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Anna Magnani, la centenaria "mamma" del neorrealismo

Indomable y visceral, Anna Magnani, la "mamma" por excelencia del neorrealismo en particular y del cine italiano en general, cumpliría mañana un siglo de una vida que, interrumpida en 1973 por un cáncer de páncreas, dejó clásicos perennes como Bellissima o Roma, ciudad abierta. Anna Magnani fue la primera actriz italiana en ganar un Oscar, pero sobre todo la imagen de un país cuyas historias se despojaban violentamente del glamour y se embadurnaban del polvo de las calles de su ciudad, Roma.

 Indomable y visceral, Anna Magnani, la "mamma" por excelencia del neorrealismo en particular y del cine italiano en general, cumpliría mañana un siglo de una vida que, interrumpida en 1973 por un cáncer de páncreas, dejó clásicos perennes como Bellissima o Roma, ciudad abierta.


 Anna Magnani fue la primera actriz italiana en ganar un Oscar, pero sobre todo la imagen de un país cuyas historias se despojaban violentamente del glamour y se embadurnaban del polvo de las calles de su ciudad, Roma.


 Era el inicio del neorrealismo, un nuevo lenguaje que revolucionó el cine mundial por su crudeza, que captaba una realidad sin aditivos y del que Magnani, al protagonizar una de las muertes más sobrecogedoras de la Historia del cine en Roma, ciudad abierta (1945), se convirtió en matriarca.


 Su rostro, de una expresividad arrolladora gracias a unos enormes ojos negros, se especializó en transmitir un sufrimiento que podía transigir consigo misma, pero no verlo reproducido en su camada.


 Posesiva, inestable y con un carácter tan agitado como su melena, nació en Roma un 7 de marzo de 1908 sin padre reconocido. Ella, en cambio, siempre defendió su procedencia de Alejandría (Egipto), adonde había huido su madre.


 Su desamparo como hija y su desesperación como madre de un único hijo, inválido por la poliomielitis, parecían resurgir en cada una de sus interpretaciones dramáticas y durante su gestación perdió la oportunidad de protagonizar Obsesión (1943), de Visconti.


 La actriz tendría que esperar a Rossellini, que con Roma, ciudad abierta descubrió su enorme potencial, la convirtió en su musa también en L'amore (1948) y le devolvió la ilusión sentimental, truncada por Ingrid Bergman y el romance que escandalizó al puritano Hollywood durante el rodaje de Stromboli (1949).


 Magnani, enfurecida --se dice que, en el colmo de la "italianidad", lanzó un plato de spaghetti al cineasta--, respondió con una mala copia del filme en Vulcano (1950), de William Dieterle, y se convirtió en una escéptica del amor.


 "Las mujeres como yo se unen sólo a hombres con una personalidad superior a la suya y yo no he encontrado nunca a un hombre con una personalidad capaz de minimizar la mía", afirmaría.

Con los grandes




 Visconti, todavía ajeno a la fascinación de la decadencia aristocrática, volvió a llamarla para Bellissima (1951), un papel que Pedro Almodóvar homenajeó en Volver (2006) y en el que mostró un registro más conciso pero igualmente desgarrador.


 El director de El Gatopardo (1963) contó con ella en su nuevo proyecto, La carrosa de oro (1953) --que finalmente dirigiría Jean Renoir--, y convirtió definitivamente a la actriz, pese a su belleza heterodoxa, en el objetivo de Hollywood o, más bien, en el capricho personal de Tennessee Williams.


 "Nunca había visto una mujer más bella, con unos ojos enormes y con piel de porcelana", explicaría el dramaturgo estadounidense, que escribió su nuevo drama pensando en ella y, siempre bajo los yugos de la represión sexual, lo ambientó en una comunidad italiana en Estados Unidos.


 La rosa tatuada (1955), sin embargo, no fue interpretada en Broadway por Magnani por problemas con el inglés, pero sí su versión cinematográfica, tras las clases que le dio el propio Williams durante su travesía por mar hasta Los Angeles. Hollywood la bendijo con un Oscar a la mejor actriz.


 Volvió a optar al premio por Salvaje es el viento (1955), de George Cukor --Oso de Plata a la mejor actriz en el Festival de Berlín--, y con Piel de serpiente (1959), de Sidney Lumet, cerró su trilogía angloparlante, con un nuevo texto de Tennessee Williams, esta vez con Marlon Brando y Joanne Woodward como compañeros.


 Su regreso a Italia aún aportaría uno de sus grandes éxitos de crítica y público, Mamma Roma (1962) que, dirigida por Pasolini, remató su potencial de ícono gay apuntado por Visconti y Williams y, en la escena final, forjó su estampa como una suburbial "pietà" de Miguel Angel.


 Tras este papel, se refugió más en el teatro y en la televisión y ya en los setenta, consumida por el cáncer, Fellini la consideró imprescindible para redondear el abigarrado tapiz de su ciudad en Roma (1972), permitiéndole despedirse del cine interpretándose a sí misma. Un año después, el 26 de septiembre de 1973, la capital más ruidosa de Europa quedó muda. La Magnani había fallecido.