Un asesinato en Caseros
En octubre de 1812, nacía, entre otros niños y niñas, en Buenos Aires, el que sería, cuarenta años después, uno de los asesinados en la batalla de Caseros.
Guardemos su nombre, momentáneamente, para revelarlo unas líneas más abajo, con el objeto de ubicarnos primero en los tiempos históricos que rodearon esos momentos cruciales de la vida humana: las primeras horas de vida.
Pocos días antes, San Martín, secundado por Alvear, con el flamante cuerpo de granaderos, se había hecho presente en la Plaza Mayor, y, desplegando esa fuerza en dispositivo de combate, producía la caída del Primer Triunvirato y de su mentor ideológico, Bernardino Rivadavia.
Nuestro pequeño personaje de ese momento era absolutamente ajeno a los avatares de los acontecimientos políticos, y así seguiría por algunos años, los convulsionados años de la gestión por la Independencia, las luchas en las batallas libertadoras en el norte o allende los Andes, la batalla de Cepeda y la definición federal de la Nación asentada en el Pacto del Pilar, la tensión y lucha subsiguientes entre federales y unitarios, la "presidencia" de Rivadavia, la guerra con Brasil, la paz vergonzosa de Manuel García, el gobierno de Manuel Dorrego y su indigno fusilamiento.
Precisamente, más allá de sus doce o trece años, quizás antes (1824 o 1825), el giro de los acontecimientos fue entrando en su conciencia y probablemente haya tomado partido por alguna de las definiciones políticas dominantes. No lo sabemos. No hay documentación que conozcamos que nos permita encuadrarlo. De lo que estamos seguros es de que los acontecimientos que vivía la sociedad que integraba no le fueron indiferentes, y bajo la sensibilidad e inteligencia que demostraron otros aspectos de su vida y el ambiente profesional que lo rodeó, no pudo ser otra cosa que un patriota, capaz de exponerse por su convicción.
En 1828, ingresa en el colegio de San Carlos, donde, con notas de bueno a sobresaliente, egresa con el grado de bachiller, lo que le permite ingresar en el departamento médico de la Universidad, en 1832.
Con brillantes notas en las materias que cursa, se gradúa en medicina el día que cumple 26 años; es decir, el 30 de octubre de 1838.
Claudio Mamerto Cuenca es el nombre que nos hemos guardado más arriba para ahora mencionarlo, señalando que todo su conocimiento científico lo obtuvo en Buenos Aires; primero, como alumno en la universidad; luego, como profesor en ella, donde ingresa inmediatamente a su graduación.
Con su hermano Salustiano, que se gradúa poco tiempo después, se tornan ayudantes de Juan José Montes de Oca, profundizando sus conocimientos en anatomía, lo que permitió a estos dos hermanos abordar con eficiencia la cirugía.
Para completar el cuadro familiar que echa luz acerca del ambiente que gravitó sobre nuestro personaje, los Cuenca fueron cinco hermanos, cuatro varones y una mujer; los varones fueron todos médicos.
En 1843, Claudio Mamerto Cuenca asume la conducción de la cátedra de anatomía, en la que permanecerá hasta su alevosa muerte, ese 3 de febrero de 1852.
En 1844, el rector de la universidad, Dr. Paulino Gari, encomienda al catedrático Dr. Claudio Cuenca dirija la palabra en el acto de entrega del diploma a quien, en ese año, se graduaba, que fue el Dr. Guillermo Rawson.
Cuenca, en su discurso, dirá las siguientes palabras, reveladoras de su capacidad intelectual y de los nobles sentimientos que lo animaban, en general y sobre su discípulo:
"Dos coronas inmarcesibles se distribuyen hoy, Dr. Rawson; la que vuestro genio y erudición ha tejido para la universidad, y la de gloria y felicitaciones que ella os retorna a la faz de Buenos Aires, de sus talentos, de sus hombres distinguidos. Esta recompensa única, la primera que da un concursante de sus aulas, es un premio altamente honroso y extraordinario que tributa, no a la eminencia y claridad de vuestro talento, como tal vez pudiera creerse, sino a la feliz y oportuna aplicación de ese talento a las ciencias y a las artes. Porque Vos, Dr. Rawson, convendréis conmigo que el talento, por sí mismo, no es acreedor de premio. La universidad, pues, al dirigiros la palabra en el día solemne de vuestra instalación en el doctorado, al mismo tiempo que os acompaña en vuestra satisfacción y regocijo, os felicita alta y sinceramente por el honor que vuestro aprovechamiento la hace; felicita a vuestro padre, a Buenos Aires, a la República toda, por los días de triunfo y gloria que vuestro genio prepara". (*)
No es el tema que nos ocupa en este artículo, pero queda en evidencia por las figuras de profesores y alumnos, aunque de estos últimos hayamos mencionado sólo dos (Rawson y Cuenca), que lo dicho sobre la universidad en la época de Rosas dista mucho de esta realidad que aquí describimos.
No fue esta disminuida en su jerarquía, ni cerrada ni siquiera por un solo día. (**)
Según el autor Corbella, en 1845, el Dr. Cuenca es convocado para prestar servicio en auxilio médico de los heridos en la batalla de la Vuelta de Obligado, hecho que anticipa su ingreso al ejército en carácter de cirujano mayor, a principios de 1851, en remplazo del Dr. Ventura Bosch, otra eminencia, que fue uno de los primeros en aplicar cirugía con anestesia (éter), por el año 1847; entre otros, al propio gobernador Rosas, para extraerle un cálculo de la vejiga. Este relevo del gran médico cirujano lo llevará a estar en Caseros, en febrero de 1852.
Además de su destacado desempeño profesional, Claudio Cuenca fue poeta, y sus composiciones fueron de factura romántica, con influencia de Espronceda y de Byron, según Corbella, que, a la vez, incluye, en el mencionado libro, algunas de sus producciones.
También fue dramaturgo, habiendo producido dos piezas teatrales, una comedia, "Don Tadeo", y un drama, "Muza", temas también referidos por el autor del libro mencionado.
La muerte innecesaria
En el lugar de la batalla, existen un palomar y una casa, cuyo dueño, Diego Casero o Caseros, diera nombre al lugar. Detrás del palomar, ubicó el ejército que Rosas comandaba, próximo al cuartel general y sede del estado mayor de dicho ejército, un hospital de sangre, una especie de semicírculo formado por carretas, donde se atendió a los heridos en la batalla.
Sobre el final de aquella lucha, este reducto era el último baluarte que ofrecía resistencia, y fue atacado por la infantería "oriental" del general Cesar Díaz. Un batallón al mando del teniente coronel León Pallejas, sevillano que había llegado a Uruguay en 1840, y que, en 1843, después de la ofensiva de Oribe, que confinó a riveristas y unitarios en Montevideo, se integró como soldado de guardias nacionales.
Posteriores acontecimientos militares lo llevaran a ser reconocido oficial, por haberlo sido en su patria, donde integró el ejército carlista, para llevarlo al grado de teniente coronel y ponerlo al mando del batallón Voltígeros, al momento en que se forma la fuerza oriental que intervendrá en Caseros, y en la que participa a las órdenes del general Díaz.
Este oficial encabeza la carga que lleva el batallón contra el reducto, que sobrepasa y sobre el que se levanta la bandera blanca de rendición. El Dr. Cuenca, que está en plena tarea de salvar vidas, deja un momento su menester, para dirigirse a Pallejas, que se encuentra acompañado por un capitán, Tomás Larragoitía, para solicitarle por sus heridos,
Sin mediar palabra, Pallejas descarga su sable sobre el Dr. Cuenca, que cae herido, y, tras él, Larragoitía lo atraviesa con la espada. Sólo segundos entre una agresión y otra bastaron para terminar con la vida del joven médico.
El Dr. Claudio Mejía, que era su segundo, recogió el cadáver de su superior y un maletín que aquel había llevado a Caseros, donde se encontraban sus piezas poéticas (tal su afición por la poesía y quizás previendo la pérdida de dichos manuscritos, porque, en circunstancia anterior, en que aquellos habían quedado en casa de sus padres, su madre había quemado lo que allí había quedado, por temor que entre esos papeles hubieran manifestaciones políticas contrarias a los federales y a Rosas).
Hace notar Corbella, en su libro, "el silencio cómplice de algunos personajes que fueron actores en la toma del Palomar y que bien pudieron, por su autoridad o prestigio, lamentar públicamente la muerte de Cuenca, destacando el error cometido, y que, pudiéndolo hacer, no lo hicieron. El general Cesar Díaz, jefe de la división Oriental, no consigna el hecho en sus memorias. En esta división figuró Sarmiento como combatiente en el batallón Resistencia, acompañado de un ayudante y un asistente. No obstante, en el parte de batalla que hace en el boletín del ejército y en detallados comentarios posteriores, no hay mención de este episodio, que no pudo haber desconocido. El propio Urquiza, quien debió ser informado de muchos pormenores, debió también conocer el episodio".
Coincidimos con el autor (que fue manifiestamente antirrosista y que en el libro que mencionamos lo demuestra palmariamente).
Nuestro homenaje a un patriota que cumplía con el deber en momentos extremos, y un agradecimiento, si cabe, a Corbella, por desprenderse de sus ideas, para hacer honor a la verdad, aunque sólo haya sido parcialmente.
(*) Parte del discurso referido, inserto en el libro "El Mártir de Caseros", de Juan E. Corbella. Talleres Gráficos Salguero, Buenos Aires, 1957.
(**) Ver "La Universidad en la Epoca de Rosas", del profesor Jorge María Ramallo, Cuadernos del Ateneo Nº 3, Buenos Aires, 1954. (Se reeditará y, en este mes de febrero de 2005, la nueva edición se pondrá a disposición del público).
El Dr. Oscar Denovi es secretario general del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas y profesor de Historia Política Argentina en la Universidad Católica de La Plata.