Bahía Blanca | Sabado, 29 de noviembre

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El fantasma del fraude

Por Jesús María Silveyra.

 Cada vez que se aproxima una elección, el fantasma del fraude se asoma a las puertas de nuestra débil República y nos hace temer la posibilidad de que nuevamente haga de las suyas cuando llegue el día de los comicios. En las últimas elecciones nacionales, de octubre de 2007, no faltaron sospechas fundadas y actos a todas luces irregulares como para seguir temiendo: padrones nunca depurados del todo (siguieron votando algunos muertos); falta de autoridades de mesa por incumplimiento de los deberes de los ciudadanos convocados o a los que, extrañamente, nunca les llegó la citación; largas colas en la apertura y cierre de los comicios; demoras en el arribo de urnas al Correo Central; y el incontenible "voto calesita" que los punteros políticos siguieron manejando a su antojo (sobre todo en el Gran Buenos Aires) a cambio del cumplimiento en el pago de los planes de ayuda social.




 Es lamentable ver cómo la tan mentada "reforma política" siempre queda en el tintero de la mayoría de los políticos, porque rápidamente los intereses de los representados caen en el olvido de los representantes una vez que éstos llegan al poder. Por consiguiente, este año, pese a que la oposición esté luchando por la aprobación de un régimen de boleta única, volveremos a votar a legisladores desconocidos en listas sábana, sin poder decir éste sí, éste no, a menos que decidamos recurrir al poco atractivo voto en blanco; seguiremos yendo a votar a los colegios sin saber cuánto demorará la apertura de una mesa, si llegarán las autoridades o si nuestro partido contará con la cantidad de fiscales necesarios para controlar la elección; nos entregarán un sobre firmado que podrá fácilmente replicarse y/o retirarse del lugar para que a éste le siga una cadena de votos con las boletas previamente colocadas en el sobre (el llamado voto calesita); además, como consecuencia de la suma de incomodidades y anomalías, continuará creciendo el nivel de ausentismo en los comicios (en la última elección sólo votó el 72% del padrón electoral); y el proyecto de voto electrónico quedará guardado en un cajón hasta que alguien, luego de las elecciones, comience de nuevo a hablar de la necesidad de una "reforma política".




 Parece mentira que en estos tiempos, donde la informática e Internet van llenando todos los espacios de nuestras vidas, no se instrumente inmediatamente un sistema de voto cibernético, tan sencillo de llevar adelante como es el sistema de pin o clave bancaria que utilizamos para hacer transferencias entre bancos desde nuestro computador personal o el de clave fiscal que utilizamos para hacer presentaciones juradas por Internet ante la Administración Federal de Ingresos Públicos.




 ¿Cómo funcionaría el sistema? Muy simple. Todo ciudadano en condiciones de votar debería concurrir al Centro de Participación Ciudadana o Registro Civil más próximo al domicilio que figure en su Documento Nacional de Identidad y requerir el envío por correo del pin o clave electoral, que llegará a nuestro domicilio en la misma forma que nos envían el pin los bancos o la clave fiscal que manda la AFIP. De esta forma, un primer logro sería que quedarían limpios los padrones electorales, ya que muertos y ausentes no se presentarán. Una vez recibida la clave, el ciudadano, el día de los comicios, ingresaría en la página web de la Cámara Nacional Electoral y emitiría su voto, directamente por Internet, bien sea desde su domicilio (si tiene conexión propia), el de un familiar, un amigo, o en un cibercafé habilitado para realizar dicho trámite (cuya conexión, ese día, será abonada por el Estado).




 De esta manera, se eliminaría el costo de las boletas y de las urnas, la necesidad de fiscales de los partidos y autoridades en todas las mesas, el gasto de luz y de limpieza en los colegios, el movimiento de las Fuerzas Armadas y de seguridad y se tendría el resultado un segundo después del cierre del acto electoral, sin necesidad siquiera de tener que recurrir al costo de las máquinas que se utilizan para efectuar, en otros países, el llamado "voto electrónico", eliminando también las distorsiones que provocan los resultados a boca de urna que transmiten los medios antes del cierre de los comicios y que alteran el final de los mismos.




 Alguien puede decir que no existen conexiones de Internet en todo el país: se podrá recurrir en esos pequeños casos a la instalación de máquinas, aunque hoy en día la mayoría de los pueblos, bien sea por conexión telefónica, antena o cable, sistemas wi-fi o en forma satelital, cuenta o puede contar con acceso a la red. Se podrá argumentar también que la gente con poca instrucción no sabrá cómo proceder: la mejor respuesta es que cualquier persona está capacitada para seguir las instrucciones de un cajero automático y que hoy la mayoría de los obreros y empleados en blanco recibe el pago de su salario por este medio. Por último, se puede señalar que este sistema generará otras posibilidades de fraude, vía jaqueo o adulteración en el centro de cómputos: habrá que preguntarles a los bancos o a la AFIP las medidas de seguridad que vienen utilizando hace años con excelentes resultados.




 Lo cierto es que este sistema no sólo limpiará los padrones y eliminará gastos, sino que impedirá los tipos más burdos de fraude, aumentará el presentismo electoral, arrojará los resultados casi en tiempo real y posibilitará en el futuro el ejercicio de una democracia más directa mediante consultas populares. Las ventajas frente al sistema actual son tantas que, si no se quiere instrumentar el sistema a nivel nacional, por temor a los errores propios de todo inicio (o a los resultados de un blanqueo electoral libre de punteros y estructuras), debería comenzar a aplicarse en ciertos distritos, por ejemplo el de la Capital Federal.




 Jesús María Silveyra es licenciado en Administración de Empresas y escritor. Su último libro publicado es Diálogo con el Islam (Lumen).