Tiempos de Independencia y guerra
Luego de dos importantes victorias, el general retribuiría ese enorme gesto de los jujeños y declaró al pueblo de Jujuy como depositario y guardián de la bandera y creó una escuela y dos escudos como testimonio de agradecimiento histórico.
Ricardo de Titto / Especial para “La Nueva.”
A finales de marzo de 1812 Belgrano había alcanzado Yatasto. Al tomar el mando palpó la desesperanza de quienes venían de sufrir un par de serias derrotas, como la de Huaqui que, en junio del año anterior, había obligado a un desordenado repliegue de las fuerzas. Descubrió entonces a un grupo de jóvenes oficiales, valientes y talentosos, que debían reconstruir su moral, entre ellos Manuel Dorrego, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Cornelio Zelaya, José María Paz, Diego Balcarce y Eustoquio Díaz Vélez. Una cuarta parte de los 1500 soldados estaban heridos, enfermos y en rehabilitación. Para poner orden en aquellas filas diezmadas Belgrano tuvo una política doble: por un lado alentaba a la oficialidad, por otro, hacía fusilar a todo desertor.
Pío Tristán, general enemigo, acosaba a ese ejército y Belgrano, contradiciendo las indicaciones del Triunvirato, presentó batalla en Las Piedras logrando un triunfo pequeño pero que cohesionó a las fuerzas. El gobierno le pide que baje a Córdoba y, tal vez en la decisión político-militar más importante de su vida, Belgrano desoyó a Bernardino Rivadavia y los suyos y, con el apoyo del pueblo tucumano –muchos de ellos armados precariamente con lanzas, cuchillos, puñales, boleadoras y lazos–, preparó un plan de batalla: contaba con 1.800 hombres contra 3.000 del enemigo y, en el día de Nuestra Señora de las Mercedes, logró derrotar a los realistas que debieron huir hacia Salta.
La batalla de Tucumán puso así freno al peligroso avance de los monarquistas que, de avanzar hacia Córdoba –como sugería el gobierno central– podrían haber encerrado entre pinzas a Buenos Aires, en alianza con los realistas que sostenían aún su plaza en Montevideo. Aquel 24 de septiembre el curso de los acontecimientos en el Cono Sur de América dio un giro decisivo: defendió la revolución y, con el siguiente triunfo logrado en Salta, el 20 de febrero del año próximo, la “frontera” de la guerra se ubicaría en Jujuy, con la Quebrada de Humahuaca como “puerta”. Mientras tanto, y como una consecuencia directa del triunfo de Tucumán, San Martín, Alvear y sus tropas desplazarían del gobierno al Primer Triunvirato el 8 de octubre instalando en el poder a un Segundo trío, afín con las miras de la Logia Lautaro. En consonancia, poco después iniciaría sus deliberaciones la Asamblea Constituyente del Año XIII. La bandera azul-celeste y blanca, ya jurada por las tropas, lucía al frente del ejército auxiliar: la promesa de Belgrano de guardarla hasta que un triunfo importante se lograra, se había cumplido con creces. Después de Salta, Tristán pide a Belgrano la capitulación y el general patriota pone condiciones: tras entregar todo su armamento saldrán de la provincia al día siguiente y, previo, desde el principal jefe hasta el último soldado jurarán no levantar nunca más las armas contra las ahora denominadas “Provincias Unidas del Río de la Plata”. Esta decisión provocó críticas y Belgrano comentó a su amigo Chiclana: “Siempre se divierten los que están lejos de las batallas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los clamores de los infelices heridos; también son esos los más a propósito para criticar las determinaciones de los jefes: por fortuna, dan conmigo que me río de todo y que hago lo que me dictan la razón, la justicia y la prudencia, y no busco glorias sino la unión de los americanos y la prosperidad de la Patria”.
Dispuso entonces avanzar, con la expectativa de que sus triunfos templaran el espíritu de los altoperuanos. En junio de 1813 instala ya su cuartel en Potosí. En Buenos Aires, entretanto, la Asamblea Constituyente asumía la soberanía, por primera vez, en nombre del pueblo: en el juramento de sus diputados estuvo ausente la fidelidad al rey Fernando VII. Cuando Belgrano arriba a “La Plata” del rico cerro altoperuano –principal fuente de riquezas del imperio español durante tres siglos–, las Provincias Unidas ya tienen escudo, escarapela y marcha patriótica…
Nuevos contrastes, sin embargo, demorarán la causa libertaria en el norte del antiguo virreinato. En Vilcapugio y Ayohuma, los realistas –ahora al mando del general Joaquín de la Pezuela–, se anotarán sendos triunfos en la primavera de 1813 y las provincias del Alto Perú quedarán en manos enemigas. La resistencia a los españoles caerá en manos de los pobladores locales que, organizando republiquetas en diversas localidades, mantendrán una dura y persistente guerra de guerrillas durante varios años: los nombres de Juana Azurduy, Manuel Ascencio Padilla, Ignacio Warnes, Ildefonso de las Muñecas, Juan Antonio de Arenales, Vicente Camargo son algunos de los que destacan en esa larga resistencia que culminará recién en 1825.
Un refuerzo de jerarquía…
Para profesionalizar su equipo de oficiales, Belgrano solicita un refuerzo de jerarquía… y así es como el general recibe a un coronel ocho años menor que él, de quien tiene excelentes referencias, sabe de su formación en escuelas europeas y que goza ya de amplio prestigio en la sociedad porteña. El año anterior el coronel se ha casado con una jovencita de 14 años y de familia patricia, María de los Remedios de Escalada. Así, en enero de 1814 y a la cabeza de un ejército porteño entrenado por él mismo, José de San Martín reúne sus huestes con las del Ejército del Norte.
Ambos han vivido en la España prenapoleónica y allí formado sus caracteres y convicciones. Tienen muchos rasgos en común: la honradez, el desinterés, la rectitud. Aunque los hayan desplegado en campos distintos – uno en la política, el otro en lo militar–, ahora los reunía una causa común. Pocos días después del encuentro los papeles se invierten: San Martín es designado general del Ejército del Norte y Belgrano, con humildad, asume el mando del Primer Regimiento y se pone a las órdenes del nuevo jefe. “La guerra –le dice Manuel a José desde Santiago del Estero, en una carta del 6 de abril de 1814 donde aclara que le habla “como amigo”– no solo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión” recomendándole que saliera al cruce de las acusaciones de los españoles hacia los porteños, que suelen tratarlos como “herejes que atacan a la religión”. A Belgrano le preocupaba mucho que los españoles reclutaran gente convenciéndolos que los revolucionarios eran poco menos que anarquistas. Las cartas eran un modo de intimar entre ellos: hasta el encuentro que los abrazó en Salta toda su relación había sido solo epistolar.
En marzo de 1814 San Martín es obligado a disponer el traslado de Belgrano a Córdoba para ser juzgado por las derrotas en el Alto Perú. Se le instruye un proceso y, recluido en una quinta de Luján, Belgrano comienza a escribir sus Memorias. En su defensa, envía una carta al primer director Supremo, Gervasio Posadas. El argumento es lapidario: “Solo sé que nada sabía de milicia y que a pesar de esto los paisanos se empeñaron en hacerme general”. Dos meses después de partir de Tucumán es sobreseído de todos los cargos y, en diciembre, parte en misión diplomática a Europa. Entretanto, San Martín, convencido que el camino del Alto Perú no es conveniente, deja el Ejército del Norte y, con algunos síntomas de enfermedad, se instala en Cuyo: la campaña de los Andes comienza a tomar forma…
El Congreso, las autonomías y la Independencia
El Congreso comienza a sesionar en Tucumán y, entre sus primeras medidas está la de nombrar director supremo a Juan Martín de Pueyrredón. Tras arreglar los pleitos entre Güemes y Rondeau en la frontera norte y reunirse con San Martín en Córdoba, en mayo de 1816 Pueyrredón le escribe a Belgrano: “Es preciso salvar la Patria de los actuales conflictos –se refiere a la disidencia federal liderada por Artigas en el Litoral–y es indispensable que usted concurra a tan importante fin con sus conocimientos y virtudes”. Lamentablemente, la utilización de las tropas “nacionales” para ahogar en sangre a las autonomías provinciales, involucró a Belgrano en guerras civiles: la orden de fusilamiento del santiagueño Juan Francisco Borges, las reiteradas incursiones en Santa Fe –con Díaz Vélez o Viamonte como comandantes– fueron testimonio de que el poder central era de perfil unitario –cuando no claramente promonárquico–y que don Manuel –también de fe monarquista–consideraba al orden un valor supremo, incluso a costa de enfrentar a compatriotas.
Su periplo por Europa, junto con Rivadavia, le había permitido constatar el cambio de aires que se había producido en el Viejo Continente tras la derrota de Napoleón. La “Santa Alianza” estaba decidida a no dejar piedra sobre piedra de los ecos de la gran revolución francesa y a reconstruir un poder absoluto alrededor de las antiguas monarquías. Con ese respaldo Fernando VII había retornado al poder en abril de 1814 y, muy poco después, organizado una fortísima expedición restauradora a América que, finalmente, se destinó a Venezuela. Los aires contrarrevolucionarios dominaban el mapa mundial y, en ese marco, los dos enviados debían intentar algún tipo de negociación que, considerando el nuevo status de las Provincias Unidas, no descartaran la instalación de una monarquía.
Las tratativas no encontraron eco viable en las Cortes europeas y fue entonces cuando Belgrano ideó el plan que propondrá a su regreso en sesión especial del Congreso: la coronación de un rey descendiente de la dinastía inca, un modo de “empatar” las nuevas tendencias predominantes –antirrepublicanas– y las posibles simpatías de los pueblos altoperuanos bajo control del realismo hispánico. En sesión reservada el Congreso escuchó atentamente el “pan del Inca”; era –al entender de Belgrano–el más inteligente para instalar el modelo de “monarquizarlo todo”. A su entender, la independencia no lo era todo; eso dijo aquel 6 de julio... Tres días después se declara la independencia y la propuesta de organización constitucional no tendrá fórmula precisa hasta 1819, cuando –tras otros intentos de búsqueda de monarcas en Europa– se optará por un sistema político “con unidad de régimen”. Su rechazo por las provincias, desembocará en un proceso de autonomías provinciales que se extenderá por los siguientes cuarenta años.
El 7 de agosto de 1816, Belgrano reasume el mando del Ejército del Perú en Trancas, Tucumán. Como la frontera norte está al cuidado celoso de Güemes y sus gauchos guerrilleros, don Manuel queda, casi, con la responsabilidad única de enfrentar los alzamientos insurgentes de las provincias. Largos dos años y pico en los que el ejército trata de detener el reloj de la historia controlando a los insurrectos federales. El fracaso de la constitución de 1819 demostrará que si el directorio de Pueyrredón impulsó y armó por un lado el Ejército de los Andes, por el otro, se dedicó a una infructuosa represión interna en la que Belgrano quedó atrapado y sin capacidad de articular otras fórmulas políticas. Hacia 1819 las guerras civiles y cuartelazos en las provincias agotan la capacidad de acción del Ejército del Perú que poco después, se disuelve. En abril la salud de Belgrano se deteriora notablemente y en agosto –establecido en Córdoba– solicita licencia: el 11 de septiembre entrega el mando al mayor Fernández de la Cruz y marcha hacia Tucumán, donde residía su pequeña hija Manuela Mónica, que apenas tenía poco más de un año de vida. En febrero, sin auxilios oficiales y cuando la guerra civil saldaba cuentas en los campos de Cepeda cerrando el ciclo de gobiernos centralizados abierto con la Revolución de Mayo, Belgrano partió a Buenos Aires donde fallece el 20 de junio, casi ignorado por la opinión pública y los gobiernos bonaerenses que se sucedían en medio de la crisis. Con su muerte, la “década revolucionaria” simbolizaba así el fin consumado de una etapa.
Cartas entre Belgrano y San Martín
Cuando designan a San Martín para el Ejército del Norte, Belgrano le había pedido que apresurara el paso: “Mi amigo, no sé decir a usted lo bastante cuanto me alegro. Vuele si es posible: la patria necesita que se hagan esfuerzos singulares y no dudo que usted los ejecute según sus deseos para que yo pueda respirar con alguna confianza y salir de los graves cuidados que me agitan incesantemente. Crea usted que no tendré satisfacción mayor que el día que logre estrecharle entre mis brazos y hacer ver lo que aprecio el mérito y honradez de los buenos patriotas como usted”.
Años después, en 1816, la designación de Belgrano para retomar su cargo en el Norte contó con el expreso respaldo de San Martín: “En el caso de nombrar quien deba reemplazar a Rondeau yo me decido por Belgrano; este es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o de un Bonaparte en punto a milicia, pero creo que es lo mejor que tenemos en América del Sur”.
La creación de escuelas públicas
La gran victoria obtenida en Salta, el 20 de febrero de 1813, por el ejército que mandaba Manuel Belgrano, determinó que la Asamblea General Constituyente resolviera premiar a los jefes, oficiales y soldados don un escudo –de oro, plata y paño, respectivamente–ornado por palmas y laureles que rodeasen esta inscripción: “la patria a los vencedores de Salta”
Los diputados también dispusieron honores especiales para el ilustre patriota que los condujo al triunfo, a quien se le daría un sable con guarnición de oro. Además, se lo premiaría con “la donación de la cantidad de 40.000 pesos, señalados en valor de fincas pertenecientes al Estado”. Anoticiado de estas decisiones de la Asamblea, el prócer envió desde Jujuy, con fecha 31 de marzo una nota al Poder Ejecutivo triunviro en la que junto con su agradecimiento manifestaba su decisión de “destinar los expresados cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras, en que se enseñe a leer y escribir, la aritmética, la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad hacia esta y el gobierno que la rige en cuatro ciudades a saber: Tarija, esta (Jujuy), Tucumán y Santiago del Estero (que carecen de un establecimiento tan esencial e interesante a la religión y al Estado, y aún de arbitrios para realizarse), bajo del reglamento que pasaré a V.E. y para dirigir a los respectivos Cabildos con el correspondiente aviso de esta determinación, reservándome de aumentarlo, corregirlo o reformarlo siempre que lo tenga conveniente”.
(…) Corridos casi dos meses Belgrano redactó el reglamento para las cuatro escuelas a las que había decidido dotar. Sus veintidós artículos constituyen uno de los más importantes testimonios acerca de la preocupación del prócer para asegurar la educación escolar a todos los habitantes del país, así como la más cabal prueba de su buen sentido para organizar el funcionamiento de un establecimiento educativo.