Bahía Blanca | Viernes, 19 de abril

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Jesse Ball: "Necesitamos una nueva moral en la que sea vergonzoso tener más de lo necesario"

El escritor estadounidense habla sobre su novela "Cómo provocar un incendio y por qué".

   En su novela Cómo provocar un incendio y por qué, el escritor estadounidense Jesse Ball narra la historia de una adolescente vinculada a una organización de incendiarios que ataca los emblemas del progreso y la desigualdad, una trama que proyecta su propio desencanto y su resistencia a abandonar una forma de percepción que asocia a la niñez: "Es lamentable que la capacidad de los seres humanos para sentir se vea disminuida en la adultez y desaparezca. Yo no lo acepto. Seré un niño para siempre", asegura.

   Hay dos cuestiones que obsesionan a Ball, poeta y narrador estadounidense nacido en 1978 que lleva escritos quince libros y en 2017 fue incluido por la prestigiosa publicación Granta como uno de los mejores narradores de su país: una es el vínculo entre hijos o hijas con padres que están presentes o ya han muerto —como el de la protagonista de Cómo provocar un incendio y por qué— o que están a punto de morir, como el hombre de Censo que emprende un viaje junto a su hijo con síndrome de Down. En el caso de su novela Toque de queda, la que ya no está es la madre de la pequeña Molly, hija de un violinista que como ya no puede tocar el instrumento, se dedica a escribir epitafios.

   El otro gran tópico de su escritura es el pasaje de la niñez a la vida adulta, que en su ecosistema se traduce como una pérdida de la elocuencia para interpretar las desigualdades del mundo, las fallas sistémicas sobre las que se erige una modernidad que percibe cada vez más expulsiva.

   Crecer, para el escritor, es volverse indolente al sufrimiento ajeno y al mismo tiempo aprender a camuflar el "malestar en la cultura" que 90 años atrás Freud identificó con el desmantelamiento de la idea de progreso.

   Con un lenguaje seco y una apropiación del espacio que incluye juegos tipográficos para recalcar que le gusta desoír convenciones, Ball cuenta en Cómo provocar un incendio y por qué (Sigilo) la historia de Lucia Stanton, una chica de 16 que sufrió la violenta pérdida de su padre, del que conserva algunas ideas anarquistas y un encendedor metálico con el que sueña incendiar los espacios que le recuerdan la desigualdad del mundo. Su eterna postura defensiva solo encuentra una excepción: el vínculo con su tía, que parece ser la única persona que la entiende y que comparte su escepticismo hacia la sociedad.

   En su errancia por un entorno donde se siente descolocada —una sensación reforzada por una economía precaria que la priva de tener un teléfono celular o vestuario actualizado— el personaje se asocia con un grupo de jóvenes que ven en la aventura incendiaria una oportunidad para protestar contra un sistema que vuelve más dispar la lucha de clases.

   "Los ricos pueden pasearse por el mundo bajo un manto de aparente inocencia, a pesar de que en realidad cada uno de ellos es el engranaje de un sistema que desmoraliza y brutaliza a la mayoría de las personas vivas", enarbola el manifiesto piromaníaco que el narrador describe en el libro.

   —Lucía aparece como una chica que no se adapta al mundo que la rodea pero con el transcurso de la trama descubrimos que en realidad es una joven sobreadaptada, alguien que tuvo que desarrollar rápidamente mecanismos de supervivencia para sobreponerse a su orfandad y a la precariedad económica ¿En qué medida su elocuencia, su sagacidad para leer el mundo, es una consecuencia de esa vida tan alejada del confort y las certezas?

   —Creo que su resiliencia es producto de las dificultades que le ha tocado sortear. Es importante para todos nosotros, si queremos desarrollar una conciencia crítica, existir en lugares liminales. Nunca estar seguros, sopesar cada cosa. Es decir, pararse en los márgenes del espacio y rodearse de grupos. Ese es el lugar de Lucia.

   —El fuego en muchas culturales ancestrales tiene una misión purificadora ¿Ese deseo de Lucía y sus amigos incendiar los emblemas de la vida moderna, como una estación de tren o una aula, nos llevan a pensar en la modernidad como una trampa que nos hace sentir más alienados y descolocados en el mundo?

   —Creo que la modernidad tiene algunas cosas positivas. Las mujeres, por ejemplo, son tratadas mejor y más justamente ahora que en el pasado, aunque creo que todavía queda mucho por hacer en esa dirección. Sin embargo, muchos aspectos de la vida postindustrial son una trampa. Es lamentable que la capacidad natural de los seres humanos para sentir —lo que sienten los niños, lo que sienten los animales—, se vea disminuida en la adultez y desaparezca paulatinamente. Y la gente acepta eso como un hecho. Yo no lo acepto. Seré como un niño para siempre.

   Cada mecanismo de este sistema económico y social es y será, y de hecho lo ha sido, contra los pobres. Incluso la naturaleza misma de los pobres para soportar grandes dificultades, ser pacientes, luchar sin vislumbrar rédito posible, se vuelve contra los pobres por acción de los ricos. Pareciera obvio que hay suficiente riqueza en todo el mundo para que aquellos que necesitan un hogar lo tengan. Necesitamos una nueva moral en la que sea vergonzoso tener más de lo necesario, que fuera símbolo de desprestigio y rechazo, con eso podríamos lograr progresos. Creo que un buen comienzo sería terminar con la herencia.

   —¿La relación de la protagonista con su tía la humaniza, la salva del nihilismo absoluto y muestra que en el fondo es una chica desvalida que se fabrica una fachada para no seguir sufriendo en un mundo que la dejó sin padre y con una madre perdida en su celda mental?

   —Esa es una buena lectura sobre la relación con su tía. Mientras que Lucia es un viento huracanado, su tía es una brisa constante. Pero ambos soplan en la misma dirección. Su tía ha vivido todos los años de su vida y padecido mucho sufrimiento mientras se comporta de manera ética y gentil en un mundo que ha hecho todo lo posible por arruinarla. Lucia es una niña producto de ese gran esfuerzo de amor, y ella misma está llena de rabia por el sufrimiento que ha tenido que soportar su familia (y otras familias similares). Pero la creación de su identidad es una fachada de la misma forma en que toda identidad es una fachada. Toda identidad es frágil, tanto la de los ricos, la de los pobres, la de los feos, la de los lindos. Algunos parecen más frágiles que otros, pero eso es solo porque sus dueños son más vulnerables y deben soportar los ataques. La vida que hay dentro de cada uno de nosotros es la misma. No puede haber otra identidad real que la que uno ve y siente: todos lo hacemos.

   —El libro ofrece algunos juegos tipográficos, con palabras aumentadas de tamaño, escritas en dirección vertical o repetidas en una secuencia ¿Estas operaciones son una distracción para el lector o tienen algún propósito adicional como establecer pausas o silencios en la lectura que permitan vincularse de otra manera con el texto?

   —El mercado editorial actual quiere que los libros sean serios y sin aventuras, quiere repetir éxitos aburridos, digeribles, una y otra vez mientras los monetiza, incluso alimentando a la población con libros que no tienen ningún contenido… comida hecha de aserrín. No hay razón para hacer las cosas como se hicieron en el siglo XX. Podemos extraer de todos los textos, orales y escritos, todas las actuaciones, todo el arte, toda la acción, cuando hacemos cosas. La única condición es que debemos ser expeditivos, debemos apurarnos, porque nos estamos muriendo. (Télam)