"No soy ciruja, soy cartonera"

23/5/2020 | 06:30 |

Inés Fernández recorre a diario las calles bahienses para recolectar diarios, cartones revistas, papeles y latas de aluminio. "Hay gente que te trata bien y otra no tanto. Piensan que por trabajar en la calle sos una persona sucia".

Inés con su carrito recorre las calles bahienses. Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Laura Gregorietti / lgregorietti@lanueva.com

   La vida le ha dado muchos golpes pero siempre ha sabido levantarse. Hoy Inés, con 42 años y viuda hace  8 meses, mira para atrás y reconoce que todo lo que le pasó le dejó una enseñanza.

   "Si nunca tuviste hambre, no vas a entender al que te pide comida y si nunca te faltó un par de zapatillas, no vas a entender al que anda descalzo", dice con la humildad a flor de piel.

   Mamá de 7 hijos -Dylan de 5; Facundo de 7; Milagros de 13; Miguel de 15; Romina de 20, Lucas de 23 y Jovita, de 24- Inés se muestra orgullosa de la honesta profesión que ejerce.

   "Desde hace 5 años soy cartonera, no ciruja, quiero aclarar. No junto basura, sí cartones, revistas, papeles, diarios para vender. Pero igual hay gente que me mira mal o trata mal. También hay otros que al comienzo me miran feo y luego se acercan, me conocen y cambian su actitud".

   Para realizar su tarea, Inés maneja un estricto protocolo de higiene que practica desde mucho antes que apareciera el Coronavirus.

   "Me baño antes de salir, porque el hecho de andar juntando cartones en la calle no quiere decir que tenga que andar sucia. Cuando llego a mi casa, me saco toda la ropa y me vuelvo a bañar, pero yo ya tenía estos hábitos de limpieza antes del Coronavirus. Tengo mi ropa de trabajo y mi ropa de casa, esto no es nuevo para mí", aclara.

   En estos meses en los que no pudo salir, literalmente, la salvaron sus reservas, la escuela y el jardín de infantes con sus bolsas de alimentos.

   "Con todo esto de la cuarentena estuve mucho tiempo sin trabajar. Gracias a Dios hay gente que nos ayuda, que me conoce de hace tiempo y me donan mercadería, porque al fideo hay que echarle algo, ya sea verdura o un pedacito de carne. La realidad es que vivimos el día a día", dice.

   Las cosas se complicaron aún más cuando meses atrás, su marido Evaristo se enfermó de una neumonía de la que nunca pudo recuperarse.

   "El era muy porfiado, no se había vacunado. Estuvo 20 días en coma, con respirador y se murió. Era oficial albañil y al no tener trabajo en la construcción, salíamos a buscar cartones. Logramos comprar una motito y al poco tiempo, se murió".

   La casa donde viven es chiquita, tiene dos habitaciones. En una duermen 4 chicos, y en la otra tres. Lucas el mayor, duerme en el comedor, en una camita que de día hace las veces de sillón. Pero a Inés no le gusta pedir nada. Sabe que hay gente que está en peores condiciones.

   "Necesitaría un mueble para guardar cosas en la pieza, alacenas o bajomesadas, pero no me gusta pedir cosas que no son de primera necesidad. Si la gente tiene ropa y zapatillas para los dos nenes más chicos, que calzan del 35 a 37 y usan talle 14, porque son gorditos, estaría más que agradecida. Después, pido trabajo. Los que tengan diarios, cartones, etc. que me avisen y los busco".

   El techo es chico, viven apretados, pero siempre agradecidos.

   "Mi hija mayor vive pegadita a mi casa, con mi marido le logramos levantar una pieza para ella, mis nietos y mi yerno. Lo que traigo lo comparto con ella y ella con nosotros, cuando le donan algo. Siempre les digo a mis hijos que den, que Dios devuelve el doble. Quien desee donar algo  puede comunicarse al 291 524-6865".

   A Inés se la puede ver en su recorrido diario por las calles Undiano, Pueyrredón, 25 de Mayo, Thompson, Berutti, Colón y Saavedra, zigzageando para alcanzar a cubrir todas las cuadras.

   "Si estoy caminando, no puedo estar más de 4 horas. Si tengo la moto y no encontré nada, busco otro camino de regreso para ver si tengo más suerte".

La casa y la estabilidad

   "Nosotros nos mudamos varias veces, siempre en busca de un mejor destino, pero nos fue pésimo. Las humillaciones que sufrí por parte de las asistentes sociales que me decían 'loca' por llevar a mis hijos a todos lados no me las olvido más. Pero si nos prometían un trabajo, nos íbamos todos. Y las cosas siempre nos salían mal. Y había que volver a empezar", recuerda.

   Supo seguir adelante cuando pasaron frío y hambre. Cuando una de sus nenas se quemó con agua hirviendo, cuando su marido se quebró la pierna y estuvo un año sin poder trabajar. Cuando se mudaron a Viedma donde les prometieron una casa y un trabajo que nunca existió o a Los Menucos, lugar de origen de Evaristo, al campo del hermano, en donde sus recuerdos están basados en el hambre y frío que pasaron.

   La vuelta a Bahía no fue mejor. Se instalaron en un ranchito que levantaron en Villa Talleres del que tuvieron que salir entre lágrimas cuando en medio de una gran lluvia el barro los superó. Recuerda que fueron madrugadas enteras en las que se turnaban con su marido para sacar el agua y así evitar que el barro creciera y les echara a perder las poquitas cosas que tenían.

   "Pero hace 5 años que llegamos acá, al barrio de Undiano al 1100. Dios nos bendijo con esta vivienda, agradecidos con el intendente de ese momento que nos dios la posibilidad de acceder a esta casa en la que vivo con toda mi familia", cerró.

 

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