Bahía Blanca | Viernes, 03 de abril

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Compleja y reflexiva historia de culpa, vergüenza y orgullo

El tema es el colaboracionismo --y sus secuelas-- durante el Tercer Reich. Y por este andarivel, El lector se inscribe en la línea revisionista de la Historia ya transitada por las películas La vida de los otros, Sophie Scholl y Cuatro minutos. Aunque ésta es, quizás, más comprometida.

 El tema es el colaboracionismo --y sus secuelas-- durante el Tercer Reich. Y por este andarivel, El lector se inscribe en la línea revisionista de la Historia ya transitada por las películas La vida de los otros, Sophie Scholl y Cuatro minutos. Aunque ésta es, quizás, más comprometida.


 El guión del británico David Hare (Las horas) se basa en la novela homónima del magistrado alemán Bernhard Schlink, publicada en 1995, que plantea la participación de las mujeres alemanas en el genocidio ejecutado por los nazis.


 El tema fue abordado también, recientemente, por la historiadora alemana Kathrin Kompisch en su libro Perpetradoras: mujeres del nacionalsocialismo, que analiza el apoyo brindado por mujeres en prácticas eugenésicas (asesinatos de discapacitados, esterilizaciones) y como guardias en campos de concentración.


 El lector presenta una estructura un tanto compleja por sus avances y retrocesos en la narración de los hechos que conforman la trama. El relato comienza en 1995, que es el tiempo presente de la novela y de este filme. Michael Berg, el coprotagonista de esta historia, mira a través de la ventana de su departamento el paso de un tren.


 La imagen convoca el primer flashback: el encuentro accidental de Michael con Hanna Schmitz, quien trabaja de vendedora de boletos en una empresa de tranvías. Ocurre en 1958 en una calle de la ciudad de Neustadt, cuando en el trayecto del colegio a su casa se siente mal y es auxiliado por Hanna.


 Tres meses después, curado de su escarlatina, Michael regresa al viejo edificio donde vive Hanna para agradecerle su gesto. Y por esta vía nace entre ellos un apasionado romance, a pesar que él tiene quince años y ella treinta y seis.


 Durante ese inolvidable verano, Michael oficia, para Hanna, de amable "lector" de clásicos de la literatura universal. Por caso, La Odisea de Homero y La dama del perrito de Chejov. El motivo por qué Hanna prefiere que le lean es una incógnita, inclusive una suerte de McGuffin, que tendrá otras instancias y sólo se revelará hacia el final de la historia.


 Esa relación ocupa la primera parte de la historia y concluye cuando Hanna desaparece de la vida de Michael. El relato lo retoma en 1966, cuando en calidad de estudiante de Abogacía es llevado por su profesor a observar el juicio a seis mujeres acusadas de la muerte de trescientas judías. Michael descubre que una de ellas es Hanna.


 También se entera --y el espectador con él-- que Hanna nació en octubre de 1922, que en 1943 rechazó una promoción en la empresa en la que trabajaba, para ingresar en las SS como guardiacárcel, primero en Auschwitz y luego en Cracovia.


 Durante ese juicio, en los diálogos que Michael y otros alumnos mantienen con el profesor que compone Bruno Ganz, afloran diversos interrogantes. El profesor confiesa haber guardado un silencio cómplice durante el nazismo, afirma que la justicia no es una cuestión moral sino legal y plantea la cuestión de la legitimidad o no, de un análisis del pasado a la luz de las leyes actuales.


 Desde ese momento, Michael transita distintas estaciones temporales: el reencuentro con su madre en 1976 en compañía de su hija de corta edad; su trabajo como juez en Berlín en 1986 y la resolución del conflicto dramático del segmento de la historia que tiene a Hanna como protagonista. Esto último ocurre en 1988.


 La penúltima estación se desarrolla en Estados Unidos, donde la persona a la que Michael va a visitar en cumplimiento de un mandato, le sugiere --si quiere practicar una catarsis de sus sentimientos de culpa-- que no busque hacerlo en los campos de concentración (es decir, revolviendo el pasado), sino orientándose hacia actividades creativas, como el teatro y la literatura.


 Porque en todo ese itinerario, Michael llevará sobre sus espaldas no sólo los recuerdos de aquel remanso pasional en plena juventud, sino la culpa de no haber aportado un testimonio que podría haber cambiado el curso del juicio a las seis guardiacárceles y, en particular, de Hanna. Aunque ella también oculta la verdad, motivada por una extraña mezcla de vergüenza y orgullo.


 Por aquí también se cuela la cuestión de la "banalidad del mal" aludida por la filósofa y escritora alemana Hannah Arendt: esa "irreflexión de quien comete crímenes actuando bajo órdenes".


 La británica Kate Winslet, ganadora del premio Oscar de la Academia de Hollywood por este filme, concreta una gran actuación, encarnando con convicción a un personaje que debe adaptarse a las circunstancias. Otro tanto puede decirse del debutante David Kross como el joven Michael, mientras que Ralph Fiennes sugiere un autismo al que le cuesta encarrilar o darle sentido.


 También debe destacarse la labor del director Stephen Daldry (el mismo de Billy Elliot y Las horas) y la fotografía de esos dos maestros de la luz que son Chris Menges y Roger Deakins. La película cierra con una dedicatoria a los directores Anthony Mingella y Sydney Pollack, fallecidos en 2008, que en este filme oficiaron de productores.

Calificación: 9

Agustín Neifert/Especial para "La Nueva Provincia"