EL DIA QUE NUNCA OLVIDARE HOY: José Juan Del Col El mundo de la fe y de la esperanza
Afirma la leyenda que Napoleón, al contemplar el paisaje, exclamó: es delicioso. Y eso que no solía andar en tren de turismo. Desde entonces el pueblo de Casarsa asumió el adjetivo imperial y pasó a llamarse Casarsa della delizia. La leyenda siempre es más poética que la historia.
Casarsa se identifica con la niñez del padre José Juan Del Col. Registra el primer paisaje que contemplaron sus ojos infantiles. Su primer testimonio majestuoso de la Creación. Bastaba mirarlo para percibir, nítida, la "mano" de Dios. Cierto es que para aquel aprendizaje iniciático de sus primeros pasos José no estaba solo. La suma de doce hermanos --casi todos mayores que él-- convertían a su madre, Angelina, en una mujer heroica. Otros dos habían muerto prematuramente. Luis --el primero en denominarse así--, al no poder ser amamantado por su madre ante el hambre que la primera guerra mundial dejó a su paso.
--A pesar de tanto trabajo, jamás vi a mi madre enojada o triste. Siempre sonreía. Casarsa era un pueblo chico. Ahora tiene industrias y es importante. Está a 100 kilómetros de Venecia y a 80 de Trieste, en la región del Friul, entre las montañas y el Adriático. En mi casa se hablaba el dialecto véneto --porque mi madre venía de esa región-- y, en la calle, el idioma friulano".
El padre Del Col evoca con nostalgia la mansedumbre de aquella vida serena, expectante, solidaria, santificada por el rito cotidiano de los campesinos sumidos en los trabajos agrícolas, en medio de las montañas, de los establos, de los pegujales de trigo, de las pequeñas viñas.
Tal vez el menos pacífico de la docena de hermanos era él, José Juan. Al punto de que lo calificaban, por sus travesuras, como al primer zar de Rusia, Iván: "el Terrible". Hasta una vez, cuando apenas había aprendido a caminar, su madre debió atarlo a la pata de la mesa para que no hiciera algún estropicio mientras ella se ausentaba momentáaneamente.
"No. Nunca la vi quejarse. Todos los días se levantaba de madrugada, para ir a misa. Caminaba un kilómetro hasta llegar a la iglesia y volvía a tiempo para preparar el desayuno de toda la familia. A veces me llevaba a mí para que oficiara de monaguillo.
"Yo era muy travieso también en la escuela. Y un día llegué a mi casa antes de que terminara la clase. Mi madre me preguntó qué había ocurrido. Tuve que confesarle que me habían echado por indisciplina. Sin decir una palabra, se vistió con la ropa de los domingos, me tomó de la mano y, a paso redoblado, me condujo a la escuela. Habló con la maestra; ingresamos al aula y, delante de todos, me hizo pedirle perdón, sin exigir nada a cambio, porque tuve que cumplir con la sanción impuesta".
("No sé qué vamos a hacer con este chico", le debe haber comentado luego Angelina a su esposo, Andrea, quien mucho más severo que ella, solía teologizar que "un padre que no impone castigos a sus hijos, es porque no los quiere", según la teoría sostenida en los Proverbios bíblicos.
A veces tenemos la sensación de que también bajo el imperio de tal sabiduría nos corrige y nos orienta nuestro Padre que está en los cielos. Porque si nos dejara librados a los efectos de una vida muelle, egoístamente degradada por la búsqueda del placer personal o la molicie, ¿qué sería de nosotros? ¿Cómo aprenderíamos a mirar más lejos, con ojos sabios, no napoleónicos sino cristianos?)
--Dos escenas me quedaron grabadas de aquellos días --rememora el padre José, cuya humilde bondad acabó pronto con la "terrible" descalificación que pesaba sobre su conducta--. Una ocurrió un amanecer. Cuando yo todavía estaba en la cama, se acercó mi hermana Luisa, me dio un beso y se despidió de mí porque se marchaba a la casa de formación de las religiosas de la Nigrizia, en el Veneto. Cuando la vi alejarse, sentí una gran pérdida y me puse a llorar, como si una premonición me advirtiera que ya no volvería a verla. Y sí, volvimos a vernos muchas veces.
"La segunda, cuando mi otra hermana, Lina, que tenía 22 años, enfermó tras haber soportado el frío y la lluvia de un temporal. Entonces no existían los remedios que tenemos hoy. Su estado era cada día más grave y no podíamos hacer nada por ella. Yo permanecía junto a su lecho, rezando, desconsolado. Y la vi morir. Fue mi primer contacto con la muerte".
Los rezos en aquella casa, desde el Padrenuestro al Rosario, eran parte y sostén de la vida cotidiana.
***
Durante la infancia del padre José, a Casarsa della delizia llegaban desde muy lejos unas cartas apasionantes que delataban la presencia de un mundo remoto, misterioso, pleno de espiritualidad. Las mandaba su hermano Luis, quien tras haber ingresado al seminario salesiano de Ivrea, fue enviado a Japón para hacer su noviciado. En el orbe entero arraigaba y florecía exultante la caridad cristiana.
--Era algo sorprendente, rarísimo. Cientos de adolescentes y jóvenes se sumaban a las filas salesianas. A muchos los mandaban a Oriente, a la India, a Tailandia. A América.
"Mi hermano prácticamente se quedó para siempre en el Japón. Aprendió el idioma, colaboró en una de las principales traducciones de la Biblia a ese idioma y llegó a ser profesor de la universidad de los jesuitas en Tokio.
"Mi hermano Juan, también salesiano, fue director de las catacumbas de San Calixto, en Roma, durante seis años.
"A otro hermano lo mandaron a la India, donde contribuyó al conocimiento y la difusión de la lengua asamés. Murió allá, en un accidente.
"Las cartas en las que Luis nos describía sus experiencias, primero en Ivrea y luego en el Japón, despertaban en mí una incitante curiosidad, me impactaban.
"Cuando ingresé en el aspirantado salesiano, aún no tenía una vocación religiosa definida. Fui porque me gustaba ese ambiente, la camaradería, la espiritualidad compartida, la aventura de la vida cristiana que relataba mi hermano.
"A los 15 años me asignaron el mismo destino que a él: Japón. Por fin iba a conocer aquel mundo distinto y misterioso. Pero, cuando estaba a punto de viajar, estalló la segunda guerra y no pude partir. Me quedé para vivir momentos de angustia.
"Me encontraba en Roma, el 19 de julio de 1943, cuando la ciudad, sin tener unidades militares, fue bombardeada por la aviación de los aliados. Los estallidos hacían temblar la tierra. Nos refugiábamos en las partes bajas de los edificios.
"Cuando los aviones se alejaron, dejando atrás un mar de sufrimiento y lágrimas, el propio Papa Pío XII salió a recorrer las calles para auxiliar y consolar a las víctimas. Un hecho inédito en la historia de la Iglesia".
(Sorprende contemplar hoy la imagen fotográfica del Papa en la calle, con sus brazos angustiadamente abiertos en cruz, en actitud similar a la de los conmovedores protagonistas de los Fusilamientos de Goya).
"Después nos mandaron al Piamonte, a 60 kilómetros de Turín, y vimos otra vez cómo el cielo parecía llenarse de luces y fuegos artificiales cuando bombardearon esa ciudad.
"Casi sobre el final de la guerra --ya en retirada--llegaron tropas alemanas que nos trataron con mucha corrección. Incluso los mismos oficiales organizaron una misa. Se preocupaban por nuestra situación y trataban de ayudarnos".
Días felices y una noche triste
Terminada la guerra y tras completar la primera etapa de su formación en Italia, el padre José, a sus 24 años, recibió del Vicario del Rector Mayor una propuesta para viajar a la Patagonia. Sabía que en esa región imperaba el frío. Y el frío no era uno de sus mejores aliados. Sin embargo lo convencieron ("es un frío seco", le aclararon) y en 1948 subió al "Jerusalén", veterano trotador de los mares que iba a realizar su última travesía oceánica rumbo a la Argentina.
En Buenos Aires le indicaron su destino religioso: el borde de la Patagonia. Para los europeos, casi un penumbroso fin del mundo alumbrado por el faro salesiano. Con otro sacerdote esloveno y otro clérigo italiano, se dirigieron a Fortín Mercedes. Allí los estaba esperando el director salesiano, el generoso padre Pedro Telmo Ortiz y su comunidad.
Fue una fiesta desde el principio. Cuando los viajeros ingresaron por la avenida que conduce al templo de María Auxiliadora, fueron sorprendidos por un arrebatador vuelo de campanas lanzadas a los cuatro vientos que anunciaban y festejaban su feliz arribo.
El nuevo hogar junto a las fertilizantes aguas del Colorado le deparó al padre Del Col una grata etapa de docencia y estudio, a la que sucedió su traslado a Córdoba para completar, durante cuatro años, su formación teológica. En 1952 fue ordenado sacerdote. Luego pasó a Viedma donde junto al padre Gaudencio Manachino y al futuro obispo de Neuquén, monseñor Jaime De Nevares, vivió experiencias enriquecedoras.
Hasta que un día llegó a Viedma la demanda del padre Osvaldo Francella, que impulsaba titánicamente en Bahía Blanca su monumental obra: el Instituto Juan XXIII, y necesitaba un profesor de Latín y Pedagogía. Se lo requirió al inspector provincial de la Patagonia Norte, quien designó al padre Del Col.
A partir de ese momento Bahía Blanca se constituyó en su definitivo horizonte. El padre Del Col se incorporó al Instituto para dar clases de Latín, Griego, Pedagogía, Historia de la Educación, Lógica Clásica y la igualmente recién llegada Lógica Simbólica.
* * *
Un conjunto de destacados educadores salesianos marchaba al frente de aquel emprendimiento cultural, cuando un episodio trágico ensangrentó y opacó el victorioso esfuerzo. Fue para el padre Del Col su noche triste, la noche oscura del alma que nadie podía haber imaginado ni presentido jamás. Año 1975. La cotización de la vida había alcanzado en aquellos días sus índices más bajos. Y la sangre humana no valía casi nada. El miedo, patrimonio de todos, cundía en las moradas, en las calles y, sobre todo, en los espíritus.
(Teníamos nuestro domicilio en la casa que daba a la calle Gorriti. Las ventanas carecían de rejas. No había motivos para adoptar medidas de seguridad. Sin embargo, alguien promovió el infundio de que el Juan XXIII albergaba ideólogos de la subversión. Algo completamente absurdo. En las habitaciones con ventana a la calle dormían el padre Dorñak y el padre Benito Santecchia, quien al escuchar ruidos sospechosos despertó al padre Dorñak y se dirigió a la parte superior del edificio, donde descansábamos los demás sacerdotes.
El padre Dorñak permanecía abajo, mientras en la calle resonaban golpes y gritos. Estaban violando la ventana. Cuando bajamos ya no había nadie. Solo permanecía el padre Dorñak tendido, inmóvil, en el suelo. Prácticamente lo habían fusilado. No podíamos creer lo que estábamos viendo. En pocos segundos, el sueño del descanso se había convertido en una pesadilla.
Se supone que fue un grupo de la Triple A. En esa habitación había un pequeño mimeógrafo, destinado a actividades escolares, donde los agresores colocaron folletos de los montoneros para involucrarnos con ese grupo. Y antes de irse intentaron incendiar el edificio, pero gracias al llamado de una mujer que vio salir humo, llegaron los bomberos y evitaron que la tragedia fuera mayor. La ciudad entera no salía del asombro.
Nos sentíamos desconcertados. No sabíamos cómo había podido ocurrir aquello. Nuestros superiores, para protegernos, decidieron renovar el equipo. Por razones de seguridad todos los sacerdotes, menos yo, fueron trasladados.
Desde entonces y hasta hoy, quedé solo al frente del Instituto, al que sumamos muy buenos equipos de colaboradores y docentes laicos. Siempre poniendo en práctica el método educativo de Don Bosco, que se denomina sistema preventivo y que consiste en educar para el bien como único medio de evitar el mal).
Ahora, con el padre Del Col nos asomamos por otra ventana, la abrimos suavemente y contemplamos los días y los acontecimientos --más bien las almas-- que se despliegan ante nuestra mirada. Cambiaron muchas cosas. La luminosa gesta salesiana no pudo menos que sufrir la incertidumbre de un tiempo de tinieblas espirituales y de eclipses inesperados. Ya no existen las decenas y centenas de jóvenes que se sumaban fervorosamente a las solidarias huestes cristianas para ayudar al prójimo y amarlo como a sí mismo. Las vocaciones fueron sucumbiendo, precipitándose poco a poco en la indiferencia. Al menos en nuestro Occidente.
--En Africa, en la India, en Tailandia, en Corea del sur --acota el padre Del Col--, las vocaciones no solo se mantienen sino que crecieron en forma sorprendente. Pero en Europa y América decaen cada vez más. El consumismo, el confort, el influjo de los medios de comunicación dedicados a promover el placer, el éxito, la figuración, han dado frutos amargos. Faltan modelos adultos...
"A pesar de todo, tenemos todavía una juventud sana, solidaria, que trabaja en lugares carenciados. Pero muchos jóvenes se vuelven escépticos al sentirse defraudados por las dirigencias".
Al cabo de los minutos, como si la mirada ahora tornara hacia atrás, para contemplar la estela de su vida, el padre Del Col dice:
--Si pudiera hablarle a Jesús le haría la misma pregunta que según un artículo periodistico de un vaticanista le hiciera el cardenal Carlos María Martini, quien fuera arzobispo de Milán. Le diría: "¿Me vas a recibir? ¿Me abrirás las puertas de tu morada, a pesar de mis debilidades y mis flaquezas?".
Lejos de caer en pecado de soberbia, nos parece escuchar la alta respuesta. Afirmativa y fraternal.
* * *
El padre Del Col, a los 83 años, continúa con su entrega total e irrenunciable al frente del Juan XXIII. Su pasión educativa cristiana no solo se refleja en la conducción del Instituto, sino en la producción de obras de profundo contenido cultural y pedagógico, que acaban de alcanzar la máxima expresión en su flamante Diccionario auxiliar español-latino para el uso moderno del latín, de 1.130 páginas.
Ahora comparte la comida y el descanso con los sacerdotes del colegio Don Bosco, donde tiene su residencia. Regresó en más de una oportunidad a su pueblo natal, Casarsa della delizia, al que encontró completamente cambiado, pero siempre bellísimo. Hoy es una ciudad. Su hermano Luis, el de las impactantes cartas, pasó hace veinte años por Bahía Blanca para visitarlo y reencontrarse una vez más con él. Luisa, su hermana --la que se acercó a su cama de niño para despedirse con un beso-- al no poder concretar su sueño de viajar como misionera al Africa, se consagró, en especial, a la ardua y maternal tarea de cuidar discapacitados en un hospitalde Ariccia, cerca de Roma. Murió el año pasado.
Cuenta la leyenda santa que cuando doña Angelina, la madre ejemplar, abandonó Casarsa della delizia para alcanzar el cielo, San Juan Bosco, que la estaba esperando, le dijo: "Gracias por los hijos que nos diste".