El Principito y el zorro

2/11/2012 | 09:00 | Por Tomás I. González Pondal.

Por Tomás I. González Pondal




 El Principito busca amigos en su visita al planeta Tierra. Muestra así la necesidad de la amistad que, conforme enseñara muchos siglos atrás el preclaro Aristóteles, es una de las "necesidades más apremiantes de la vida."




 El capítulo referente al encuentro entre el Principito y el zorro forma parte de los más largos de la obra, acaso por que encierra enseñanzas que constituyen tesoros de una riqueza inapreciable. En él, entre otras cosas, aparecen las grandes lecciones sobre la amistad verdadera.


 


 El zorro hace su entrada en escena en plena pena del joven Príncipe, que al ver al animal le propone de inmediato vaya a jugar con él porque padece tristeza, a lo que el pequeño cuadrúpedo replica diciéndole que aún no puede porque no está domesticado. La palabra está cargada de sentido profundo. Domesticar a un animal equivale a ciertas cosas: paciencia --"Hay que ser muy paciente", dirá el zorro--, tiempo y, algo fundamental, buen trato. Domesticar, como dijo el filósofo Rafael Gambra comentando el texto en cuestión, tiene que ver también con "hacer de uno, hacer de casa". Y es así. El amigo es aquel al que privilegiamos haciéndolo entrar en nuestra vida, y respecto de quien obtenemos igual privilegio.


 


 El Principito que buscaba amigos y que había obtenido del zorro la respuesta tocante a la domesticación, interroga nuevamente por el significado de eso. Y el zorro le dice que domesticar es "una cosa demasiado olvidada (...). Significa crear lazos". Los beneficios de ser domesticado, de generar lazos, se ejemplifican en "tendremos necesidad el uno del otro", "serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo", "conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros", "en lo que vea y me genere recuerdos de la amistad, encontraré un sentido. ¡Será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo". La generación de lazos implica algo fundamental en la amistad, y es la consonancia. No habrá lazos sólidos donde no exista la comunión --común-unión-- de principios y pareceres. Por eso Cicerón aseveró: "La amistad en sí no es otra cosa que una consonancia absoluta de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas, unida a una benevolencia y amor recíproco".


 


 "Todos los hombres se parecen (...). Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol", le dice el zorro al Principito. Frente al parecido de todos, sin embargo, sólo unos pocos son capaces de presentar a la vida del otro el calor particular de la amistad. Frente a la desconexión o mero trato que aparece en la mayoría de las relaciones humanas, es en esa particularidad descubierta en el otro y coincidente con la de uno, donde queda sustentada la amistad: "Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo tierra". Los especiales pasos que me gustan y los pasos que me hacen huir; aquellos en los que veo mi vida iluminarse, y aquellos que podemos denominar como el de los simples conocidos, que poco nos dicen.




 No obstante todo lo anterior, cuando el zorro le pide por favor al Principito que lo domestique, este último le da la siguiente respuesta desacertada: "No tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos".




 Un ritmo de vida acelerado, una concepción errada de la amistad, se hace presente en la mente del joven príncipe, proponiéndole la búsqueda de amistades en la superficialidad proporcionada por breves y fugaces momentos temporales. Como que cuasi inconscientemente rechazaba la idea de enfrentar una amistad con el zorro por el hecho de tener que demorarse. Precisamente, no hay amistad verdadera sino gracias al cultivo de la misma a lo largo del tiempo. La propuesta del hombrecito presentaba extremos irreconciliables, porque no se puede encontrar amigos si uno no tiene tiempo para detenerse en alguno. Las lecciones sencillas, profundas y hermosamente expuestas en El Principito concuerdan plenamente con las que impartiera Aristóteles en su época. Llega a decir en su Etica a Nicómaco que para la amistad verdadera hace falta "tiempo y hábito", y si bien el deseo de una amistad puede nacer con prontitud, sin embargo, la concreción de la misma requiere, inexorablemente, tiempo.




 El zorro le enseña al hombrecito que "sólo se conocen las cosas que se domestican". Y agrega: "Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!". El ritmo de vida actual --que fuera criticado anteriormente--, la velocidad con que transcurren las horas, la dedicación excesiva al trabajo, lo vano de las relaciones, la carencia de detenimiento en la consideración de las cuestiones trascendentales de la vida, llevan inevitablemente al vacío y al consumismo que no deja tiempo para nada. Y como la amistad verdadera no se compra y hoy resulta ser todo comprable, la amistad desaparece.


 


 Otra de las grandes lecciones impartidas por el zorro es la relativa a los ritos. En un sentido podemos decir que un rito es cierta regla de vida recubierta de solemnidad y que se reitera en el tiempo. El rito otorga a nuestro transcurrir vital una valoración especial, y en él somos cobijados de singular modo. El pequeño animal le expresa al hombrecito que hubiese sido mejor "venir a la misma hora", pues "si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón. Los ritos son necesarios". Necesarios y también algo "demasiado olvidado (...): es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas". Gambra enseña que el rito forma "la estructura misma del tiempo humano y libra al hombre de perderse en un día sin horas o en una semana sin días o en un año sin fiestas que no muestre rostro alguno." Los ritos le dan una sentido especial a la vida: "lo esencial de una costumbre, de un rito (...) es el sabor que dan a la vida, es el sentido de la vida que crean", afirmará Saint Exupéry en su obra Un sentido de la vida. Y una profundización maravillosa y poética sobre la cuestión "ritos" la encontramos en Ciudadela, obra póstuma del citado autor: "los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el espacio. Pues bueno es que el tiempo que transcurre no nos dé la sensación de gastarnos y perdernos, como al puñado de arena, sino de realizarnos. Bueno es que el tiempo sea una construcción. Así voy de fiesta en fiesta, y de aniversario en aniversario, de vendimia en vendimia, como iba cuando niño de la sala del consejo a la sala de reposo en la anchura del palacio de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido".




 Ante la partida del nuevo amigo, el zorro manifiesta que va a ponerse a llorar. Confuso, el joven echa la culpa de ese llanto al mismo animalito --quien quiso ser domesticado--, manifestándole que no deseaba hacerle mal. Pero aun ante la pena, el zorro no deja de enseñarle hermosas cosas al Principito y, frente al llanto, le expresa que sacaba una ganancia: "Gano, por el color del trigo". En otras palabras, gano gracias a todos los recuerdos lindos, buenos, que me vendrán tras apreciar el dorado trigo que me recordará a ti. Sería torpe y muy egoísta sostener que para no sufrir es preferible mejor no generar jamás ningún lazo amistoso o dejarse domesticar. Aun ante el riesgo de las partidas, de las pérdidas, de los sinsabores, en la amistad verdadera siempre uno obtiene ganancias. El zorro ante la pena no se desespera, no se angustia ni desanima, antes bien se sumerge en la profundidad del suceso para sacarle las riquezas que también ahí veía. Muchos siglos antes, Cicerón enseñó igual verdad, y sostuvo que "desesperarse por sus propios males no es prueba de amistad, sino de egoísmo".




 El zorro regala al hombrecito su secreto, su gran secreto: "no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos". En otros términos, así como sin unos buenos lentes uno vería las cosas confusas, desfiguradas, así también si uno no mira las cosas a través del amor verdadero, siempre verá mal. El que tiene vacío, verá todo vacío; el que tiene odio, verá a través del encono; el que tiene envidia, mirará por ella. Quien tiene en su alma caridad, mirará las cosas a través del prisma del amor.




 Domesticar, crear lazos, ritos, ganancias ante una partida, son cosas que existen, pero que existen en la invisibilidad; y encima de todo, como si eso no tuviera su dificultad, debe agregarse con son esenciales. Por ejemplo, sin amistad verdadera, la vida está condenada al desplome por hastío existencial. En la actualidad, frente a una mayoritaria mentalidad signada por el materialismo --por eso buscado por las personas "serias", como afirma ironizando el Principito--, el regreso a lo esencial es siempre un deber.






 Tomás Ignacio González Pondal es abogado; reside en Buenos Aires.







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