Bahía Blanca | Sabado, 01 de octubre

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Los mates que podrían haber cambiado la historia de terror

La testigo que declaró haber visto a Katherine el día después de su desaparición vive con miedo a la policía.
Fotos: Emmanuel Briane-La Nueva.

Por Damián Vallejos

dvallejos@lanueva.com


   El Sol entraba al mar. Eran las 6 y un poco más del lunes 18 de mayo. Katherine caminaba por la vereda de Puerto Madryn al 900. Saludó al loro de Blanca Danunzio, como lo hacía siempre, y él le respondió.

   Blanca notó que se había olvidado al animal afuera de la casa. Salió, vio a “Kathe” y entró otra vez. Lo único que le llamó la atención es que la chica asesinada horas después tenía un “shorcito” y no hacía tanto calor como para vestirse así. Hoy lamenta no haberle gritado para invitarla a tomar unos mates. Aunque tampoco solía hacerlo. Y capaz ni la escuchaba: iba, como siempre, en su mundo con el celular y sus auriculares.

   A la mujer, de 49 años, solo la separa una casa de la de Juan Carlos “Canini” González. Vio el linchamiento en primer plano. Le retumba en la cabeza el ronquido que escuchaba cuando la vida del anciano se apagaba en el piso, rodeado de decenas de personas que le gritaban, le pegaban, lo mataban.

   Declaró sin tapujos sobre lo que sus ojos captaron y dice que comenzó a recibir amenazas telefónicas.

   Se siente insegura y no confía en la policía de Monte Hermoso. Por eso, dentro de tanta tristeza, miedo y preocupación, está algo feliz de que la custodien efectivos bahienses. No puede soportar la idea de que, en algún momento, esos cuidadores se vayan.

   “Voy a comprar un arma y al que pase la reja de noche le voy a disparar. Sé que me van a venir a buscar”, dice.

   Blanca no sale de su casa sin sus hijos: tiene tres. Solo escapa al perímetro que armó la policía en la cuadra para hacer algún mandado. Afirma que muchos vecinos “saben cosas” y no se animan a declarar. Ella está segura de que “Don Canini” no mató a “Kathe”.

-¿Me presta la carretilla, Don Canini?

- Mirá, la tengo llena de ladrillos, por favor esperá a que venga mi nieto que la vacíe porque yo no puedo hacer esfuerzos.

   “Kathe” era grandecita y el viejo no tenía posibilidad de cargarla, cuenta Blanca. Ni podría volver a subir el médano en el que apareció el cuerpo. Además, estaba “podrido de las pibas” que pasaban todo el día escuchando música y gritando en la piecita que él le alquilaba a Daiana Sánchez, la principal sospechosa del crimen.

   “Mirá en el quilombo que me metieron estas pendejas”, cuenta Blanca que le dijo Canini González cuando allanaban su casa, dos días antes de la aparición sin vida de Katherine.

   Blanca es la esposa de Heber Hurst, el segundo jefe de los bomberos voluntarios. Tiene 45 años y fue uno de los primeros en ver el cuerpo semisepultado de Katherine, a 150 metros de su propia casa.

   Heber camina y lo saludan todos. Es también uno de los mecánicos del pueblo. Muy querido por sus vecinos, quizá los mismos que le tiraban nafta cuando intentaban apagar los incendios en esa noche inolvidable.

   Serían las 8 o por ahí de ese sábado 23 de mayo, no lo recuerda con exactitud. Él estaba a 300 metros del médano en el que el cuerpo de Katherine se escondía. Junto a la Policía Científica analizaban pelos parecidos a los de la chica. Ahí recibió el llamado de uno de sus chicos. Habían encontrado una remera parecida a “la de la foto de Facebook”.

   “Sigan buscando”, respondió. No esperaba muchas novedades, ya que días atrás habían revisado, dice, muy bien la zona y no encontraron nada. Pero el teléfono sonó otra vez. Y no habían pasado ni dos minutos.

- Heber bajamos un médano y hay mucho olor a podrido. Encontramos tierra blanda y cuando la pisamos sale todavía más olor.

   El examen del pelo ya no era importante. Los bomberos salieron disparados y Científica siguió atrás. Bajaron el enorme médano con los perros. Los animales se quedaron quietos, no necesitaban más evidencia. Movieron la tierra, vieron la cara: era “Kathe”.

   Pese a que está de alguna manera acostumbrado a ver cuerpos, Heber no lo olvidará jamás.

   “Uno tiene hijos, nietos. Empezás a pensar en muchas cosas y se te aflojan las rodillas”.

   Por supuesto, la realidad lo obliga a Heber a tragar sin saliva y seguir, cuenta.

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