SERVIR PARA SER FELIZ

Una vida de perros y amores

20/12/2015 | 00:15 |

Del árido monte santiagueño a Villa Nocito. Del sufrimiento extremo a la dicha y la solidaridad. César Armando Décima, el Pocho, es un cotidiano protagonista de la ciudad que se juega por los chicos de su barrio.

El "trofeo" de un campeón de la perseverancia. El Pocho se aferra al diploma que le entregó la Protectora de Animales.

Por Ricardo Aure / Haure@lanueva.com

El silencio del monte santiagueño se rompe de un balazo.

—¿Qué le hazzz hecho al Pochiiito?

Nicolás González, el abuelo, no puede decir nada más. Corre hasta el sulky y carga el cuerpo de su nieto agonizante, todavía aferrado a su perrito negro. Como puede atraviesa unos 3 kilómetros hasta la ciudad más cercana, Termas de Río Hondo. En la casa velatoria le advierten que el corazon aún late. Corre al hospital. Al Pocho le inyectan suero y en una ambulancia se lo llevan a San Miguel de Tucumán.

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En Villa Nocito, casi como en el monte santiagueño, el polvo es esclavo de los antojos del viento. Tan lejos del rancho de adobe y techo de ramas de palmera donde nació, casi nadie sabe que el Pocho tiene nombre (César Armando) y apellido (Décima). Lo que muchos saben es que cada día se toma dos colectivos para llegar hasta cerca del Bahía Blanca Plaza Shopping, donde hasta el anochecer pide las monedas que le permiten sostener “Corazones solidarios”, el comedor comunitario que abrió en su humilde casa de la calle Francia 2227, y que impulsa junto a Paola Vergara.

—Gracias a Dios tengo una mujer de oro –-dice abrazado a “Manchita”, mientras disfruta del “muy intenso” afecto de “Samanta”, “Tomy” y “Zaira”, los perros que rescató de la calle.

Paola es bahiense. Tiene 31 años y hace 10 que se casó con el Pocho.

Ella dice que es el amor de su vida. Él dice lo mismo.

Ella no puede tener hijos biológicos pero con el Pocho tiene decenas de hijos del corazón; son los que reciben la merienda y apoyo escolar cada lunes, martes y miércoles, y el almuerzo de los sábados. Y que el domingo 27 están invitados a a una gran cena navideña con muchos juguetes de regalo. El Pocho será el asador y el mismísimo Papá Noel. Todo al mismo tiempo.

—No tenemos ayuda oficial y tampoco socios que pagan una cuota. Con las tareas nos ayudan algunos chicos voluntarios del barrio. Empezamos hace 6 años y esto me ayudó a superar un fuerte estado depresivo -–cuenta Paola, empleada en un hogar geriátrico.

—Gracias a Dios por esta mujer de oro -–repite él.

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El Pocho tenía 6 años aquella tarde de 1971, cuando le salvó la vida al perro negro mota que su primo, Rubén González, trató de matar convencido de que le comía las ovejas. Después de 7 meses inconsciente en un hospital tucumano, y con una bala de revólver 22 corto en la cabeza que nunca le pudieron sacar, él también pudo salvar la suya.

Fue dura la vuelta al monte. Estuvo a punto de quedarse mudo y su brazo derecho se quedó inmóvil. Volvió a hablar a los 12 años y a caminar, a los 15.

El chango, con sus padres separados, se crió con el abuelo Nicolás. Su primo Rubén terminó matando al perrito negro.

—Yo quería mucho a ese perro. Él me acompañaba cuando salía a juntar choclos por el campo. A mi primo lo vi una solita vez más y sé que está muy enfermo... pero no puedo dejar de tenerle rencor.

A los 18 años, el Pocho se radicó en Buenos Aires con su abuela de 114 años, Gregoria Isolina González, que sufría de arterioesclerosis. Vivieron en Boulogne y luego en Longchamps. Fanático de Boca, tenía un pase libre para ver los partidos que se jugaban en La Bombonera. Mientras tanto, se ganaba la vida vendiendo canastas, abanicos y costureros santiagueños que armaban en familia. En San Luis, donde estuvo un tiempo como parte de su peregrinaje de vendedor ambulante, al Pocho le ofrecieron operarlo para extraer la bala. No se animó. Después, las “excursiones de ventas” se extendieron en tren y colectivo por el sur. Incluso llegaron hasta Río Gallegos y El Calafate.

Corría 2003 cuando, de paso por Bahía Blanca, Paola, que trabajaba como mucama, se le cruzó en el camino. Se conocieron en una pensión de Saavedra 34, donde ella en sus ratos libres cuidaba a los hijos de las prostitutas. También mantenía una infeliz relación de pareja.

El Pocho siguió yendo y viniendo, pero no tardó en sentir que aquí estaban su destino y su gran amor. En 2006 se reencontraron en la Plaza del Sol y se casaron el 14 de julio.

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Pensionado por invalidez, cada mañana el Pocho vende bolsas de consorcio por las calles. Y cada tarde, con una urna y dos botellas de agua, se sube a un colectivo de la línea 516 y a otro de la 519A.

—La gente me ayuda con lo puede, a veces hasta con 10 o 25 centavos. Junto unos 150 pesos por día y con eso compramos la comida para los pibes. Eso sí, tengo que estar muy atento porque los autos pasan muy ligero. Pero no me quejo. Puedo ayudar y eso es un privilegio, porque en el barrio se nota más pobreza. Vamos a ver qué hace el nuevo presidente.

Nunca pudo aprender a leer y escribir. Dice que le cuesta memorizar y que apenas distingue los números y las letras. Por eso tratar de andar solo por las calles que conoce.

Hace más de 20 años que no vuelve a Santiago del Estero. Aquel changuito que casi pierde la vida por salvar a su perro, 44 años después la disfruta en Villa Nocito entre el amor de Paola, el amor de los chicos pobres y los de sus amores perros.

Gracias a Dios.

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