La epopeya que salvó a la ciudad ahora sufre el peor de los olvidos
Bahía Blanca, comienzos del siglo XX. Unos 60 mil bahienses mendigan un litro de agua potable. Están sometidos al peligro de mortales enfermedades y las canillas resultan elementos desconocidos.
Bahía Blanca, comienzos del siglo XXI. Casi 330 mil bahienses consumen 220.000 m3 diarios de agua potable. La mayoría la usa como bebida y aseo personal, muchos otros para lavar automóviles y veredas, para regar jardines y calles de tierra, para llenar piletas, para...
Esta asombrosa mejora en la calidad de vida, no siempre dimensionada en tiempos de abundancia, comenzó a ser realidad el 16 de octubre de 1908, con la inauguración del servicio de agua corriente en la ciudad.
Sin embargo, a cien años de esa epopeya, la fecha pasó inadvertida para las autoridades oficiales e incluso para los directivos de la misma empresa prestataria.
Nada ni nadie se encargó de recordar el pasado jueves la trascendencia que hoy significa contar con un servicio de este tipo, sobre todo cuando las características hidrográficas de nuestra región y su régimen de precipitaciones hacen del agua un bien escaso.
Recordar las penurias sufridas por los bahienses un siglo atrás hubiera significado un buen paso para crear conciencia acerca de un recurso que, dentro de 100 años, y sin un uso racional, seguramente volverá a ser insuficiente.
Bahía Blanca sedienta.
Los fundadores de la ciudad no fueron ajenos a la tendencia de establecer asentamientos humanos en las proximidades de fuentes de agua pura y abundante.
Pensaron que este era el lugar más apropiado por su cercanía al mar y su vecindad con un arroyo de caudal suficiente para el desenvolvimiento de la futura ciudad.
Sin embargo, el tiempo mostraría que, al menos en parte, estaban equivocados, sobre todo porque los requerimientos de agua sana en abundancia jamás pudieron ser satisfechos.
El arroyo Napostá era mayormente empleado para el riego de quintas, aunque existieron aguateros que conducían el agua en pipas para luego venderlas en las casas más necesitadas.
Los pozos tenían aguas poco aptas por su sabor amargo y salado y tendían a contaminarse con filtraciones llenas de gérmenes patógenos provenientes de los desechos humanos y desperdicios.
Otra de las formas primitivas para lograr satisfacer el consumo fue la utilización de aljibes, pero tampoco constituyeron una solución duradera. Las casas, al ser de reducidas dimensiones, tenían una superficie techada pequeña y, por ende, poca capacidad para recoger suficiente cantidad de agua de lluvia.
En 1884, cuando las líneas férreas unieron Bahía Blanca con el resto del país, el incremento poblacional se acentuó rápidamente y la necesidad del líquido vital alcanzó ribetes desesperantes, sobre todo por la presentación de epidemias como la fiebre tifoidea que diezmaron a la comunidad.
"La enfermedad se propagaba rápidamente por el agua contaminada, pues la única destinada al consumo humano era la de lluvia, que se recogía en aljibes y en tiempos de sequía los depósitos se agotaban", señaló Don Arturo Coleman en su libro Mi vida de ferroviario inglés en la Argentina.
Ciudad peligrosa.
A principios del siglo pasado, Bahía Blanca era conocida en el país como una ciudad peligrosa por las enfermedades infecto-contagiosas reinantes.
"Esta circunstancia prevenía a los de afuera y llenaba de angustia a los que llegaban y vivían en ella", señaló el 6 de julio de 1922 el higienista doctor Angel Brian, durante una conferencia pronunciada en el cine Odeón.
La inauguración del servicio de agua corriente no fue cuestión de días o meses. Durante muchos años se sucedieron no pocos intentos hasta que en 1905 las empresas ferroviarias del Pacífico y del Sur, a instancias de William Harding Green, decidieron tomar cartas en el asunto, asociándose para encarar las obras de provisión necesarias. Así fue como surgió la empresa "The Bahía Blanca Waterworks Company Limited".
Por entonces una prolongada sequía puso a la población al borde del desastre.
"Hemos presenciado varios casos en que la súplica de unos cuantos litros de agua obtiene la negativa más desesperante. Ayer se presenta una pobre mujer rogando se le permitiera extraer del aljibe unos cinco litros y el propietario se los negó rotundamente. En otras partes ya no se pide de favor, se ofrece comprar el litro de agua y ni aún así se le consigue", sostuvo un diario de la época.
El proyecto de la flamante compañía consistió en captar las aguas del río Sauce Grande mediante una boca-toma ubicada en un punto intermedio entre el actual dique Paso de las Piedras y Saldungaray.
Desde allí partía un acueducto de 457 milímetros de diámetro y 67 kilómetros de longitud hacia la planta potabilizadora de Grünbein (aún en funciones), con una capacidad máxima de transporte de 7.500 m3 diarios destinados a las poblaciones de Bahía Blanca y Punta Alta. Al mismo tiempo se emplearon 22 mil tubos para ejecutar la red domiciliaria.
El momento más esperado se produjo el 16 de octubre de 1908, cuando el líquido proveniente del río Sauce Grande comenzó a llegar a la ciudad, poniendo fin a uno de los períodos más oscuros de nuestra historia.
Presente y futuro.
Si bien en la actualidad casi todos los hogares bahienses cuentan con agua corriente, durante la temporada estival el servicio presenta falencias, pese a que el volumen retenido por el dique Paso de las Piedras alcanza para cubrir una población de 700 mil habitantes.
La existencia de un único acueducto entre el embalse y la ciudad hace que la capacidad de traer agua a Bahía Blanca sea insuficiente, al tiempo que aún se requiere reforzar con nuevos módulos de potabilización la planta Patagonia.
Incluso las cisternas de Patagonia y Grünbein apenas suman una capacidad de almacenaje de 120 mil metros cúbicos, es decir, una reserva que solamente alcanzaría para medio día.
En caso de romperse el acueducto existente, la población volvería a padecer penurias ya que hace 25 años, por un problema de este tipo, Bahía Blanca estuvo 48 horas sin agua. Todo esto torna imprescindible la ejecución de una segunda cañería.
El futuro.
Mirando hacia el mañana, todo hace prever que de acá a 100 años la población requerirá el aprovechamiento de todas las fuentes de provisión disponibles, no sólo el río Sauce Grande, sino también los ríos Colorado y Sauce Chico, los surgentes y el arroyo Napostá.
Con un consumo de 500 litros diarios por habitante, quizás hoy estemos en pleno período de bonanza: a 100 años de las penurias del 1900 y a un siglo de la sed del 2100. El tiempo, una vez más, dará la respuesta...
Algunas fechas clave
Los surgentes. El 12 de enero de 1912 un pozo perforado en Argerich, a una profundidad de 711,20 metros lanzaba al aire violentamente un chorro de agua. Se estimó que el caudal era de unos 25 millones de litros diarios.
Posteriormente al descubrimiento de la cuenca subterránea fueron perforados en la zona de Bahía Blanca más de 40 pozos, tanto por organismos estatales como por firmas privadas.
A la Nación. El 17 de febrero de 1947 el gobierno nacional dispone la nacionalización de los ferrocarriles, pasando a revistar por esta causa las aguas corrientes en la esfera de la administración nacional, en virtud de que es subsidiaria de la ex compañía Ferrocarril Sud.
A la Provincia. El 17 de mayo de 1957 el gobierno de la Provincia acepta el servicio cedido por la Nación.
Paso de las Piedras. El 18 de diciembre de 1978 se da por concluida la construcción del dique Paso de las Piedras.
Azurix. En julio de 1999 la Provincia concesiona el servicio en territorio bonaerense a la empresa Azurix, que había ofertado 438 millones de dólares, casi el triple que sus competidoras.
Regreso a la Provincia. El 19 de marzo de 2002 el Estado provincial vuelve a hacerse cargo del servicio a través de Aguas Bonaerenses S.A. (ABSA). Durante el manejo de Azurix, Bahía Blanca sufrió una terrible crisis debido a la proliferación de algas en el dique Paso de las Piedras, las cuales le confirieron al agua mal color y sabor.
Aún falta un homenaje al río Sauce Grande
Hugo Carmelo Di Carlo (*)
Solemos decir: "tan simple como tomar un vaso de agua". Pero en mis más de 45 años al servicio de las aguas corrientes de Bahía Blanca fui tomando conciencia del vital valor del agua potable y, particularmente, el reconocimeinto de que al recoger el líquido de sus fuentes naturales, conducirla al establecimiento de potabilización, purificarla y finalmente proveerla a todos los habitantes de un área urbana es empresa no sólo ardua, sino costosa, sin otra especulación que el bien comunitario.
Ahora, al cumplirse el centenario de tan magno acontecimiento, permítaseme reiterar y destacar que en esa epopeya hay sin lugar a dudas y habrá, hasta que se disponga de otros recursos, que reconocer las bondades de nuestro invalorable río Sauce Grande, que durante 100 años, ininterrumpidamente, nos benefició a los bahienses y puntaltenses con sus preciadas aguas de primerísima calidad, brindándonos salud, que es decir vida. Además de coadyuvar al progreso de las industrias y comercios de ambas ciudades.
Modestamente, estimo que muy pocos aprecian lo que significa la existencia de esa valiosa fuente de provisión. Hoy, en el centenario, los bahienses deberíamos homenajear al río Sauce Grande con la colocación de su nombre en algún lugar o paseo público.
* Ex empleado de Aguas Corrientes y Obras Sanitarias de Buenos Aires (OSBA) entre los años 1947 y 1992. Ha sido autor de varios trabajos de recopilación histórica sobre el servicio en Bahía Blanca.