… Mariana aceptó la mano de Boris en su hombro, solo hasta que terminaran la botella de tequila. Pensó que iba a ser más fácil, pero cada trago le ardía y embotaba sus sentidos. El muchacho había intentado propasarse con ella cuando bajaron al sótano. Le había tomado la mano y la había apretado contra su vientre. Ahí Mariana sintió algo duro. ¿Un destornillador tenía Boris bajo la remera? ¿Un paquete de pastillas? Y después de todo ¿aún seguía con ganas, él? Pero sostenía la linterna en la mano para iluminar el lugar, y ella dudaba que él tuviera un destornillador asomándose del cinto. Una herramienta sí, vaya que sí.
La que había insistido en bajar al sótano había sido Yamila. Como era su mejor amiga, Mariana siempre le permitía todo y cedía a sus caprichos. No podía negarle nada.
Debatieron un buen rato hasta que el grupo dictaminó que había que bajar al sótano sí o sí.
—Tantos años que nos conocemos, Mari, y nunca me habías dicho que tenías un sótano —arguyó Yamila.
Y al final esta última no había bajado.
Solo descendieron Boris, Pepe y Mariana. Pepe iba adelante, blandiendo un escobillón para limpiar el techo de telarañas. Solo de pensar que una mínima hebra le tocara la cara, hacía que Mariana arrugara el gesto. Luego seguía ella con un insecticida para matar las alimañas que se aparecieran. Por último Boris, alumbrando desde atrás a los anteriores, buscando el momento más incómodo para que la dueña de casa sintiera su erección.
No descubrieron ningún tesoro ni nada digno de mención. Los cadáveres de dos ratas, una casi desecha y comida por los gusanos. La otra, más reciente, mostraba su pelaje grisáceo y un ojo vaciado. Algunas arañas patudas. Olor a humedad. Unas latas de Quilmes vacías.
—Acá no hay nada —susurró Pepe.
Mariana se preguntó por qué hablaba en voz baja.
—Entonces, subí. No molestes acá —contestó Boris.
—No seas ordinario, Boris —lo retó Mariana. A veces su novio era tan odioso como tierno. Hoy estaba insoportable.
—Digo, que no hay nada. Miren: la ventanita abierta…
El ventanuco que conectaba con el patio, y por el que presumiblemente habían ingresado las ratas, estaba sin vidrio, y descendía por la pared una larga barba vegetal. El agua de la lluvia había manchado las paredes en esa zona.
—¡Puaj!
Pepe y Boris se volvieron hacia ella.
—¿Qué pasa?
—¿Qué hiciste?
Sobresaltados, clavaron la mirada en la oscuridad. El haz de luz bailoteó sobre el piso y luego los encegueció.
—Nada. Toqué esa rata con la punta de la zapatilla. Se desprendió el pelo del costado. Tenía una ratita en la panza. O una comunión de arañas adentro, mmm.
—No seas desagradable, querés —resopló Boris.
Mariana pensó que no lo soportaba más por esa noche. Estaba cansada de sus malos modos. Sentía deseos de vaciarle el aerosol en la cara.
—Subamos —acotó Pepe.
—¿Y? ¿Qué vieron? —les preguntó Marcos ni bien asomaron las cabezas.
—Si tanto querías ver, hubieras bajado —lo amonestó Pepe en broma.
—La boluda de Mica saltó sobre el piso de la cocina para molestarlos — dijo Yamila—. ¿No la oyeron?
—No se oía nada —respondió Mariana—. ¿Y Brenda?
—Se quedó cuidando los chori.
—Vayamos al quincho, entonces —comentó Boris—. No dejaría mi comida en manos de esa piba.
Cuando ingresaron al lugar, riendo a las carcajadas luego de un comentario obsceno de Marcos, y del reproche meloso de Mica, vieron a su amiga junto a la ventana abierta.
—¿Seguís fumando? —comentó Mariana, intentando que no se notara su molestia. Sus viejos la matarían si se enteraban que habían estado fumando ahí—. Está lleno de humo…
Intentó disipar el ambiente con las manos.
—Debe ser la carne que se quema —terció Boris—. Tranquila. Ya me hago cargo.
—Yami, ¿jugamos a los dardos? —Brenda pretendió ignorar los ataques de sus amigos.
—Nunca lo intenté…
—Yo te enseño.
Mica se puso a retirar la colección de botellas, añejas, repletas de polvo, entre los estantes. Además había recuerdos y objetos de todos los tamaños.
—Tus viejos sí que se la pasan viajando, ¿eh? —la chica tenía la mirada perdida en una foto enmarcada en donde los padres de la anfitriona sonreían en una playa de agua turquesa—. ¿Esto dónde es?
—Haití. Sí, cada tanto se les da por hacer las valijas y distenderse.
—Mis viejos dicen que, con el peso uno a uno con el dólar, hay que aprovechar y viajar a donde sea —dijo Pepe.
—París, Roma… ¡Me muero! Me encantaría tanto conocer Europa…—Ahora Mica sostenía una torre Eiffel de madera y la daba vuelta entre sus dedos.
—Allá tienen el problema de la natalidad —acotó Marcos, que era un tanto estudioso—. El verdadero problema en Europa es que no tienen chicos. No nace nadie.
—No como acá, que la gente se embaraza re seguido. En Sudamérica la procreación es un problema —rio Pepe. Subió el volumen de la radio. Estaban pasando una canción de Manuel Wirtz, un tema que estaba de moda. Al terminar ese tema los Fabulosos Cadillacs aparecieron con Matador.
—Es que somos de sangre caliente —acotó Boris, y apoyó su cadera contra la de Mariana. Esta se quedó callada.
—¡No lo puedo creer! —chilló entusiasmada Mica—. Una… esta… ¿cómo se llama?
—Una tabla ouija —dijo Pepe—. Es para contactar a los espíritus.
—Mejor déjenla donde estaba —manifestó Mariana—. Es un recuerdo de Guyana.
—Ustedes jueguen, que con Mari tenemos que hablar —dijo Boris. La tomó de la cintura y la hizo sentar en el suelo. Él la abrazó y atrajo contra sí.
Brenda y Yamila se acercaron al grupo.
—¿Es el juego de la copa?
—No, una ouija.
—Ah, ni idea.
Formaron un grupo alrededor del tablero. Las letras eran negras sobre la madera polvorienta, con arabescos sutiles. Como no encontraron nada con que señalar las letras, Pepe fabricó un adminículo con una latita de cerveza cortada.
Mariana pensó en disgregar a sus amigos, pero los vio tan entusiasmados que se calló la boca. Resignada, le pidió un cigarrillo a Brenda y prendió uno. La voluta de humo se elevó sobre su cabeza con lentitud, como una serpentina blancuzca, y remoloneó a centímetros del cielo raso. Marcos se arrodilló en el suelo, sosteniendo su vaso de cerveza. Pepe y Brenda miraban embelesados el tablero.
Mariana intentaba no pensar. La cercanía de Boris la ofuscaba. La dominaba de una manera que ella no podía manejar. Ahora le acariciaba el pelo, y la obligaba a estar de espaldas a sus amigos. Ella quería estar con ellos. La mano que se enredaba en su pelo la retenía. La dueña de casa recorrió el lugar con la mirada. Toda la vida había vivido en esa casa. Conocía el quincho desde que era chica. Ahí estaban los cráneos de ciervos, con la enramada de huesos polifurcándose como un árbol genealógico de la muerte. Una comadreja embalsamada gritaba en silencio mientras sus crías se colgaban de su cola y su lomo. Una fotografía mostraba a su padre en el cerro Aconcagua. Una colección de latitas de gaseosa y cerveza reflejaba la luz del techo. En la radio Fey cantaba Azúcar amargo. Un póster del último Boca campeón y un banderín de Libertad, el club local del que era afecta su familia, decoraban la pared junto a la parrilla. Los trofeos de patín que le pertenecían, oh, estaban llenos de polvo, debería un día de estos sacudirlos y limpiarlos y ordenarlos, ella había sido una campeona, todavía lo era, no iba a dejar que nadie la domine y le impida hacer lo que…
Hoy me sentí forzada, pensó Mariana.
Ese día, temprano, debería haber sido una de las jornadas más hermosas de su vida. Sin sus padres en la enorme casa de dos pisos, había invitado a su novio a dormir la siesta. Un preludio romántico antes de la cena con amigos pautada para la noche. Pero Boris no sabía de dulzura, de esperar, de tiempos ajenos. Solo conocía su deseo que debía ser saciado. Había sido brusco, ardoroso, poco empático. Mariana sintió más que nada dolor. La primera vez con la que tanto había soñado fue un monólogo egoísta de un primate.
No quiero pensar en eso.
Era doloroso el recuerdo. Ahora se concentraría en pasarla bien con sus amigos. Para eso los había invitado, ¿no?
Entonces me voy a levantar. No voy a dejar que Boris haga conmigo lo que quiera.
Vio sus fotos de chica, patinando para el Club Estrella, en el podio. Ella era una campeona. Iba a ponerse de pie en este instante y dejar solo a Boris. No iba a permitirle que la toqueteara delante del grupo.
¿Había usado preservativo? Ese pensamiento la asaltó cuando se puso de pie. En la penumbra que ella le había pedido –el único pedido que él había respetado- le había sido difícil tener la certeza. Esperaba que, al menos, no se lo hubiera quitado antes de acoplarse.
Boris intentó forcejear pero Mariana logró soltar su muñeca. Lo miró de tal manera que él reculó y bajó la vista. Ella dio una última pitada y apagó la colilla con la suela.
—Vamos —dijo. Y él obedeció.
Se unieron al grupo que debatía cómo comenzar la invocación.
—No digan nada que pueda servirle a los espíritus para dominarlos —aconsejaba Mica—. No mencionen su nombre, ni dónde estamos.
—Yo no sé ni en qué barrio estamos —rio Pepe.
—En el barrio San Martín, bruto —acotó Yamila.
—No digamos que estamos en Brickman al 600 —agregó Brenda.
—¿Vos sos estúpida? —soltó Mariana. Se arrepintió de sus palabras ni bien las hubo pronunciado.
—No pasa nada, Mari —Marcos le guiñó un ojo. Todos la miraban, esperando su reacción.
Mariana asintió.
Debía relajarse. Estaba rodeada de sus seres queridos, de sus mejores amigos, a quienes ella elegía una y otra vez todos los días. Sus compañeros de curso, el grupo unido con quien tan bien se llevaba.
—Bueno, vamos a empezar. Pongan todos un dedo en este aparato —Mica pasó a ser quien llevaba la voz cantante. Hacía unos momentos les dijo que había visto cómo se hacía el rito en el canal I-SAT.
Un trueno resonó en la noche. A los pocos segundos el tableteo del agua percudía en el patio. Los chicos, sentados en ronda, dirigieron la vista hacia la ventana. Las ramas de un árbol se sacudieron como lonjazos. El viento arreciaba. Luego volvieron a centrarse en lo que yacía entre ellos.
Los cuerpos inclinados parecían montañas que rodeaban un lago.
Alguien amagó levantarse para buscar vino o gaseosa pero algo lo atornilló al suelo. Debían empezar. No podían postergar más el momento. Se olvidaron de la cena.
Brenda les pidió que no hablaran.
Afuera de la casa no circulaba ningún vehículo. Ni un gato saltaba la tapia, no se oía bocinazo alguno.
La construcción se erguía como una torre sobre la calle Brickman. A veinte cuadras del centro de Bahía Blanca, el barrio San Martín era uno de los más típicos de la ciudad. Calles asfaltadas, trazado eléctrico en sus cuadras, baches en donde el agua horada el pavimento. La casa de dos pisos albergaba a los chicos que, inconscientes, se sentían poderosos. El portón del garaje tenía una minúscula herida en el vidrio fragmentado, que permitía espiar el auto familiar, que ahora permanecía quieto, a oscuras. Junto a la puerta que daba a la calle el número 641 recibía impávido las gotas de fría lluvia mientras desde el fondo se oyó un chillido.
En el quincho, Brenda temblaba de pie.
Sus amigos la miraban asombrados.
Apenas comenzado el juego, Mica había preguntado al tablero si había “alguien ahí” y que, si así era, se manifestase. Hubo unos segundos de silencio hasta que Brenda se vio impulsada de repente y un chillido se escapó de sus labios.
—No nos cagues la noche, dale —acotó Marcos, envalentonado.
Boris rio.
Mariana notó tensa a su amiga. Tal vez sintió algo, pensó. Algo que le rozaba la espalda o el brazo. O unas palabras musitadas en su oído.
—Yo… perdón —Brenda se agachó y volvió a colocarse entre Pepe y Mica.
Boris quedó con un rictus en la cara, desconfiado. Se olía algo raro. Todos pensaban lo mismo. Algo pasaba. Cuando Mica preguntó, algo se había metido adentro de Brenda. ¿Por qué ella? No lo sabían.
Mariana quiso sacar sus dedos del adminículo (un puntero ridículo, al fin de cuentas, hecho con una latita de cerveza cortada) pero no pudo moverse. Todos apretaron el puntero y Mica habló de nuevo.
—Si estás ahí, decinos, ¿cómo te llamás?
Alguno dejó escapar el aire. Marcos quiso reírse y Mica le dio un codazo.
Quisiera que mis padres estuvieran acá, se dijo Mariana. Esta noche se van a ir mis amigos y voy a quedarme a dormir en esta casa… ¿y si esa presencia se queda a hacerme compañía?
Ya no le pareció divertido el juego.
Un humo denso llenó el espacio. Pensaron que eran los chorizos, pero aun no se habían terminado de hacerse.
Brenda volvió a ponerse de pie y, sin decir palabra, se dirigió hacia la parrilla. Todos la contemplaron en silencio. Luego la chica estiró la mano y la apoyó sobre la candente superficie.
Mica gritó. Pepe saltó hacia atrás y tiró una banqueta con revistas. Los chicos se pusieron de pie. Extrañamente Boris tuvo el temple de acercarse a Brenda y ayudarla a retirar la mano.
Estaban conmocionados. Habían oído cómo se cocinaba la carne. Un siseo profundo. Mariana quería gritar pero se controló. Eso solo complicaría las cosas. Era la dueña de casa. Debería dar una imagen apaciguadora.
Se pasó los dedos por la cara y descubrió que lloraba.
—Ya vengo —musitó y salió del quincho. Ingresó en la casa. Mientras cerraba la puerta del baño y se lavaba la cara respiró hondo. La casa estaba sola y era demasiado grande para ella sola. Si tan solo sus padres abrieran la puerta en ese momento…
Las habitaciones y salas le mostraron su oscuridad cuando pasó por delante de las puertas abiertas. Cada umbral le pareció una boca bostezando. Respirando fuerte salió al patio y regresó al quincho.
El grupo había cambiado.
Brenda estaba de pie, caminando con pasitos breves, con la cabeza gacha. El pelo le cubría la cara. Yamila, Pepe, Marcos, Boris y Mica se encontraban amontonados cerca del blanco de los dardos, dispuestos a abandonar el lugar. Mariana casi se los choca cuando ingresaba.
—Dijo que era un espíritu de un antiguo morador —dijo Mica con voz histérica— y que tenía algo que decirnos.
—¿Qué? —dijo Mariana, sobresaltada.
—Que lo que le habló a Brenda, ese espíritu… sabe de nosotros.
Mariana comprendió que su amiga hablaba para sí, sin prestar atención a los demás.
Brenda se frotó los párpados con los puños y gimió. Entonces los miró.
—No nos conoce a todos —clavó la vista en la dueña de casa—. Solo a Mariana.
Yamila salió a los trompicones hacia el patio. La lluvia se enredó en sus rulos. Pepe salió luego, seguido de Marcos. Mica y Mariana eran las únicas que se quedaron.
Un trueno sonó fuerte como si una moto acelerara en Brickman y Undiano. Las hojas caídas se arremolinaban junto a la piscina vacía. Las zapatillas de Marcos se humedecieron. Se las quedó mirando un rato, abstraído.
Se agruparon en la cocina. Yamila se tomó los codos.
—¿Qué pasó? Estábamos jugando y…
Nadie contestó.
Al rato llegaron Mica, Mariana y Brenda. Esta última estaba pálida. Temblaba visiblemente, cada tanto, como sacudida por una descarga eléctrica.
No pudieron cenar. De repente, la mejor opción fue ir cada uno a su casa.
—¿Dónde está Boris? —preguntó alguien.
Nadie lo había visto salir. Su auto no estaba.
—El cobarde se rajó —pronunció Pepe. Sus palabras sonaron raras en el aire de la cocina.
Mariana no podía quedarse sola. Le pidió a Mica que se quedara, pero su amiga se fue con Marcos. Finalmente Brenda le hizo compañía. La casa, con su balaustrada de algarrobo oscuro que llevaba al primer piso, parecía menos amenazante si alguien compartía su soledad. Subieron a la habitación de Mariana y esta tiró un colchón junto a su cama para su amiga.
Decidieron dejar el velador prendido.
Brenda no pestañeaba. Simplemente se quedaba mirando el cielo raso. Mariana la miraba y escuchaba caer la lluvia. Habían regresado al quincho y pusieron los chorizos en una bandeja en la heladera. Al día siguiente, se dijo Mariana, limpiaría y airearía el ambiente. Solo restaba pasar esa noche. Ese momento que parecía alargarse más y más.
En un momento dado no aguantó y quebró el silencio:
—¿Por qué dijiste eso?
Brenda, la cara impávida, se volvió hacia ella. Tenía los dedos entrelazados sobre su vientre.
—Que dije, ¿qué? —replicó.
—Que el fantasma me conocía.
—Ah, eso —tragó saliva Brenda—. Nos miraba. Está acá. Dijo que ya le vamos a pagar. Que le rompimos… o le rompieron… su altar.
—¿De qué hablás? —se sentó en la cama Mariana—. Si nadie le hizo…
Entonces recordó las latas en el sótano. Y ellos utilizaron un puntero hecho con una latita de Quilmes. ¿De dónde había salido? Del sótano. Si ninguno de ellos había llevado cerveza. Solo tenían gaseosa y vino. Las bebidas blancas las habían bajado de los estantes en que sus padres las guardaban. Pero cerveza no. Nadie había llevado cerveza esa noche.
No puede ser, se dijo. ¿Quién tiró…? Pero una pregunta imperiosa le vino a la mente enseguida. ¿Quién le erigió ese altar?
Ella no había sido. O sea que…
—Mis viejos —susurró.
—¿Qué? —dijo Brenda.
—Nada. ¿Qué más dijo? ¿Escuchaste otra cosa?
—Sí. Nos la tiene jurada. No debimos molestarlo.
—¿Qué? ¿Todo eso te dijo?
Los ojos de Brenda tenían un brillo distinto.
No es la misma Brenda de hace un par de horas atrás.
Era el mismo cuerpo, la misma boca, el lunar en el mentón, las ojeras que daban a su rostro un aire simpático… pero los ojos no eran los mismos. Una lágrima se asomó a la comisura de su ojo.
—No deja de hablarme. ¿Entendés? Desde que nos contactamos no deja de hablarme.
Mariana sintió que la cabeza le latía.
—¿Qué dice? ¿Qué te dice?
Brenda sonrió, y era una sonrisa triste.
—Dice que uno por uno nos vamos a prosternar. Empezó con Pepe. Él hoy no llega a su casa. Y que vos ya tenés alma.
Mariana no supo qué responder. Cerró los ojos y oyó el ruido de la lluvia en el alero. Pareció aumentar el caudal de agua.
Tras su ombligo, algo empezaba a crecer.