Bahía Blanca | Viernes, 03 de abril

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El hombre en su pedestal

El tiempo pasa, los hombres van dejando este mundo y muy pocos son los bendecidos con el reconocimiento general a partir de haber dejado una huella distinta, favorable a los hombres, que marca un camino que sirve como modelo a la hora de sostener valores y pensamientos a seguir.

La compleja historia argentina, que no diferencia en muchos casos a héroes de traidores, a fusilados de fusiladores, a egoístas de bienaventurados, se ha empeñado por demasiado tiempo en contar los hechos de una sola forma, prescindiendo o cuestionando a los “revisionistas” que insistían en presentar la “otra historia”, la verdadera.

En medio de ese verdadero cambalache de nombres y próceres, sin duda José de San Martín ha sabido sobrevivir a todos y cada uno de los estudios, idealizado en muchos de sus pasos y decires, convertido en superhéroe por su casi milagroso cruce de los Andes e increíblemente “despolitizadas” sus acciones, como buscando preservarlo del supuesto mal que es la política.

San Martín es el Libertador y también el Padre de la Patria, por sus ideas de una América independiente y en libertad. Su figura, recreada en bronce, no falta en ninguna ciudad o pueblo del país y cada 17 de agosto, a pesar de la reconversión de su fecha en parte de un fin de semana “largo” y vacacional, parece consolidarse más y más.

Resistido por Bernardino Rivadavia, que le prohibió viajar desde Mendoza a Buenos Aires cuando una enfermedad ponía fin a la vida de su mujer, Remedios de Escalada, y cuestionado por quienes no admiten su voluntad final de donar su sable más querido al gobernador Juan Manuel de Rosas, San Martín nunca supo de la existencia de la Argentina, pues él luchó por la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Tampoco habló jamás el castellano según el acento de esta tierra. Manejaba el español cuando regresó a América en 1812, con 34 años de edad y luego de vivir 30 en España. Vivió entre nosotros 12 años, ya que en 1824 distintas circunstancias lo llevaron nuevamente a Europa, a Francia en particular, donde vivió los últimos 26 años que le quedaban.

Sus últimas palabras, dichas minutos antes de las 3 de la tarde del 17 de agosto de 1850, fueron dichas en francés: C’est l’orage qui mene au port (“Es la tormenta que me conduce al puerto”). Ese hombre, que dijo “serás lo que debes ser o no serás nada” y que aseguró que ponía término a su vida pública y se retiraba “a un rincón para vivir como hombre”, sigue siendo, 164 años después, el gran héroe nacional.