El misterio helado
Con una expresión parafraseada del título del recordado libro Far Away and Long Ago, de Enrique Hudson, escritor británico --aunque entrañablemente argentino en el sentimiento--, iniciamos una serie evocativa de lugares y acontecimientos cotidianos que, en su conjunto, forman parte de la historia rosaleña.
Comenzaremos pues con el recuerdo de diversos emprendimientos comerciales que quedaron registrados en las retinas y en las memorias de tantos puntaltenses. Manos a la obra.
Calurosa y tórrida tarde estival de enero del 39 del siglo pasado. Frente al número 35 de Irigoyen estaciona uno de los pocos autos que circula a esa hora. En verdad, casi siempre se ven pocos autos. El conductor se baja, ingresa a una rotisería, y en uno de los anexos del local pide dos vasitos de pasta de crema rusa y chocolate.
Pide además dos docenas de sandwiches helados y, mientras Don Domingo los acondiciona con mucho hielo en una caja, que a su vez envuelve en muchas capas de papel de diario --porque deben llegar a Bahía Blanca--, el cliente se acerca a la ventanilla de su compañera y le ofrece el otro vasito.
Ya degustados ambos helados, satisfecha la sed, y abonada toda la compra, el auto parte raudo hacia la vecina ciudad, adonde esa noche cuatro comensales disfrutarán de un postre original de frutilla y dulce de leche, especialmente traído de Punta Alta. El pedido, por supuesto, llegó sin derretirse.
Para Domingo Calvo, que vinieran clientes bahienses a comprar sus helados, no era ninguna novedad. Y tanto gustaban sus productos entre sus convecinos que, ese mismo año, junto a su familia decidió dejar el rubro rotisero para dedicarse a fabricar ese producto tan preciado.
Le dedicó el nombre del negocio, La Argentina, a este país que lo había recibido adolescente, cuando escapaba de una milicia obligatoria de su querida España, adonde había nacido pisciano el 26 de febrero de 1904, para pelear en Marruecos, en 1920.
Antes de llegar a este pago todavía plagado de medanales en sus afueras y visitado frecuentemente por los cardos rusos, estuvo en Bahía Blanca, adonde probó suerte como lavaplatos y ayudante de cocina en diversos hoteles.
También hizo lo propio durante las temporadas estivales en el recordado hotel de madera de Monte Hermoso, y en el hotel Vasconia de Coronel Dorrego, adonde conoció a una compatriota, Irene Colino y zamorana de pura cepa, quien clavó en su corazón la flechas de Cupido. Laureana e Irene, nacieron de esa unión.
Pero Domingo guardaba celoso un secreto que vino a develar aquí de tal modo de desvelar a muchos: la fabricación de helados. Artesanales, entiéndase, a la usanza de los gelati italianos, no esas cremas envasadas en balde que nos regaló la reciente globalización.
Su primer local estuvo ubicado en Irigoyen, casi sobre Colón, y posteriormente se trasladó enfrente, al número 35, en un negocio más amplio atendido por sus propios dueños.
En entrevistas oportunamente realizadas, Irene no recuerda nada acerca de una receta secreta, con perdón de la alteración gastronómica. Más bien recuerda que su padre veía, observaba y experimentaba. Nunca vio un libro de recetas en sus manos.
Sí, en cambio, recuerda una mesa llena de fruta en el pasillo. Que debían exprimir. A las frutillas, por ejemplo, las enviaban desde Coronda en tren cuando ella y su hermana estudiaban en la Universidad de Rosario. Rompían nueces y almendras peladas para el torronchino y no había que mezquinar ingredientes.
La casa se llenaba de clientes, no sólo para los helados, sino para los submarinos fríos a base de crema y leche, los churros y las bolas de fraile hechas en la propia casa, y los mentados sandwiches, dos tapitas con el helado en el medio.
Semejante fama apenas si les dio descanso durante más de tres décadas, hasta 1968 cuando vendieron el negocio. Cerraban sus puertas solamente el 1 de mayo, el 25 de diciembre y el 1 de enero hasta el mediodía. Sábados, domingos y feriados eran, como contrapartida, los días de mayor trabajo.
Domingo Calvo falleció el 30 de diciembre de 2003. Ya no importa si se llevó o no a la tumba esa receta mágica, que hizo sus helados inolvidables. Mejor que el mito exista y que lo descubra algún borgeano que camine por el camino de los senderos que se bifurcan...
Sergio Soler
Referencias: Archivo Histórico Municipal y Uciapa.