El Polo que nunca estará terminado
Cuenta la historia que en marzo de 1973 se concretó la transferencia de los terrenos de Ingeniero White a Petroquímica Bahía Blanca, donde se instaló el complejo industrial.
Propiedad de Ferrocarriles del Estado, el inmueble transferido ocupaba una superficie de casi 3 millones de metros cuadrados. La operación se concretó en la Escribanía General de Gobierno de la Nación.
La génesis de la instalación de un polo petroquímico en Bahía Blanca estuvo a cargo de la empresa norteamericana Dow Chemical, que en 1968 obtuvo autorización del gobierno nacional para erigirlo en esta ciudad.
Tras tal adjudicación, los directivos de la empresa eligieron los terrenos que por entonces eran un gran cangrejal en la zona portuaria.
Pocos meses después, la compañía desistía de la inversión en virtud de la modificación de las variables económicas del país.
A partir de entonces, sin embargo, la idea quedó instalada y, en noviembre de 1971, la Junta de Comandantes, encabezada por el presidente Agustín Lanusse, aprobó la fundación de PBB, conformada con un 51% en manos de empresas estatales (Fabricaciones Militares, YPF y Gas del Estado).
La piedra fundamental la puso el mismo Lanusse en 1972. Pocos meses después, comenzó el movimiento de suelos. Con el paso del tiempo, se modificó la estructura societaria del complejo. El Estado se retiró y hoy permanecen en pie las empresas privadas.
La venta de los terrenos, cuando ya los trabajos estaban en marcha, se acordó en 205.577.600 pesos, lo cual, al valor dólar de la época, equivalía a la interesante suma de 21 millones de dólares.
Fue el inicio de una implantación que transformaría definitivamente todo el sector vecino a Ingeniero White, donde hoy se erige silencioso uno de los complejos petroquímicos más importantes del país.
Los primeros pasos
En 1967, Bahía Blanca comenzó a transitar su camino de ciudad industrial petroquímica.
Ese año se conoció de manera fehaciente la intención de una empresa de primer nivel mundial, como es la Dow Chemical, de radicarse con una empresa de ese rubro en suelo bahiense.
Apenas el intendente municipal Luis María Esandi tomó conocimiento de que "un grupo empresario extranjero" había manifestado al gobierno provincial su intención de instalar una planta petroquímica en nuestra ciudad, viajó hasta La Plata para reunirse con el ministro de economía, José María Dagnino Pastore, a fin de conocer detalles de esa posibilidad y alentar su concreción.
"Creíamos indispensable que la provincia intensificara su relación con esos empresarios y, sobre todo, que efectivizara algunas de las medidas anunciadas para hacer que el régimen de promoción industrial pase de la etapa de programación a la realización", manifestó el jefe comunal.
Esta actitud de Esandi dejó en claro una postura que incluso se mantuvo en el tiempo y con la cual coincidirían la mayoría de las fuerzas vivas de la ciudad y los propios vecinos: la aceptación de esta radicación industrial que, se estimaba entonces, daría empleo a unas 2.000 personas y por su "efecto multiplicador" generaría una pequeña revolución productiva (con perdón de la expresión) en la región.
Los comentarios sobre la posible radicación de un Polo petroquímico no estaban equivocados y en diciembre de 1967 el proyecto fue formalmente presentado por la Dow Chemical, tal la empresa que lideraba el asunto, ante el Servicio de Promoción de Inversiones Externas, un organismo nacional responsable de analizar cada proyecto de este tipo que pretendía ocupar suelo argentino, para dar, o no, viabilidad al mismo.
Los técnicos del gobierno analizaban el aspecto comercial del emprendimiento, la existencia de mercados, el nivel de precios y el proteccionismo a fijar. También estudiaba sus características tecnológicas y los efectos que tendría sobre la economía del país.
A fines de 1967 el presidente de la Corporación del Comercio, Ramón Arestizábal, se entrevistó con Walter Klein, titular del servicio de inversiones externas del ministerio de economía de la Nación, para conocer el estado de las tratativas para la instalación. Su voz era la de todos los comercios locales: nadie ignoraba la trascendencia de esa llegada.
Finalmente, en febrero de 1968, Esandi regresó de uno de sus habituales viajes a La Plata y confirmó ante la prensa la posible llegada de una petroquímica.
Ese mismo mes, la Dow anunció, en una conferencia de prensa brindada en el Plaza Hotel de la Capital Federal, su intención de invertir poco más de 115 millones de dólares para levantar en Bahía Blanca el complejo petroquímico más grande de Sudamérica.
Las primeras visitas
A partir de ese anuncio, si bien el proyecto estaba condicionado a la aprobación del gobierno de la Nación, fueron muchos los directivos de la Dow que comenzaron a visitar la ciudad, a fin de ir definiendo diversos aspectos de la instalación.
Por entonces se mencionó que las razones que llevaron a la empresa norteamericana a elegir a nuestra ciudad eran su buena provisión de energía eléctrica (a través de la obra de El Chocón-Cerros Colorados), el puerto, las salinas de Río Colorado y La Pampa, el paso de gasoductos y la disponibilidad de mano de obra técnica a través de las universidades.
Si bien era una limitación la provisión de agua, era inminente la licitación, por parte de la provincia, del dique y acueducto Paso de las Piedras, que permitiría tener agua para una población de poco más de 700.000 habitantes, según se informó.
"No le puedo dar una respuesta definitiva ya mismo, más le aseguro que la cosa anda bien", comentó a mediados de 1969 Carl Gerstacker, presidente de la Dow, al periodismo, luego de una entrevista de 50 minutos que mantuvo con el presidente de la Nación, Juan Carlos Onganía, para conocer el avance del visto bueno a la empresa.
A fines de ese año, y como muestra contundente de su fe en el proyecto, la Dow adquirió los terrenos que, desde un comienzo, consideró adecuados para emplazar el complejo, unas 300 hectáreas, propiedad del ferrocarril, en la zona de cangrejales, pagando por los mismos unos 600.000 dólares de la época.
De esta forma, sin tener aún la aprobación oficial, la firma definió dos situaciones que adquirirían carácter definitivo en el tiempo: la radicación de un polo petroquímico en Bahía Blanca y la zona portuaria como su lugar de emplazamiento.
En abril de 1970, la Dow depositó un millón de dólares como garantía de su proyecto y firmó diferentes convenios con Fabricaciones Militares, Gas del estado y la naviera Pérez Companc, conformando la sociedad Petroquímica Norpatagónica SA.
En noviembre comenzaron las tareas de perforación en las tierras adquiridas buscando agua para alimentar a las futuras plantas hasta tanto estuviese listo Paso Piedras.
También se inició el estudio de suelos, a fin de determinar las características estructurales del pilotaje de la obra. Fue una de las últimas tareas realizadas por la Dow.
Poco meses después, como consecuencia de los cambios producidos en el mercado internacional y las variaciones propias de nuestra economía, decidió desistir del proyecto.
Sin embargo, su inquietud había instalado de tal manera la idea de una Bahía Blanca petroquímica que la misma se sostuvo aún sin su presencia.
Lanusse da el visto bueno
En marzo de 1971, la Argentina tenía nuevo presidente. Luego de la salida de Onganía y el efímero paso de Roberto Levingston, el general Alejandro Agustín Lanusse se hacía cargo de un país que comenzaba a transitar su regreso a la democracia, en medio de un convulsionado clima político donde el hipotético regreso del ex presidente Juan Domingo Perón ponía las cosas al rojo vivo.
Pese a esto, en octubre de 1971, la Junta de Comandantes se reunió para analizar la posible radicación del Polo Petroquímico, con la participación mayoritaria de Fabricaciones Militares, la entonces petrolera estatal YPF y Gas del Estado (51%) y un grupo minoritario de empresas privadas.
Finalmente, los primeros días de noviembre de 1971, la Junta aprobó la ley 19.334, disponiendo la constitución de Petroquímica Bahía Blanca SAIC, para la producción de etileno y polipropileno, abriendo un proceso que no se detendría más allá de los vaivenes de nuestra economía y los repetidos cambios de políticas y gobernantes.
El 17 de noviembre de 1972, el general Lanusse llegó, a bordo de un helicóptero Sikorsky H-31, a la zona de puerto Galván para dar inicio simbólico a la construcción del complejo industrial. En un palco que compartió con el intendente Víctor J.M. Puente, unos pocos minutos alcanzaron para tan significativo acontecimiento.
Lanusse se disculpó porque debía regresar de inmediato a la Casa Rosada, convulsionado como estaba su gobierno con el regreso de Perón.
Crecer, siempre crecer
De esta manera, luego de cinco años de anuncios, tratativas, desmentidos y postergaciones, Bahía Blanca comenzó a convertirse en ciudad petroquímica.
Poco a poco los habitantes vieron crecer las singulares instalaciones del Polo, con sus torres, chimeneas y cañerías a la vista.
En rigor, desde entonces y hasta hoy, las instalaciones no han dejado de crecer. Ya en 1969 un alto directivo de la Dow había anticipado que el polo bahiense nunca estaría terminado, "ya que estará creciendo en forma permanente".
En diciembre de 1995, veinticinco años después de haber desistido de participar del proyecto que ella misma generó, la Dow adquirió el complejo que entonces no pudo concretar.
Oscar Vignart, gerente general de la firma, repitió entonces que el puerto, el gas, las salinas y los servicios hacían del lugar un punto estratégico único al tiempo de destacar que el Polo seguirá creciendo.
"El complejo no tiene hoy escala internacional. Es una situación de crecer o desaparecer", señaló.
Y creció. Vaya si creció...