LA HISTORIA DE UNA CARTA

Elpidio González: el vicepresidenteque dio el ejemplo

6/7/2014 | 00:15 | En plena situación judicial de Boudou, vale recordar una conmovedora historia del segundo de Alvear.

Hay anécdotas que, además de cumplir con su propósito de ofrecer un relato breve y curioso, también pueden funcionar como un dibujo de trazo preciso, capaz de delinear los rasgos más distintivos de una personalidad.

La siguiente anécdota logra justamente ese propósito. Fue reconstruida por Nelson Castro en su libro La sorprendente historia de los vicepresidentes argentinos y, a través de unos pocos párrafos, permite descubrir con toda claridad la figura del rosarino Elpidio González, abogado y militante radical, segundo en la línea de sucesión durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear (1922-1928).

Cuenta Castro que, a fines de los '30, una cuadrilla de obreros se presentó en una humilde pensión del centro porteño con la orden de demoler el edificio para avanzar en la traza de la Diagonal Sur.

Allí se encontraron con un avejentado residente de barba larguísima que les solicitó unos días de plazo para que todos los inquilinos -incluido él mismo- pudieran encontrar otro lugar para vivir.

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Luego de un rato de conversación, el capataz de la obra descubrió con asombro que ese hombre, que se había presentado como un vendedor ambulante de anilinas, era Elpidio González.

La noticia llegó enseguida a la Casa Rosada, donde, tan sorprendidos como los demás, decidieron enviarle un generoso sobre con dinero. Pero no hubo manera de convencer al exvice de Alvear de que lo aceptara.

La historia conmovió a todo el espectro político, al punto que el diputado conservador Adrián Escobar impulsó un proyecto de ley para establecer una pensión vitalicia a todos los expresidentes y vices de la Nación.

Cuando González se enteró de la normativa, puso una hoja en blanco en su máquina de escribir y tipeó tres párrafos. Al finalizar el texto, volvió a repasarlo y quedó conforme. Decía con claridad lo que pensaba. Sólo entonces le puso su firma, y dio por finalizado el tema.

Trece años más tarde, en octubre de 1951, murió en una cama del porteño Hospital Italiano. Nelson Castro detalla que permaneció internado allí durante seis meses, porque no tenía adonde ir.

En su testamento, solo pidió "la limosna del hábito franciscano como mortaja".

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