Templos solares
Hace cien años, Hiram Bingham, un senador norteamericano y fanático anglosajón, se dedicó a buscar en Perú los últimos reductos de la resistencia indígena a la conquista española, de la que Bingham era furioso adversario, como cultor de la "leyenda negra" que atribuye a Cortés y Pizarro todos los males de América.
Bingham reivindicaba otra leyenda: que fue el escandinavo Leif Eriksson, hacia el año 982 DC, y no el judío Cristóbal Colón, quien había descubierto América, sembrando los beneficios de la cultura europea que los españoles vendrían luego a destruir, sin advertir que lo de Cortés y Pizarro no difería demasiado de la conquista yanki del Oeste, como ninguna de estas difiere de la conquista actual del Tibet, por China, o la Amazonia, por Brasil. El hombre es el lobo de hombre.
Lo cierto es que Bingham, con el respaldo de las autoridades peruanas, consiguió excavar la aldea de Vitcos, que, efectivamente, había sido cuartel general del hijo del inca Huáscar, quien asumiera la resistencia, tras el martirio de Atahualpa, en 1533. Pero... gran decepción para Bingham: sólo halló restos de hierro allí, seña inequívoca de que los españoles, tras la victoria definitiva, habían borrado todo vestigio incaico. Al verlo deprimido, los indios de su expedición, que no querían perder la jugosa changa, le dijeron a Bingham que, más al este, en plena selva, se alzaba el verdadero castillo de los últimos incas.
Costeando a pie la ribera del Urubamba, lo llevaron a rodear las últimas estribaciones de los Andes y, luego, a subir la cresta desde donde Bingham pudo ver (como nosotros ahora, en foto) el fantástico acrópolis de Machu Picchu. Inmediatamente, desde EE. UU., la noticia recorrió el mundo: ¡¡¡Una ciudad perdida en medio de la selva...!! La noticia confinaba con la leyenda, en un tiempo en que Ridder Haggard escribía sobre ciudades secretas en Africa, en que Paul Morand llegaba a Timbuctú, y poco antes de que, atraído por tanto misterio, Keyserling recorriera la huella de Humboldt en Sudamérica, curiosidad europea que rodearía de éxito la primera novela latinoamericana moderna: La vorágine, de Eustacio Rivera, que transcurre toda en Amazonia...
Veinticinco años después, todavía, la crisis europea que desembocó en la II Guerra Mundial echaría hacia América Latina a varios arqueólogos franceses: Jacques Soustelle, en México; Lévy-Strauss, en Brasil; el economista Louis Baudin y Alfred Métraux, al Perú, y todos ellos suscribieron más o menos indirectamente, en sus libros, la absurda tesis de Bingham. No es imposible que los resistentes incaicos hayan usado las instalaciones, los cobertizos y los templos de Machu Picchu en sus combates, pero es insensato creer que semejante conjunto monumental hubiera sido levantado por indios combatientes, en el escaso período que va desde 1533 al martirio de Tupac Amaru, en 1573, cuando cesa la resistencia definitiva...
Sin duda, Machu Picchu, que acaba de ser consagrada como una de las siete nuevas maravillas del mundo, a principios de julio, es una estructura anterior, del propio incanato, o, acaso, de otra cultura, pues los incas fueron maestros en borrarles la tradición a los pueblos que conquistaban, tal vez aymaras o changas... Cierto es que los incas posteriores a Pachacútec, el héroe organizador, crearon una serie de fortines en la selva para frenar las rapiñas de los salvajes amazónicos y Machu Picchu puede haber crecido con tal función. Hoy, caída la leyenda del castillo insurreccional, los "expertos" dicen que fue un sitio usado para palacio de verano por el inca y su corte, como si hubiesen tenido helicópteros que los izaran desde el Cusco, los días de calor... Más sencilla es la tesis de nuestro José Imbelloni, a quien tuve el gusto de tratar, en los años 50, en el círculo que rodeaba a Carlos Astrada.
Imbelloni (quien no cita Machu Picchu en sus numerosos libros) estableció, en cambio, el sitio de innumerables kalasayas; es decir, observatorios astronómicos creados (como Stonehenge, en Inglaterra, o Karnak, en Francia) para determinar la deriva solar y así poder comandar las distintas labores agrícolas. Recuérdese que el incanato era un Estado totalitario, donde la cultura de la tierra no sólo se integraba a la religión, sino que era la religión misma: cuyos ritos acompañaban con cantos y bailes las labores y cuyos frutos, entonces, no debían fallar... También la agricultura egipcia se integró a un culto solar, y los ziggurats de Accad (las torres de Babel) no son otra cosa que observatorios astronómicos...
Pero Machu Picchu, con ser una joya de la fotografía aérea, no tiene ni la importancia de otras, como Paramunca o Canete, en el Perú mismo, ni el mágico Chavín de Huáncar ni la riqueza en objetos y símbolos de las pirámides mexicanas de Tikal o Palenke; hela aquí, pues, convertida, junto al tango, en símbolo supremo de Sudamérica, por obra de la aventura racista de Bingham, cuyos picachos nevados por eso mismo sufrirán la condena de quedar empequeñecidos a la sombra de los hoteles rascacielos que brotarán como hongos sobre el Urubamba, las gasolineras de Mobiloil y los carteles luminosos de Motta-Perugina. Adiós al aire puro de la selva y la aventura; paso al turismo en masas y a la espantosa globalización. Amén.