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El día que desaparecieron mis fotos

La tecnología nos mejoró la vida, pero todavía no logró reemplazar la emoción de abrir una caja vieja y reencontrarse con fotos amarillas.

Gran paradoja de nuestra época: podemos capturar y almacenar gratis miles de fotos en el celular y con la misma facilidad técnica, apretando por error una tecla equivocada, en segundos pueden desaparecer cumpleaños, vacaciones, fiestas con amigos, imágenes de hijos y nietos. De un plumazo, el archivo se transforma en una pantalla vacía.

Así de simple y cruel puede ser la tecnología en manos de seres prehistóricos nacidos el milenio anterior.

Ese archivo jamás llegó al papel fotográfico, fueron imágenes que nacieron y se esfumaron en el intangible mundo digital. A este archivo solo accedía el dueño del teléfono, que a lo sumo las mostraba en la pantalla de la computadora o las compartía por WhatsApp.

Inevitablemente surgen comparaciones con tiempos no tan lejanos de las cámaras con rollo. Después de una fiesta o al regreso de las vacaciones llevábamos el carrete a revelar y días más tarde retirábamos las fotos impresas junto con los negativos. Había ansiedad, espera y ceremonia en familia. Las fotos quedaban a buen resguardo en un lugar de casa al alcance de todos.

Estos álbumes eran una polea de transmisión de historias de padres a hijos y nietos. Pasaban de mano en mano, despertaban anécdotas, risas y nostalgias. Las imágenes envejecían a la par de nosotros: las invadía el color sepia, ajadas en las esquinas, guardadas en una caja de zapatos con el aroma a humedad de cualquier placard con paredes de mampostería.

Las fotos digitales en cambio no solo son inalterables, se puede rejuvenecer con múltiples filtros y cuando desaparecen se esfuman limpias y silenciosas, sin dejar rastros que existieron.

Los pibes de hoy difícilmente se adaptarían a una versión digital de álbum y figuritas del mundial que comienza. A la antigua, necesitan palpar y ordenar, canjearlas mano a mano, estamparlas para que el álbum se convierta en recuerdo y reliquia de un acontecimiento inolvidable en familia. 

Nunca fotografiamos tanto como ahora, pero sin tiempo para detenidamente todo lo que fotografiamos y una vez que las sobrevolamos quedan allí, olvidadas en la nube. 

Antes, un álbum de fotos sobrevivía mudanzas, inundaciones e incluso generaciones dentro de una simple caja cartón. Hoy pueden desaparecer por el olvido de la contraseña, un desperfecto en la transferencia de archivos o por apretar la tecla equivocada.

 Acumulamos recuerdos pero perdimos el ritual de compartirlos. La culpa no es de la tecnología, es nuestra por creer que lo digital es eterno. Y es a la inversa, no hay nada más volátil que archivos invisibles.

Quizás por eso la vuelta a los discos de vinilo, las máquinas de escribir, los libros en papel subrayados y las fotografías impresas. Tanto almacenar en la nube, necesitamos corpororizar los recuerdos, comprobar que todavía existen y están vivos.

No hay aplicación con toda la música almacenada que pueda reemplazar el ritual del vinilo girando sobre la bandeja. El secreto es la intimidad que genera, una sensación física y cercana entre el intérprete, la melodía y quien escucha.

Estas reflexiones nacen después de comprobar que el archivo con miles de fotos de mi computadora está vacío.

Los que nacimos el siglo pasado y nos adaptamos al mundo digital desconfiamos de la memoria invisible. Quizás por eso guardamos papeles, disfrutamos discos de vinilo y ronda la idea de volver a imprimir fotos.

La tecnología nos mejoró la vida, lo digital podrá almacenar millones de imágenes, pero todavía no logró reemplazar la emoción de abrir una caja vieja y reencontrarse con fotos amarillas que sobreviven al tiempo, las mudanzas y el olvido.