Bahía Blanca | Martes, 09 de agosto

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Proyecciones económicas en rojo y un lugar que nadie se anima a ocupar

El kirchnerismo toma el control del gobierno ante un presidente desarmado. Cuáles son las proyecciones de inflación anual, según las consultoras locales. Y una duda de primera dimensión: cómo se reconfigura el Frente de Todos de cara a 2023.

Cristina Kirchner

Maximiliano Allica / mallica@lanueva.com

   El avance de la vicepresidenta sobre todos los resortes del gobierno nacional se consolidó con la renuncia del exministro de Economía, Martín Guzmán, último rincón de poder que le quedaba al presidente.

   La situación es inédita en la historia argentina. La vice le provoca un vacío de autoridad al mandatario que ella misma ungió. Porque la única explicación de que Alberto Fernández esté en la Casa Rosada es que Cristina Kirchner así lo dispuso. Ergo, es responsable ineludible de lo que sucede con este gobierno.

   Con Cristina ahora dominando toda la escena, el máximo interrogante es qué curso tomará la economía. La flamante ministra Silvina Batakis todavía no dijo cuáles serán sus medidas pero sí sostuvo que seguirá los lineamientos que venía defendiendo el presidente, junto con Guzmán. Raro que cumpla, porque se espera algún volantazo en dirección a los deseos de la vice (¿salario básico universal?).

   Batakis se define como una "creyente" en el equilibrio fiscal. Es una manifestación interesante. Guzmán considera que el principal problema de la economía argentina, y origen de la inflación, es el déficit permanente de las cuentas públicas, es decir, que los gobiernos gastan más de lo que les ingresa. En cambio, para Cristina el problema más grave es el bimonetarismo, o sea, que la gente en Argentina cobra en pesos pero razona y se refugia en dólares. 

   No hace falta un doctorado para entender que los ahorristas huyen al dólar por la pérdida permanente de valor del peso. El bimonetarismo es una consecuencia de la inflación, no una causa. Y la inflación nace del déficit de las cuentas públicas, a las cuales se intenta bachear con emisión. Después se suma la falta de confianza en el rumbo de los gobiernos, lo cual genera expectativas negativas y especulación. Pero todo eso viene luego del problema de base.

   Batakis, aparentemente, le asigna un valor relevante a la disciplina fiscal. Por lo pronto, se puede observar cómo se comportó mientras estuvo al frente del Ministerio de Hacienda de la Provincia de Buenos Aires, entre diciembre de 2011 y mismo mes de 2015, segundo gobierno de Daniel Scioli. 

   La ministra recibió una Provincia con un déficit del orden de 8.000 millones de pesos en el ejercicio 2011 mientras que en 2012, su primer año completo de gestión, lo mantuvo en los mismos números. En 2013 logró una fuerte baja del déficit, que quedó en los 1.000 millones y, luego en 2014, consiguió un superávit de 800 millones de pesos.

   Hasta allí los números la avalan. Pero en 2015, año de elecciones ejecutivas, el resultado financiero fue pésimo, con 21.000 millones de déficit. Como si en los períodos anteriores hubiera retrocedido para tomar carrera. Ese año María Eugenia Vidal asumió la Gobernación denunciando que no le habían dejado plata ni para pagar los aguinaldos de los empleados bonaerenses.

   Debido a la pandemia y la guerra en Ucrania, la inflación volvió a ser un problema para muchísimos países. Ese escenario internacional brinda una oportunidad única para que en el nuestro se zanje la discusión sobre cómo combatirla. Decenas de naciones tuvieron inflación hasta los años 80 y pudieron detenerla hasta nuestros días, aun alternando gobiernos de signos políticos diferentes. Hoy, esos países están intentando volver a poner las cifras macro en su cauce. ¿Cómo harán?

   El primer aspecto a mirar es que la disparada inflacionaria en el mundo surgió porque los gobiernos debieron emitir billetes para poner plata en el bolsillo de la gente, cuarentenada por la pandemia. Ya es todo un dato sobre el origen de la inflación. ¿Qué están empezando a hacer esos países para volver a índices tolerables? Trabajan sobre instrumentos que les permitan aspirar los billetes que sobran en la economía. Básicamente, subir la tasa de interés.

   La historia se está escribiendo.

   En nuestro país, con una inflación instalada muy por encima del 30% en el primer semestre, las proyecciones que planteaban un 2022 en el rango del 60-70 % están empezando a recalcular. 

   Desde IPC Online, una de las dos consultoras que miden la inflación en Bahía Blanca, advirtieron que de repetirse durante la segunda mitad del año la dinámica del primer semestre (que según su informe cerró en 36,8 %), el índice anual podría escalar hasta el 87,3 %.

   Tomando los últimos números de la otra consultora local, el CREEBBA (que cerró el semestre con 32,6 % y midió una interanual del 56,5 %), tres eventuales escenarios serían: con una inflación de julio a diciembre de 4 % por mes, la anual alcanzaría un 67,8 %; si es de 5 % por mes hasta fin de año, subiría al 77,7 %; y, si fuera del 6 %, alcanzaría el 88 % para todo el período.

   Con el nuevo contexto de incertidumbre y remarcaciones de precios es probable que julio dé una cifra altísima y agrave algunas previsiones. Todavía no son números de hiper, pero el fantasma acecha.

   Respecto de Batakis, un dato más. Fue compañera de gabinete del exintendente bahiense y exministro de Producción sciolista, Cristian Breitenstein. Las imágenes de archivo en los canales de noticias lo trajeron a la memoria. También compartió labores con otro oriundo de nuestra ciudad, el entonces titular de ARBA, Iván Budassi.

   El ahora funcionario nacional saludó la designación de la nueva ministra en sus redes sociales: "Mujer corajuda, súper formada profesional y políticamente, y gran militante. Lo mejor ante este enorme desafío para mi ex compañera del gabinete de Daniel Scioli, de quien mucho aprendí en momentos difíciles".

   El drama económico actual tiene una clara relación con la crisis política. El kirchnerismo estranguló el proyecto de gobierno del albertismo, al que decidió enfrentar más abiertamente que nunca tras el pacto con el FMI. A propósito, un misterio: la fórmula Fernández-Fernández se anunció en mayo de 2019, cuando la deuda con el Fondo ya se había contraído. ¿No tuvieron tiempo hasta diciembre, momento de asumir el gobierno, de ponerse de acuerdo en cómo afrontar el problema? Evidentemente no.

   Hoy en el oficialismo manda el ala K y, pese a que abundan las críticas por lo bajo, nadie se anima a ser el contrapeso. Ese es un problema de primera magnitud, en especial para el propio Frente de Todos.

   Luego de las elecciones legislativas del año pasado se difundió la idea de que el Frente cometió el error de no ir a unas primarias que expresen la diversidad de sus corrientes internas, brindando opciones al electorado. Esa equivocación, en teoría, debe corregirse el año que viene cuando se juegue el partido grande. ¿Pero cómo se configuraría una PASO en una coalición donde habita una sola vertiente con vocación de poder?

   En el FdT debería surgir alguna figura que empiece a aglutinar a aquellos que crean en la importancia de mantener la unidad del peronismo, pero por un camino diferente al que propone Cristina. Si en 2023 la única candidatura consistente de esta alianza es de la propia vicepresidenta o de quien ella designe como su representante, el justicialismo va a sufrir en las urnas.

   También llama la atención que en los distritos donde el FdT va de punto, porque el kirchnerismo lo empuja hacia abajo, no asomen dirigentes que levanten alguna bandera para diferenciarse. Es entendible que se trata de una apuesta arriesgada porque no hay con quién apalancarse arriba, pero el actual escenario conduce a una casi segura derrota en ciudades donde Juntos por el Cambio es favorito. ¿Por qué no intentar moverse de esa cancha inclinada? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Aun cuando el año próximo pierdan, pueden tener un rol protagónico en la construcción del peronismo post 23. La política es audacia.

   Otra alternativa es que los principales dirigentes no K de todo el país especulen con dejar que la corriente que conduce Cristina choque "sola" contra una derrota en las urnas, bajo la idea de que si el golpe es fuerte podría obligar a que su tropa se corra a los márgenes.

   Esa sí sería una apuesta muy arriesgada. Hasta ahora el kirchnerismo demostró que ningún contexto, ni siquiera las derrotas electorales, le impide ser una máquina de tomar la iniciativa.