El más anónimo de los protagonistas
Nada de películas en 3D, pochoclos y gaseosas.
Sí butacas de madera numeradas y acomodadores que en los intervalos ofrecían palito bombón helado, caramelos y maní con chocolate. Y matiné, ronda, noche y trasnoche con entradas agotadas.
Luis Bien pasaba películas mientras el cine era una de las grandes pasiones de las multitudes argentinas; tanto, que para llegar a ver un estreno había que esperar varios días y sacar las entradas con mucha anticipación.
Tiempos en los que un filme era, por ejemplo, el pretexto para una cita que podría terminar en noviazgo y matrimonio.
Entre sus principios en el cine Italiano, de Pigüé, y su posterior trayecto bahiense por El Palacio del Cine, Ocean, Plaza, Victoria y Visual, el operador sumó 52 años en la cabina, acompañado por aparatos alemanes, linternas francesas, espejos metálicos bruñidos, carbones cilíndricos cobreados y de grafito duro.
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Luis Bien bien podría ser el protagonista de una versión criolla de Cinema Paradiso, la emblemática película de Giuseppe Tornatore que retrata la vida de un operador y la de su aprendiz en un pueblito italiano y que, estrenada en 1989, no tardó en ganarse un lugar en el corazón de la gente.
"Verla es verme", dice Luis, aunque aclara que eso mismo sienten todos los pasadores de películas y miles de emocionados espectadores que vio cómo la aplaudieron de pie por 7 semanas consecutivas desde el 14 de junio de 1990, cuando él la proyectó en el Plaza.
Esta historia de Luis empezó a sus 16 años en Pigüé, donde nació el 18 de mayo de 1939, y también en un cine con balcones y paraíso. Corría 1956 y muy lejos, en la siciliana Bagheria, Giuseppe Tornatore se asomaba a la vida el 27 de mayo.
Decidido a ser operador, Luis, quien ya trabajada en el periódico “El Argentino” de su ciudad, llegó hasta el empresario Manuel Cañón, quien lo aceptó para que probara en el cine Italiano, un castillo situado en la avenida Casey, con piso de pinotea y unas 400 butacas. Allí estaba Víctor Castelli, quien había aprendido el oficio de un tío, Rubén Malgeri.
"Yo tenía que colocar los rollos de película en los proyectores, ponerlos en marcha y estar atento a la uniformidad de la luz, a los fuera de cuadro o a los escapes de cola al cambiar de máquina. Cada rollo duraba 10 o 15 minutos y se usaban dos para no producir un corte. Los domingos, mi trabajo empezaba a las 13.30 y terminaba a la 1 del lunes".
En aquel cine pigüense había dos proyectores alemanes AEG con linternas francesas y espejos metálicos bruñidos para la reflexión de la luz sobre la pantalla.
Esa luz era producida por carbones cilíndricos cobreados y de grafito duro ("parecidos a los electrodos de soldar", compara Luis), que en su interior tenían una mecha de carburo de selenio, la que generaba la luminosidad que atravesaba la película y la reflejaba en una especie de sábana, porque todavía no estaban las pantallas perladas, tras atravesar un objetivo óptico.
Esos carbones cilíndricos, revestidos en cobre, eran más gruesos y largos en el caso de los positivos, y más finos y cortos en el de los negativos. Los dos se ponían en las pinzas de las linternas de proyección y, para encenderlos, se entrechocaban sus puntas y se separaban.
Con el correr de la proyección, los carbones se iban consumiendo. Luis cuenta que eran acercados por un sistema automático contenido en la linterna para que la luz se mantuviera dentro de una medida ya indicada, pero el sistema no siempre funcionaba bien y, como los carbones escapaban a esa medida, se daba una luz amarronada en la pantalla, bajaba la intensidad o directamente la oscuridad era total.
En ese punto límite empezaban los pataleos, las silbatinas y hasta los insultos de los espectadores que tenían un solo blanco: el operador.
"Por eso había que estar muy atento y al pie de la linterna. Una vez se dijo de un operador que ante la falta de luz en la pantalla tenía un carbón en Bahía y otro en White".
Luis también precisa que el sonido estaba grabado a un costado de la película y que mediante una célula fotoeléctrica era leído y transmitido a un sistema de amplificación.
De sus 22 años por el cine Italiano, Luis evoca las funciones de los lunes dedicadas a las damas, siempre a sala repleta; el esplendor de las películas nacionales, de las mexicanas o españolas, las del director sueco Ingmar Bergman, entre las que cita La fuente de la doncella, Detrás de un vidrio oscuro, El silencio y Un verano con Mónica, o algunas italianas como El ferroviario, Un maldito enredo o Divorcio a la italiana.
Tampoco podrá olvidarse del furor con cada estreno de Luis Sandrini ni los escándalos que despertaban las películas de Isabel Sarli, y en especial de India (1960), una atrevidísima propuesta para la época, que se le cortaba a cada rato y que motivaba la ira de una excitada platea masculina. Lo mismo le pasó con las películas suecas, sumamente atractivas por los desnudos.
Luis recuerda, además, que Rififí (1955), filme sobre un robo planeado hasta el último detalle, fue prohibido por años en nuestro país al argumentarse que instigaba al delito.
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Desde noviembre de 1978, la historia de Luis Bien cambió de escenarios. Radicado con su mujer y sus 4 hijos en Bahía Blanca, Antonio Díaz, gerente y socio de la distribuidora de películas Disciba, que funcionaba en Soler al 300, no sólo le dio trabajo en su empresa sino que, como también estaba vinculado con los cines Ocean –donde hoy está Bingo Bahía–, El Palacio del Cine y Plaza, lo tomó como operador de reemplazos.
"Hoy paso por esos lugares y no puedo evitar volver mentalmente a esas cabinas donde me pasaba hasta 10 horas por día con 45 grados. El calor, por los carbones, era sofocante".
Tiempo después pasó a ser el titular de la cabina del Plaza, donde cumplió gran parte de su carrera, sala que luego fue alquilada por Guillermo Amodeo, todo un referente del cine bahiense.
"Él impulsó sustanciales mejoras e instaló un proyector Ernemann de 35 milímetros, en sustitución de dos Philips que todavía perduran. La sala, de 1.200 butacas, se adaptó a las necesidades de entonces y se redujo a 889".
Los sistemas de iluminación con carbones en las linternas de proyección, reemplazados por lámparas Xenon u Osram de 1.500 vatios, de gran luminosidad y estabilidad, ya habían entrado en el pasado.
Los avances trajeron consigo el dispositivo norteamericano de platos que prescindía del segundo proyector. Se trataba de una máquina de 3 platos grandes de aluminio con pies en V y una columna de 3 brazos donde se montaban esos platos que eran impulsados por 3 motores de 100 vatios.
"Toda la película, en rollos de 18 a 20 minutos, se empalmaba y colocaba sobre uno de los platos, y era enhebrada al proyector. Desde allí pasaba a un brazo con rodillos plásticos y finalmente a otro plato vacío. Al eliminarse uno de los dos proyectores, la imagen ganó en calidad con una sola lámpara para la iluminación. También se perfeccionó la calidad del audio".
De su paso por el cine Visual no puede dejar de mencionar títulos de impresionante repercusión, entre los que incluye "Titanic" (1997), una película récord en cuanto a recaudación.
A propósito de salas repletas, también alude a La historia oficial (1985), primera argentina en ganar el Oscar, con Héctor Alterio y Norma Aleandro; Rain man (1988), con Tom Cruise y Dustin Hoffman; Gemelos (1988), con Danny DeVito y Arnold Schwarzenegger; Mi pie izquierdo (1989), con Daniel Day-Lewis; o La pasión (2004), con Jim Caviezel y la dirección de Mel Gibson.
Luis, quien se jubiló en 2008, estuvo en el Plaza por más de 25 años, hasta que Amodeo le entregó el espacio a sus dueños, pero también fue operador en los cines Victoria y Visual.
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Lejos de los gigantescos rollos de celuloide, Cinema Paradiso es una de las reliquias de Luis Bien que ahora atesora en un DVD con todas las escenas que él vio mientras la proyectó, más las que Tornatore parece que tuvo que resignarse a que fueran cortadas por cierta imposición de los productores.
"Al ver los créditos, cuando la pasaba en el cine, leía nombres de actores que no aparecían en la película. Recién en el DVD comprobé que ellos habían participado de esas escenas eliminadas".
Con el paso de los años, la televisión, el video y el DVD terminaron con las multitudes en las salas, pero para Luis Bien el cine se vuelve un ritual cuando se celebra en su propio espacio, y allí su magia es irreemplazable.
Mariano Diez, el discípulo
Para llegar hasta Mariano Diez hay que subir una estrecha escalera de 14 peldaños que termina en la cabina donde, según la época del año, pasa películas entre 8 y 12 horas consecutivas.
Mariano es del barrio La Falda, tiene 39 años y cruzó el umbral del mundo del cine como acomodador del Plaza, en 1998, donde fue recibido por La máscara del Zorro, la versión con Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones en los roles centrales. Pero su destino estaba muy por encima de la platea.
Entusiasmado con el papel que hacía Luis Bien, estuvo un año con él en la cabina. Primero cortaba las entradas y enseguida subía a ese espacio fascinante.
"Fui aprendiendo hasta que poco a poco el maestro me dejó solo con las películas. Cuando salió una vacante yo ya estaba preparado. Hace 14 años que estoy aquí".
Su estreno como operador fue en el Visión, con Shakespeare apasionado (1998), y Rescatando al soldado Ryan (1998), películas proyectadas con los sistemas alemanes Ernemann, que lubrican con aceite.
"Ahora tenemos un Christie norteamericano con correas que no usan aceite", aclara Mariano desde la "cumbre" del Visión 1, a unos 25/30 metros de la pantalla, ya sin la presión y atención que antes le demandaba cada proyección, tarea que hoy se ha vuelto mucho más ágil.
Mariano ha visto todas las películas que pasó, pero dice que lo más emocionante está más allá de las historias que muestra la pantalla y que devienen, por ejemplo, de las dificultades y los imprevistos técnicos que lo desafían.
Acerca de los profundos cambios, indica que cuando él comenzó, en la cabina ya había un sistema de sonido con disco compacto que leía, procesaba, mandaba la orden a la compactera y ponía a girar el disco.
"Después, la proyección en 3D se volvió un desafío por la novedad. Antes todos eran fierros y los arreglábamos. Con lo digital podemos reparar algunos problemas pero ante otros debemos esperar las soluciones por Internet, que a veces llegan desde Estados Unidos".
Convencido de que al cine lo hace la gente, Mariano se conmueve cuando baja la mirada y comprueba que la sala está llena.
"Con el tema del 3D y lo digital el público está volviendo, pero a fines de los años 90 y principios de los 2000 hubo temporadas muy flojas", recuerda.
Muchas películas francesas aparecen entre las favoritas de Mariano, entre ellas El gusto de los otros, “tan desconocida como bella”, según puntualiza.
En su lista de "joyas" también están Una historia violenta (2005), con Viggo Mortensen; Sexto sentido (1999) y la primera de Matrix (1999). De los muchos filmes argentinos que lo impresionaron cita Nueve reinas (2000) y El aura (2005); también El secreto de sus ojos (2009), aunque la considera un poco más comercial que las otras dos.
Pese a todo lo que han generado el DVD y el plasma, que invitan a no moverse del living, para Mariano nada puede compararse con el placer de ir al cine. Es más, asegura que ni siquiera mira películas en su casa.
Mientras Luis Bien iniciaba su vida de operador de cine, en Bahía Blanca se pasaban algunas de las siguientes películas:
-- Gran Cine Ocean (Chiclana 250), continuado de 15.45 a 24.
-- Cómo pescar un millonario, con Marilyn Monroe, Betty Grable y Laureen Bacall.
-- El conquistador de Mongolia, con John Wayne y Susan Hayward.
-- La trampa de acero, con Joseph Cotten.
-- Palacio del Cine (Chiclana 170), continuado de 16 a 24.
-- Carrera de Hidalgos, con Tony Curtis y Piper Laurie.
-- Amantes secretos, con Odile Versois.
Cine Odeón (O’Higgins 48), continuado de 16 a 24.
-- Sobra un marido, con Betty Grable y Jack Lemmon.
-- Bandera negra, con Louis Hayward.
-- Costa Brava, con Robert Wagner y Terry Moore.
Cine Gloria (Chiclana 183), continuado de 14 a 24.
-- Falsos caballeros, con Randolph Scott y Ruth Roman.
-- Atrapada, con Dennis Morgan.
-- La casa de enfrente, con Wayne Morris, James Paige y Bruce Bennet.
Cine Astral (Brown 162), continuado de 16 a 24.
-- Cuando los duendes cazan perdices y El hombre virgen, ambas con Luis Sandrini.
Grand Splendid (Alsina 129), continuado de 16 a 24.
-- El ladrón del rey, con Ann Blynth y Georges Sanders.
-- Locura blanca, con Stewart Granger y Wendell Corey.
Cine Bahía (Chiclana 227), continuado de 14.15 a 24.
-- El campeón soy yo, con Pablo Palitos, Kid Gavilán y Beatriz Taibo.
-- La muchachada de abordo, con Luis Sandrini y Tito Lusiardo.
-- Historia de una soga, con Mario Lozano, Amalia Sánchez Ariño y Susana Campos.
Cine Unión (Almafuerte 651), a las 20.30.
-- Un genio de mal genio, con Los Tres Chiflados.
-- La mujer de Satanás, con Rita Hayworth, José Ferrer y Russel Collins.
-- El caballero negro, con Alan Ladd y Patricia Medina.