La historia de Anselmo: un reencuentro familiar 70 años después
Cuando a los 85 imaginaba que en el Hogar Don Orione terminaría sus días, el destino le hizo un guiño inesperado y regresó a su ciudad junto a su hermana.
Cecilia Corradetti/ ccorradetti@lanueva.com
Anselmo Carmona llora. Llora emocionado cuando evoca su pasado doloroso. Llora cuando recuerda su infancia, tan lejana, tan difícil.
Llora cuando toma conciencia de que en pocas horas podrá abrazar a su hermana mayor. Hace 70 años que ella intentaba encontrarlo.
Llora cuando se despide del Hogar Don Orione, donde supieron albergarlo cuando apareció solo, enfermo y sin recursos.
A sus 85 años, en cierta manera se había dado por vencido. Había perdido el rastro de su familia, de sus orígenes. Pensaba que en este hogar de abuelos indigentes y personas con discapacidad severa pasaría sus últimos días.
Sin embargo, el destino le hizo un guiño inesperado: el mes pasado, mientras desayunaba, la religiosa a cargo de la institución situada en avenida Pringles al 900 le comunicó que “alguien” lo buscaba.
“Alguien”.
¿Quién podría reclamar por él después de décadas de soledad, de ausencias?
Descreído, este abuelo que se maneja con silla de ruedas debido a un Accidente Cerebro Vascular (ACV), estuvo lejos de imaginar que su hermana Mercedes, de 93 años, lo recordaba, lo esperaba, todos los días en su Santiago de Chile natal.
Fue su sobrino José quien se puso al frente de la búsqueda hace muchos años. Y pocos días atrás recibió el correo electrónico que tanto esperaban.
“Deseaba encontrar a mi tío, pero más aún ayudar a mi mamá a cumplir el sueño de encontrarlo. Se alejaron cuando eran dos adolescentes. Hoy --compara-- cumplen 93 y 85”.
La historia de Anselmo, un hombre curtido que supo hacer de todo para ganarse la vida, tiene matices casi dramáticos.
Su mamá murió durante el parto de su última hija cuando él era un niño. Todos sus hermanos fueron separados.
Anselmo terminó siendo criado en Rapel, al norte de Chile, por una mujer que lo castigaba. Así, en medio de maltrato y pobreza, sobrevivió años. Hasta que por fin logró escapar.
“Huyó sin dinero e indocumentado”, relata su sobrino, que poco a poco intenta rearmar la historia.
Lo cierto es que cruzó la Cordillera y se radicó en Mendoza, donde trabajó en YPF; más tarde recaló en San Juan, donde lo tomaron en una empresa minera.
Tiempo después llegó a Villa La Angostura, donde se desempeñó como alambrador --primero-- y en el ferrocarril, más tarde.
También pasó por la ciudad de Neuquén, donde trabajó en un aserradero. Tiempo después cosechó manzanas en Cipolletti. También estuvo en Chichinales, todo en la provincia de Río Negro.
Años más tarde, ya en Bahía Blanca, sorteó como pudo años difíciles. Vivió un tiempo en una pensión y luego, cuando ya el cuerpo no le daba para trabajar, estuvo en situación de calle, bajo la mirada de asistentes sociales.
Así, un ACV lo dejó “tirado” en plena calle. Fue internado en el Hospital Municipal. Cuando se recuperó, el Hogar Don Orione le abrió las puertas.
Mientras tanto, su hermana seguía intuyendo que estaba vivo, que valía la pena buscarlo. Fue su hijo, a pedido de ella, quien decidió de inmediato poner manos a la obra.
“Me llegó una notificación dándome datos certeros de mi tío, con el domicilio y su situación actual. No podía creerlo”, recuerda .
Años antes había aparecido un mendocino con el mismo nombre y de su misma edad. “Cuando fuimos a buscarlo, esa persona no era él y resultó tristísimo decírselo a mi mamá”, evoca.
Por estas horas, este abuelo de prodigiosa memoria ya estará con su hermana, donde nació y donde deseaba, aunque sin saberlo, pasar el fin de su vida.
Este “sobrino milagroso” que logró rescatarlo --tal como el propio Anselmo lo define-- fue tan precavido que hasta organizó que un médico estuviera en el reencuentro.
“Para mí, todo esto fue mágico”, lo define José y cuenta que su mamá cumplió los años el 8 de octubre pasado, el mismo día en que le dio la noticia de que había develado la incógnita. Su hermano había aparecido.
“Le dije que estaba vivo. Que iría a buscarlo. Que nunca es tarde”, relata.
Una “novela” con matices tristes
José abraza a su tío una y otra vez. No es para menos.
Mientras tanto, a Anselmo el impacto le dura y las emociones no cesan. En Don Orione se organizó un cálido almuerzo para despedirlo, con la presencia de residentes, voluntarios y religiosas de la congregación que siempre lo atendieron con amor y dedicación.
“Apenas le comuniqué que había venido a buscarlo, colocó sus escasas pertenencias en una valija. Estuvo listo para volar a Santiago desde el minuto uno. Nos sentimos profundamente felices y emocionados”, relata José.
Agrega que si bien su tío pasó casi toda la vida alejado de su familia de origen, “el corazón y la cabeza tienen memoria”. El llanto emocionado de Anselmo es la prueba contundente.
“Por eso decidí que participara un médico. Estas historias no suceden muchas veces en la vida y hay que estar preparados, es gente grande”, advierte.
Lo cierto es que este protagonista logró rehacer su vida. Recompuso su pasado y regresó con su familia a los 85.
“Internet es una herramienta valiosísima. Estoy agradecido a la tecnología pero también a la cadena de gente que nos allanó el camino para poder concretar hechos tan trascendentes como este”, resume José.
Y promete darle a su tío todo el afecto perdido.