Entre Ríos: la calle del fulget, los árboles exóticos y el espíritu barrial
Cada barrio, cada calle, cada esquina tiene su impronta y su identidad.
Es periodista, ingeniero civil y docente de la Universidad Nacional del Sud en materias relacionadas con el Patrimonio arquitectónico y el planeamiento urbano. Ha publicado notas en revistas Vivienda, Todo es Historia, Obras & Protagonistas y Summa +. Participa en varios micros radiales referidos a la historia de Bahía Blanca. En dos ocasiones recibió primera mención por parte de ADEPA en el rubro Cultura e Historia.
“(…) las calles desganadas del barrio,/casi invisibles de habituales,/enternecidas de penumbra y de ocaso/y aquellas más afuera/ajenas de árboles piadosos/donde austeras casitas apenas se aventuran,/a perderse en la honda visión/de cielo y de llanura”. Las calles, Jorge Luis Borges,
En Estomba al 1200 nace la calle Entre Ríos, que rinde homenaje a esa provincia argentina.
Con poco más 1,4 millones de habitantes es una provincia cargada de historia. Fue territorio federal en 1853, cuando Juan José de Urquiza se convirtió en el primer presidente constitucional de nuestra historia. Su nombre describe su característica geográfica, la limitan dos ríos, el Paraná y el Uruguay, forma parte de la Mesopotamia y por tener su superficie compuesta por islas y tierras anegadizas se la considera una provincia insular.
Caminar esa calle para reconocer su arquitectura es una manera de acceder a su historia, a su pasado y su presente. Tiene un perfil barrial, consolidado en las décadas del 50 y 60, sin viviendas de principios del siglo y ya casi sin las muchas casas chorizo.
Como toda calle y toda cuadra, tiene mucho para ofrecer, solos se trata de mirar, de hacerlo con el tiempo adecuado y con la atención que permite prestar el caminar pausado.
El fulget, ese material
A veces se percibe el efecto multiplicador. Es una explicación de porqué en unas pocas cuadras puede haber tantos modelos de viviendas con terminación fulget, un revestimiento de auge en las décadas del 50 y 60, el cual se identifica con la marca del producto.
Se trata de un compuesto de granulados (mármoles, granitos naturales, calcáreos y cuarzos) molidos de tamaños uniformes y mezclados mediante un ligante. Se lo menciona como “un mortero decorativo”, con agregado de marmolina de variados colores. También se lo suele presentar como un “revestimiento pétreo decorativo”.
Su aplicación no presentaba un alto grado de dificultad y se aplica sobre el revoque grueso utilizando fratás y se termina mediante un lavado con ácido. En muchos casos a la mezcla se le adicionaba vidrio molido, lo cual generaba una terminación muy atractiva.
Una característica de las terminaciones era aprovechar la variedad de texturas y colores para decorar las fachadas mediante guardas o dibujos que se marcaban sobre el revoque. Se trata de una terminación que resiste de excelente modo el paso del tiempo, sin necesitar mantenimiento alguno, salvo su limpieza.
"Su color y su belleza son naturales y su elegancia confiere un efecto decorativo y estético", indicaba una publicidad de la época.
Árboles
“Grato es vivir en la amistad oscura/de un zaguán, de una parra y de un aljibe”. Un patio, Jorge Luis Borges
La geografía urbana suma a los árboles como componentes de su estética: la ciudad artificial junto a la naturaleza. Por eso caminar sus calles es también descubrir una arbolado urbano que a veces se impone con sus colores, su porte y en muchos casos por ser ejemplares exóticos que han sabido adaptarse al clima local.
Resilta siempre atractiva la particular forma de los palos borrachos, árbol de hermosas flores rosadas y blancas, que se impone con su tronco abultado, donde almacena agua para épocas de sequía. En este caso pareciera que uno se quedó con todo el agua.
Una palmera canaria, jovencita, retacona todavía, originaria del archipiélago español de Canarias, una planta ornamental que se adapta a distintos climas y es longeva: se las puede ver centenarias en la plaza Rivadavia o en la plaza de Villa Mitre.
Crespones en flor, una belleza que se multiplica en la ciudad, originario de China, Japón y el Himalaya. Como esa palabra también refiere a la cinta negra que indica luto, a estos árboles se los puede llamar por su otro nombre, más simpático y atractivo: árbol de Júpiter.
Una rareza para una vereda: una tuna, de la familia de los cáctus, verde y espinosa, con flores en forma de corona que pueden ser de diversos colores, desde el amarillo al rojo.
Asoma desde un garaje. Es una alternativa a la tradicional parra: la bignonia roja, aunque su nombre más representativo es el de trompeta trepadora, trompeta por la forma de sus flores, trepadora porque sube y sube, sumando color.
Casas de barrio
"Quiero la casa baja;/la casa que enseguida llega al cielo,/la casa que no aguante otros altos que el aire". Jorge Luis Borges, Patrias.
A falta de casas chorizo, en estos barrios se pueden ver las casas compactas, una evolución de la vivienda que estableció otro tipo de organización, con cocina y baño integrados, un espacio común de encuentro –comedor, living—y la parte privada de las habitaciones. Algunas retiradas de la línea municipal, con un paredón bajo y un jardín al frente.
Fotografías de la década del 30 dan cuenta de la existencia de muchas casas tipo chorizo, aquellas recostadas sobre una de las medianeras, con la tira de habitaciones que daban a una galería y al fondo la cocina y el baño.
Ya no quedan. Hay sí algunos paredones que insinúan la presencia de ese tipo de viviendas, sospecha que a veces se confirma cuando una puerta se abre y aparece la galería con su tejado de maderas caladas.
Patio a la esquina, una manera de resolver ese sitio tan particular de la manzana. Una pared curva encierra el patio, al que hay que proteger de la entrada de posibles “amigos de lo ajeno”, a veces colocando pedazos de vidrio, otras con un alambre,
Otra propuesta habitual en la ciudad, los chalés dibujados, una fachada plana que suma el dibujo el perfil de un techo de tejas, un revoque que simula ser madera solapada, un toque pintoresco.
Otro ejemplo, con una arcada en el acceso y un par de pequeñas puertas en la entrada. La vivienda está desocupada, la puerta ha perdido algunas maderas y una Virgen en su nicho ruega por todos nosotros (pecadores).
Grecia y las alturas
Una esquina mediterránea, al menos en su planta alta, estilo inspirado en las construcciones de lpaíses que rodean el mar Mediterráneo, como España, Italia y Grecia. Se las reconoce por los muros blancos, su terminación rústica con cal o estuco que refleja el sol y ayuda a mantener el interior fresco, ventanas pequeñas con postigos para controlar la luz. La terminación a veces es almenada, como un castillo.
Pocos edificios en altura o viviendas multifamiliares en esa calle, que mantiene un perfil de casas bajas. El que se ve es distinto, con una especie de torre, ventanas angostas y esbeltas. Se supone lugar de viviendas, aunque su exterior sugiere otro destino.
Final
Son unas pocas cuadras, con mucho para ver y descubrir. La arquitectura es una manera de contar la historia, es el reflejo de lo que fuimos y lo que somos, esas fachadas que conforman el telón de fondo de la calle contienen espacios, cocinas y patios, allí se vive.
La yapa. Modesta
Ventana ojo de buey, un recurso propio del art decó náutico, aunque en los barcos se las llama portillas. Como el ojo de un buey, son redondas, tienen un marco robusto (como el párpado grueso), a menudo están ligeramente salientes.
Falta el tradicional cartel abreviado de “No funca”, pero la cinta deja en claro que están fuera de servicio. Se impone el golpe a la puerta o las clásicas palmas.
El viejo buzón. Cantando en vivo su tema 19 días y 500 noches, Sabina contó que cuando escribió la canción “no existía ni facebook, ni twitter ni hashtag”. De esos tiempos son estos buzones, cuando se esperaba la llegada de una carta.
Final, el apuro de salir, la cabeza en mil cosas, la distracción del momento. La llave quedó puesta. Historia con final abierto.