Tiempo que inspira cambios

31/3/2019 | 06:30 |

Por
Guillermina Rizzo

   Mentes brillantes y creativas, a lo largo de la historia, se sintieron atraídas por colores, paisajes, aromas que la estación proyectaba.

   ¡Último día de marzo! Y ante nosotros ya se ha desplegado como si fuéramos artistas, un abanico policromático gobernado por los marrones, los rojizos y anaranjados, una paleta de amarillos coronada por el majestuoso dorado.

   Van Gogh y “La Vigne Rouge” con amarillos vibrantes y rojos; Gustav Klimt y “Birch woods in autumn” realizado al aire libre refleja verdes, anaranjados y ocres, propios del bosque de abedules. También Mucha, Giuseppe Arcimboldo y Nicolas Poussin, son algunos de los artistas que sucumbieron a este espectáculos de colores que trae consigo el otoño; Vivaldi lo perpetuó dentro de sus “Cuatro estaciones” entre “adagio y allegro”.

   ¿Hay relación entre las emociones y el otoño? ¿Así como los árboles se desprenden de sus hojas en nuestro momento de soltar?

   El otoño es un tiempo de metamorfosis, los días son más cortos; el paisaje cambia. La naturaleza con “su sabiduría” y su reloj propio e indetenible, pareciera desprenderse de lo que ya no “considera” esencial.

   ¿Aumenta la melancolía, la tristeza?

   Así como crujen las hojas secas también hay un crujir en nuestra estructura mental, pues estudios realizados revelan que entre un 80% y 90% de las personas evidencian cambios en los ritmos del sueño, en las energías y el estado de ánimo; hoy el fenómeno se lo conoce traducido al español como TAE: Trastorno Afectivo Emocional, que en nuestro hemisferio se ve acentuado durante el invierno, época en la que recrudecen por esta misma causa los cuadros depresivos.

   ¿Termómetro y cerebro?

   Más allá de todo lo bello y artístico del otoño, está comprobado que el descenso de la temperatura y la disminución de la luz solar, tienen impacto en nuestro cerebro. A mayor oscuridad menor producción de ciertas hormonas, por ello no es casual sentir más frío, más hambre, un “bajón” de ánimo y peor humor, también no sentimos aletargados/as con una sensación de desánimo.

   ¿Otoño tiempo de cambios?

   La prisa, la invasión de la tecnología, también los “malabares” para llegar a fin de mes, nos sumergen en una vorágine en la que olvidamos que nuestras emociones sintonizan con la temperatura, el viento y la lluvia, la velocidad deja en un segundo plano o hasta nos hace olvidar el ciclo natural por el que atravesamos.

   Para los orientales, el otoño es el momento para intuir e interiorizar, para otras culturas está asociado “a la vuelta hacia el interior”, no es casual, ya que pasamos menos tiempo al aire libre anhelando retornar hacia el calor del hogar.

   Estoy convencida que en Europa como en Asia, en América del Norte como en nuestro hemisferio, el detenerse a contemplar caer una hoja es un espectáculo olvidado. Cultivar esa rutina, ya sea en el mejor paisaje o en la plaza de la esquina, posibilita enseñanzas.

   Desprenderse de relaciones marchitas aceptando que no todos los vínculos son perennes, soltar hábitos nocivos, preparar el terreno y abonarlo con nuevas estrategias y paciencia para sembrar nuevos proyectos, son los cambios a los que nos invita la dorada estación.

   Cultivar vínculos genuinos con la “savia afectiva” que se retira de las hojas muertas y las ramas para volver a sus raíces y nutrir; soltar lo que ya no necesitamos, tal vez hasta quedar al desnudo como los árboles de invierno, es lo que sin dudas nos prepara para volver empezar; el ciclo es sin fin.

   Domingo de otoño, gobernado por marrones, rojizos, anaranjados, amarillos y un majestuoso dorado, día para soltar y también para delinear una nueva obra.

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