El significado de lo imprevisto

8/9/2019 | 06:30 |

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Por
Guillermina Rizzo

   Y sin pensar llega ese instante, ese día en que quedamos sometidos a una especie de parálisis, como si las imágenes cotidianas quedaran “congeladas” y la sucesión de hechos y hasta de respiraciones se interrumpen.

  De repente, la velocidad con la que se imprimía cada uno de nuestros pensamientos y actos se detiene intempestivamente como si alguien externo activara el “freno de mano”; la sacudida es sumamente brusca, el “piloto automático” se desactiva como por arte de magia y nos vemos obligados a realizar unas maniobras completamente diferentes a las habituales.

   ¡Imprevistos!

   ¿Lo inesperado es “obra del azar”? ¿Tiene algún significado? ¿Por qué lo imprevisto, aquello no planificado, “cobra vida” y derriba nuestras propias estructuras? ¿En qué momento nuestro mundo, nuestras rutinas, quedan patas arriba?

   De acuerdo con la magnitud del imprevisto, de acuerdo con la potencia de ese hecho inesperado, que irrumpe y todo lo trastoca, surge el espacio para la reflexión y también para “amigarnos” con esa realidad a simple vista desconocida, con ese mundo que pareciera estar al revés.

   ¡Imprevistos!

   Para algunos, y dependiendo con el “cristal con que se mire” los imprevistos son hechos fortuitos que carecen de significados y propósitos. Son “obstáculos pasajeros” cual piedra en el zapato, que nos distraen transitoriamente de nuestra marcha. Roturas, pérdidas de objetos, entre otros, son estorbos temporarios de rápida solución de forma tal de recobrar rápidamente el equilibrio perdido.

   Imprevistos de gran magnitud en cambio, esos en los que la onda expansiva impacta en la familia, en el trabajo, y hasta en el estilo de vida, lejos de la aleatoriedad de su origen, debieran ser instancias de aprendizaje, crecimiento y hasta evolución; les aseguro que concebidos de esta forma alejan lo dramático y superado el cimbronazo, permiten reflexionar sobre lo inesperado y hasta trazar nuevos caminos, estilos y proyectos de vida.

   ¡Cuántas emociones y estados desencadenan!

   Dudas, inquietud, angustia, ansiedad, depresión, acompañan a los imprevistos y en ocasiones hasta los magnifican, la parálisis y la huida parecieran ser las únicas salidas; sin embargo, aceptar, repensar el rumbo, optar por otras vías o simplemente esperar disminuyen la presión y habilita nuevos pensamientos.

   Luego de 90 días de ausencia me reencuentro con ustedes, un imprevisto de salud (o tal vez no tan imprevisto) operó como “freno de mano” y las letras que componen los “temas vitales” estuvieron suspendidas.

   Rechazo, negación, queja, enojo, miedo, angustia, llanto, impotencia fueron los estados iniciales del proceso ante lo inesperado, lo imprevisto. Resignarse sin mucho pensar nos convierte en marioneta de lo que acontece y nos suspende con hilos endebles en el tiempo.

   Aceptar, calmar la mente y buscar respuestas a interrogantes tales como: ¿qué puedo aprender de esta situación? ¿cuál será el nuevo plan? abren paso a lo creativo y a la esperanza, alejan de la rigidez de pensamiento y comprendemos que no hay un solo camino ni una única forma de transitarlo y vivirlo.

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