Bahía Blanca | Viernes, 29 de agosto

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¡Los ocho grandes ocho!

Para las celebraciones del Rey Momo el amigo Pepe Recuerdos reservó la evocación de un personaje quijotesco. El polifacético, bohemio, noctámbulo, pícaro y emprendedor por antonomasia Raúl Romolini, a su manera se esforzó para que el acontecer cultural puntaltense trascendiera los límites de una vida pueblerina y gestara una identidad.
Raúl Romolini. (Archivo Histórico Municipal)


 Para las celebraciones del Rey Momo el amigo Pepe Recuerdos reservó la evocación de un personaje quijotesco. El polifacético, bohemio, noctámbulo, pícaro y emprendedor por antonomasia Raúl Romolini, a su manera se esforzó para que el acontecer cultural puntaltense trascendiera los límites de una vida pueblerina y gestara una identidad.


 El italiano Edelmiro Romolini y su compañera argentina Luisa Germán habían dejado Pigüé, donde Raúl había nacido el 2 de mayo de 1922, atraídos por una actividad ferroviaria que les fue esquiva y los empujó al comercio, primero en Bahía Blanca y finalmente en Punta Alta, en la primera cuadra de Irigoyen.


 Con la familia Calvo --referentes históricos de la heladería local-- aprendieron el oficio que los llevó a instalar en 1937 uno de los más famosos y tradicionales locales comerciales: la Confitería Romolini. En Brown e Irigoyen. Inolvidable por sus postres, golosinas y helados. Hasta los micros de larga distancia, cuando no existía una terminal de ómnibus, paraban en su frente para comodidad de los pasajeros.


 Dos años más tarde, y en un solar lindero a la confitería, instalaron un centro de esparcimiento familiar hoy recordado con nostalgia, el "Recreo El Once", un patio al aire libre donde se organizaban bailes populares, festivales y concursos de cantantes aficionados.


 Desde 1941 los niños disfrutaron allí de las dos primeras calesitas, la mayor de las cuales, especialmente traída de Buenos Aires por los empresarios Raúl y Mario Romolini, y como alarde tecnológico de la época, funcionaba con un motor de cilindros. También había una rueda de autitos, dos carritos y cuatro ponys, y otra heladería, Il Sorpasso, nombre inspirado en un clásico del cine italiano, Vittorio Gassman, nada menos.


 En 1955 la Armada Nacional cedió al municipio rosaleño una franja de costa lindante al paraje Arroyo Pareja para usar como balneario municipal. Con la concesión otorgada, y renovada varias veces, comenzaron a trabajar arduamente.


 En primer lugar limpiaron la playa propiamente dicha, plagada de piedras como consecuencia de la rotura del espigón del entonces inactivo puerto comercial. Limpiaron los terrenos aledaños para vehículos y turistas, forestaron la zona que hoy es el camping, y fundaron, de su propio bolsillo, la escollera, actual patrimonio municipal. No pudieron, empero, plasmar en la realidad el sueño de construir una pileta de natación gigante para goce de los bañistas cuando se retira la marea.


 Muchos recuerdan la original cantina armada en unos vagones del ferrocarril abandonados, que eran aprovisionados desde Ingeniero White en una ajetreada camioneta, con los pulpos, calamares y todo el arsenal de mariscos que devendrían en suculentas paellas y cazuelas. Luego, las orquestas iniciaban el baile. También recuerdan el colectivo-heladería. Sobreviven, cual mojones históricos, las boyas compradas en un remate de rezagos.


 Tras la separación comercial de los hermanos, Raúl, y sus hijos María Luisa, Raúl Carlos y Gustavo, se radicaron en la playa durante un cuarto de siglo. Construyeron otra cantina, que funcionaba los doce meses del año, y bregaron por la extensión de líneas telefónicas y de transporte de pasajeros a ese sector.


 Al dejar ese querido lugar decayó anímica y físicamente, y con tristeza en el alma, se fue a entretener a los ángeles el 28 de abril de 1981.


 Legó, como sello indiscutible de su personalidad, un riquísimo anecdotario, como la invención de los carlitos, aquellos antecesores de las fast-food compactados y cocidos en una cocina Bianchi. O la Boa-Boa de Alem, aquella lujosaboite, como se denominaba entonces a los boliches bailables.


 O aquel pintoresco carrito- cantina que recorría la Base Naval con minutas y refrescos para solaz de civiles y marineros. O el imponente "batimóvil" verde, fileteado al por mayor, a bordo del cual y con megáfono en mano, publicitaba los productos de su casa de compra y venta.


 Pero a la memoria popular se la ganó con el slogan escuchado invariablemente en cada febrero carnestolendo de aquellos efervescentes años 60, ¡Los ocho grandes ocho!, octeto ni más ni menos, con que anunciaba a viva voz los bailes de carnaval en el Club Altense.


 Fue precisamente allí que organizó, junto a otros laderos como "Chiche" Fulgenzi y Armando Palotti --el autor de la zambita La Rosaleña-- aquella fiesta internacional en la cual, además de las murgas de pito y matraca y una comparsa entrerriana, desfiló el cuerpo de bailarines negros "Os cararrotos de samba", un disparatado remedo del famoso grupo brasileño "Os garotos de Samba".


 Debe de ser el único noctámbulo de la historia rosaleña cuyo nombre entroniza una improvisada calle. Se trata del corsódromo Raúl Romolini de la Fisna, cuyo abandono y pastizales no desmejoran el grato recuerdo de Pepe Recuerdos.

Sergio Soler