Bahía Blanca | Viernes, 03 de abril

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Testimonios y ruinas para la industria del frío en Bahía Blanca

Industrias revolucionarias de fines del siglo XIX, los frigoríficos fueron clave para las exportaciones de carnes y frutas en la ciudad. Edificios en ruinas y abandonados dan cuenta de una historia que no termina de cerrarse.

Fotos: Rodrigo García, Emmanuel Briane y Pablo Presti-La Nueva.

Por Mario Minervino / mminervino@lanueva.com

   Pocas situaciones tan desalentadoras como encontrar los restos de edificios industriales, complejos, en completo abandono, lugares que es simple advertir sin uso ni destino pero que manifiestan ser parte de un pasado diferente.

   Las grandes naves en predios de decenas de hectáreas, chimeneas solitarias, interiores desguasados y expuestos al vandalismo.

   Son obras que dan cuenta de otro país, de otra época, de industrias que apostaron a una economía y a una modalidad y que, por diversas circunstancias tuvieron un final indeseado.

   No es patrimonio de Bahía Blanca esa situación. Ni siquiera del país.

   Las ciudades del mundo saben de sectores industriales abandonados, de edificios que sirvieron con fines propios de una economía y que fueron quedando inadecuados por una gran variedad de cuestiones.

   Esta nota es un (muy) acotado repaso a una de las industrias que más importancia y desarrollo alcanzó en la Argentina a fines del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX. Se la denominó "la Industria del frío" y surgió a partir de la invención de inéditas técnicas de enfriamiento para la conservación de distintos productos, en particular carnes y frutas.

   La disponibilidad de un sistema portuario y de una rica zona ganadera hizo de nuestra ciudad un lugar ventajoso para el desarrollo de ese tipo de emprendimientos.

   Tres construcciones dan cuenta de esa existencia y se convierten en testimonio de ese pasado. Son un manifiesto además de la complejidad y dificultad que se tiene a la hora de buscarle un nuevo uso o destino a esos sitios.

El primero, en zona de cuatreros

   No deja de ser una curiosidad que los propietarios de la Compañía Sansinena de Carnes Congeladas eligieran a una localidad llamada "Cuatreros" (rebautizada en 1943 como General Daniel Cerri), para ubicar el frigorífico más importante de la provincia.

   Determinado su emplazamiento y proyectado por el ingeniero Luis Huergo, siendo propietario de la compañía el mega empresario Ernesto Tornquist, el complejo frigorífico habilitó sus instalaciones en octubre de 1903, con más de 70 mil metros cuadrados, un parque diseñado por el paisajista Carlos Thays, y capacidad para exportar carnes congeladas, con sectores anexos de grasería, saladero, chanchería, cueros y sebo, entre otros.

   Fue el comienzo de una historia de más de 90 años, plagado de tantas situaciones, conflictos, paralizaciones, cierres, reaperturas, cambios de dueños y especulaciones que llevaría cientos de páginas dar cuenta de su desarrollo hasta llegar a este presente de más de dos décadas en completo abandono.

   La suerte del frigorífico corrió de la mano de la variabilidad del mercado de carnes en el país y en el mundo.

   Porque una vez en marcha, la industria del frío relacionada con la carne comenzó a ser dominada por capitales foráneos, sobre todo norteamericanos a ingleses, que, en una cruda competencia, se encargaron de ir reduciendo a su mínima expresión la participación de los emprendimientos locales.

   En 1915, por caso, el 90% de la cuota de exportación de carne a Europa estaba en manos de firmas de esos dos países.

   La planta de General Daniel Cerri que llegó a ocupar 800 obreros --dando incluso lugar a la verdadera fundación de la localidad-- pronto comenzó a reducirse. En 1915 ocurrió la primera toma por parte de los trabajadores, al advertir que corría riesgo su fuente de trabajo.

   El muelle propio, a pocos metros de la fábrica, quedó en desuso, como así también el tren que corría por la trocha angosta tendida entre ambos puntos.

   En la década del 40 lo compró la Corporación Argentina de Productores (CAP) y en 2000 pasó a la firma paraguaya Translink, la última en operarlo como frigorífico.

   En 2007 el lugar salió a remate y fue adquirido por un empresario dedicado a la venta de chatarra, que se encargó de desguasarlo. El gigante recibió así el golpe final.

   Recorrer hoy el lugar resulta desolador. Grandes espacios vacíos, un tarjetero, la vieja locomotora oxidada, unas pocas maquinarias, algún casco. Para los cerrenses en particular, es algo que duele todo el tiempo.

En Spurr, fruta madura

   En enero de 1947 la constructora Christian y Nielsen apuraba el ritmo de obra de un nuevo frigorífico ubicado en Villa Rosas, vecino a la estación ferroviaria Spurr. Desde allí salía un desvío de rieles para permitir acercar los vagones con fruta del Alto Valle para ser mantenida antes de ser enviada a Europa.

   Con una primera sala de máquinas equipada con motores diesel, generadores de frío, se pusieron en funcionamiento las nueva cámaras frigoríficas con capacidad para almacenar 270 mil cajones de fruta.

   Se lo llamó "San Martín" y era propiedad de Argentine Fruit Distribuitors, perteneciente al Ferrocarril Sud, empresa de capitales británicos que construyó en 1929 los primeros galpones de empaque de fruta en Cinco Saltos, Cipolletti, Allen y Villa Regina.

   El frigorífico se inauguró con el complejo en obra, el cual se completaría con dos bloques más de cámaras, un ala administrativa y habitaciones para el personal de servicio, hasta contar con una superficie de 78 mil m2.

   La suerte de la emrpesa sería dispar.

   A poco de completada la obra el gobierno de Juan Domingo Perón decidió la nacionalización de todos los bienes de las empresas del riel, con lo cual el frigorífico pasó a manos del estado, que no resultó un buen administrador.

   En 1967, por caso, el banco de la Nación Argentina tomó posesión del lugar por la deuda que con la entidad mantenía la Distribuidora Nacional de Frutas.

   Resueltos decenas de conflictos, en 1969 el frigorífico fue adquirido por Corporación de Productores de Frutas de Río Negro (Corpofrut), que ya lo operaba de manera "interina" desde 1965.

   En esta época servía para el acopio de manzanas, peras, cítricos, papa, productos lácteos, jugos y pescados. Con dificultades, siguió funcionando hasta finales de los 80. En ese momento disponía de la fabrica del hielo tipo rolito más grande del sur.

   El cambio de política en relación al embarque de frutas, con importantes reembolsos realizados a los puertos de Madryn y San Antonio Oeste, resultó un golpe mortal para el movimiento local. En los 90 unos cuidadores se ocupaban del lugar.

   En 1996 estuvo cerca de rematarse por un conflicto con la obra social del personal de la Industrial del Hielo. Ese año se decidió su venta, pero nunca hubo interesados.

   Con las estructuras abandonadas, varios siniestros volvieron a colocarlo a la vista de muchos.

   Por un lado, en 2004 fue hallado frente a sus instalaciones parte del cuerpo calcinado de Luciana Moretti, la adolescente de 15 años asesinada por Pablo Cuchán, un crimen que todavía espanta por sus características.

   En 2012 un incendio, rápidamente controlado, afectó el tercer piso, donde se ubican las 32 cámaras frigoríficas. Hubo más humo que daños. Tres años después, 2015, otro hecho similar, de mayores consecuencias, dañó mucho más las instalaciones. Todavía en manos del gobierno de Río Negro, el lugar aguarda algún destino.

Un matadero, un modelo

   A veces se hace difícil entender cómo algunas administraciones municipales lograron hacer tanto con sus recursos presupuestarios.

   Entre 1905 y 1913, por caso, la municipalidad concretó dos obras públicas de realce: el palacio comunal y el teatro municipal. Poco después se abocó a un nuevo emprendimiento: disponer de un matadero municipal. Para eso utilizó terrenos de su propiedad en Vieytes al 2500, donde concretó una obra única en su género, la cual comenzó a operar en 1918 con la idea de atender la demanda del mercado local. No fue un emprendimiento simple. Dejó de funcionar en 1950, fue recuperado en 1957 y en 1967 pasó a manos de la Cooperativa Bahiense de Matarifes, que lo mantuvo en operatividad hasta la década del 80. 

   Luego de años de abandono, la municipalidad tomó una acertada decisión y procedió a la recuperación de sus edificios para un uso comunitario.

   Habilitado en 1995, hoy sus instalaciones contiene el Polideportivo Norte, donde se realiza una gran diversidad de actividades.

   No fue un frigorífico, pero por su uso puede emparentarse con los mismos. A diferencia de los casos anteriores, éste fue merecedor de un final distinto.

De frigorífico a barrio parque

   Camino a Punta Alta, en el kilómetro 15 de la ruta 229, sobre mano izquierda, se advierte la silueta de una estructura de hormigón armado, en una zona que poco a poco se va urbanizando y que se ha ido potenciando con el paso del tiempo.

   La presencia de esa mole sigue despertando la curiosidad de muchos, de al menos dos generaciones, si se tiene en cuenta que se trata de una obra que se comenzó a construir hace 45 años y que desde 1977 se encuentra en el mismo estado.

   Fue, en su origen, un emprendimiento de la firma Frigorífico Hilario Viñuela, con la idea de mejorar sus instalaciones de Grünbein --donde sigue operando--, con una moderna planta con capacidad para 600 vacunos y 1200 lanares.

   Esa situación de generar fuentes de trabajo llevó a la municipalidad de Coronel Rosales a alentar a la firma a la compra de tierras dentro de ese partido, ofreciendo una eximición de impuestos por 17 años. Viñuela completó la estructura, realizó una perforación para agua y llevó una línea de media tensión. Hasta ahí llegó.

   A nadie sorprenderá decir que cambios en el mercado económico y financiero del país afectaron el avance de la obra. Primero hubo un hecho fortuito. Un incendio afectó las instalaciones de la firma en Grúnbein y la obligó a direccionar recursos para su la recuperación. En 1978 llegó un segundo golpe para el proyecto: la Comunidad Europea modificó las condiciones de exportación de carnes argentinas, con lo cual el nuevo frigorífico perdió "su razón empresaria". En un par de años el proyecto quedó definitivamente desestimado y el edificio y las tierras aledañas a la venta. Hubo algunas primeras ofertas, consultas y propuestas. Pero la operación recién se concretó en 2018, 40 años después de paralizada la obra.

   Más que el edificio, los adquirentes del lugar se interesaron en las 98 hectáreas del predio, ideales para un loteo y la conformación de una nueva urbanización.

   El arquitecto Ignacio Torrontegui, secretario de Obras, Servicios y Planeamiento de la municipalidad de Coronel Rosales, confirmó a este diario que ya está realizada la presentación del emprendimiento en el Concejo Deliberante, "un barrio con características de barrio parque".

   La presentación, que data de hace más de un año, plantea un loteo de 700 parcelas, con varios espacios públicos, una adecuación a la topografía del lugar y el reuso de la vieja estructura de hormigón. El arquitecto Sebastián Blanco, cuyo estudio lleva adelante el proyecto, mencionó que hubo una primera idea de destinar la estructura para construir un establecimiento educativo pero que finalmente eso se descartó y ahora se considera para el desarrollo de un geriátrico. "La estructura está en buenas condiciones, no hay dificultades para readaptarla", indicó.

   Han pasado 45 años desde que comenzó la excavación para las fundaciones del frigorífico. Nadie imaginaba entonces que en el lejano 2019 el lugar todavía estaría buscando su verdadero destino.