Ruidos que nos golpean con dureza
El hombre moderno no sólo padece el vértigo. También vive inmerso en el ruido.
"El caracol del oído humano está diseñado para los sonidos graves, los de la naturaleza; fue el ser humano quien propició la llegada de los sonidos agudos y, a partir de la Revolución Industrial, las hipoacusias inducidas vienen aumentando vertiginosamente", dice el doctor Pedro Puricelli, docente adscripto de Otorrinolaringología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
El riesgo de hipoacusia inducida (una pérdida de capacidad auditiva bilateral e irreversible) está relacionada con el nivel sonoro constante, el tiempo de exposición y la susceptibilidad individual; sin protectores auditivos.
"Un nivel por encima de los 85 decibeles ya es dañino y puede llevar a la pérdida de la audición", sostiene Puricelli, quien disertó en la Jornada de Actualización en Medicina del Trabajo realizada por la Sociedad Argentina de Medicina del Trabajo y la División Otorrinolaringología del Clínicas.
En industrias como la textil, la del papel y la automotriz, donde se emiten ruidos fuertes y constantes, todos los operarios deben ser sometidos a una audiometría preocupacional y a mediciones repetidas periódicamente.
"Para que la medición sea correcta, la ley fija que debe ser hecha en tres semanas consecutivas, el mismo día, a la misma hora, con el mismo aparato y el mismo profesional. Así se evitan las variaciones subjetivas y objetivas", afirma el entrevistado.
Remarca que el abuso de los walkman y el sonido excesivamente alto en los boliches se suman como causas de hipoacusia inducida, aún antes del inicio de la etapa laboral.
Lo lamentable es que muchas veces, una persona recién se da cuenta de que está perdiendo la audición cuando pierde la frecuencia de 2.000 Hz.
Normalmente, la zona de la palabra hablada está entre los 500 y los 3.500 Hz.
Cuando la persona empieza con los "qué" y pide que le repitan una frase, ya está sufriendo la hipoacusia. De ahí en más, hay que instrumentar medidas para no afectar más su audición.
Profesiones de riesgo
Hay medidas posibles de prevención, desde la aislación en las paredes del edificio hasta la provisión de la vestimenta apropiada.
Sin embargo, admite el propio especialista, es cara y cuando no hay controles, se evita el gasto y, si el operario no está informado de los riesgos, tampoco la demanda.
Hay empresas que cumplen con los requisitos de protección y vigilan que el personal los use.
"Hay que instrumentar el uso de protectores adaptados a cada situación", afirma Puricelli.
Al respecto, recuerda que hay modelos intra-auriculares, están los de copa (cascos) y los de cuerpo entero.
Estos últimos son los indicados para los ambientes donde, además de sonidos fuertes, hay vibraciones.
También los sonidos de alta frecuencia o ultrasonidos causan daño, ya que pueden llegar a cualquier escala, por ejemplo, a 50.000 Hz, aunque el oído detecta hasta 20.000 Hz.
Para ver si hay lesiones, se utiliza la audiometría de alta frecuencia, que puede detectar si alguien ha recibido un impacto sonoro por encima de los 8.000 Hz, que es el límite que puede leer una audiometría convencional.
"Entonces puede llegar a verificarse una hipoacusia inducida por la transmisión directa de la vibración por vía de los huesos que llega hasta el oído interno", manifiesta Puricelli.
Otro gremio muy expuesto es el que utiliza el martillo neumático.
Tiene que usar silenciador, guantes y zapatos protectores de vibraciones, aclara el especialista.
Asegura que la vibración está en su máxima expresión en los aeropuertos.
"La persona que está delante del avión en la pista, haciéndole las señales al piloto, no debería operar sin una protección de cuerpo entero", advierte.
Susceptibilidad a la aceleración
También están expuestos a la pérdida progresiva de la audición las personas que hacen trabajos en altura o en profundidad.
Por ejemplo, obreros, pintores, colocadores de mamparas, personal de limpieza y de subterráneos, aviadores, helicopteristas y buzos tácticos.
Muchas veces sufren sindromes vertiginosos.
"El problema es que la ley de riesgos de trabajo no define la cifra de la altura y, además, está la diferencia que existe entre la altura y la altitud, porque no es lo mismo una altura de 10 metros en Buenos Aires que en La Quiaca", afirma Puricelli.
No obstante, cuando se habla de altura o de trabajo bajo tierra, se consideran como mínimo tres metros para arriba o para abajo.
Comúnmente, estos trabajadores, que preventivamente deben fijarse a un sistema de arneses, están sometidos a una alteración del sistema del equilibrio.
Como son pasibles de una oscilación constante, pueden desarrollar una hipoacusia asociada.
También pueden padecer sindromes cocliovestibulares de altura y de profundidad.
Estas se manifiestan a través de una sensación de giro, náuseas y vómitos.
El paciente puede sentir que el oído se le tapa.
"Lógicamente, ante ese cuadro, el primer consejo es bajarlo y que deje de hacer ese trabajo", afirma Puricelli.
El entrevistado opina que preventivamente, a esas personas habría que hacerles una electronistalmografía y un examen vestibular completo para ver cuál es la susceptibilidad a la aceleración o detectar algún daño anterior.
"Hay que ver si es una persona apta para el trabajo en altura o en profundidad", acota.
Tanto la gente que trabaja en altura, como la que vive en un piso muy alto está expuesta a la aceleración del movimiento.
Existe una patología vulgarmente llamada mal del movimiento (sinestosis), que padece 1 de cada 52 personas.
Es gente que tiene un umbral de la sensibilidad más bajo que lo normal.
Se verifica en esos chicos que en los viajes largos tienen náuseas o vómitos o en los adultos que también los sufren en la montaña rusa.
No obstante, reconoce que también es cierto que hay personas que, sometidas a las aceleraciones, se acostumbran.