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La rebelión de Ayn Rand

Por María del Valle Alvarez Gelves.

 Si los pensadores y filósofos de la antigüedad, hoy llamados "clásicos", significaron un punto de inflexión en la organización de las sociedades actuales, el pensamiento de la filósofa objetivista Ayn Rand promete convertirse en una rebelión ante el estado general de cosas de las sociedades modernas.




 Cuando hablo de rebelión me refiero a su manera de redefinir todas las categorías de pensamiento que atañen a la vida del individuo en sociedad, posicionándolo como epicentro de un protagonismo que, hasta la actualidad, fuera ejercido por "la sociedad"; esa sociedad representada por una opinión pública que --según define Rand-- es una masa susceptible de ser manipulada debido a su inacción, por gobiernos con tendencias al colectivismo, al dirigismo, al autoritarismo.
"¿Cómo puede un hombre atreverse a disentir? ¿Con qué derecho?", le hace decir a uno de sus personajes, y agrega que "las personas no están dispuestas a admitir la verdad o la razón".





 Por eso afirma que "el único propósito correcto, moral de un gobierno es la protección de los derechos del hombre, y esto significa protegerlo de la violencia física, proteger su derecho a la vida, su libertad, su propiedad privada y la prosecución de su felicidad. Sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible".




 En ese esquema de pensamiento, Ayn Rand alude a los gobiernos populistas como "saqueadores" o "parásitos mentales" que pretenden regular la vida de los emprendedores, pensadores, productores, creadores, y de todos aquellos que se atrevieron a preguntarse el porqué y el cómo del mundo que los rodea; gobiernos que desprecian el esfuerzo y el mérito del trabajo bien realizado --su excelencia, los "aristócratas del trabajo"-- como el único medio creador de la riqueza que hace sustentable y genera desarrollo en un país. "No era una inteligencia superior lo que desafiaba, sino la ineptitud: una gris sustancia algodonosa", un adversario que no le parecía "digno de la lucha ni de la victoria", diría la protagonista de La rebelión de Atlas.




 Sus novelas filosóficas refieren en general a la existencia de individuos heroicos cuyas acciones y valores están basados principalmente en su capacidad para razonar y buscar aquello que les confiera felicidad fundamentada en esos valores racionales.




 "Existo, luego pienso", afirma, y sustenta su análisis en el egoísmo cuyo concepto, la mencionada autora redefine en su libro La virtud del egoísmo, publicado en el año 1961, en el que señala que, según la idea popular, "egoísmo" es sinónimo de maldad, de una persona sin escrúpulos. A esa definición, sin embargo, contrapone la básica del diccionario que se refiere a "la preocupación por los intereses personales", pero no sobre si los mismos son buenos o malos, porque sería un problema a resolver por la ética. Sí explica qué considera bueno y malo.




 En ese sentido, critica la "ética del altruismo" --"saqueadores del espíritu"--, por haber tergiversado el concepto de egoísmo llevándolo a la categoría de que es malo ser egoísta: toda acción realizada en beneficio de los demás "es buena" y en beneficio propio "es mala". Pero --agrega--, "dado que la razón es el instrumento básico que tiene el hombre para sobrevivir, aquello que es apropiado para la vida de un ser racional es bueno; aquello que la niega, la entorpece o destruye es malo". Por eso señala que los factores esenciales para la supervivencia apropiada de un ser racional, lo bueno, son "el pensamiento y el trabajo productivo".




 En ese contexto se refiere a un tema recurrente en sus obras, como es el de los "empresarios productores", a quienes malintencionadamente se los considera "inmorales" por amasar grandes fortunas, a lo que responde que sólo un esclavo puede trabajar sin el derecho al producto de su esfuerzo. "El trabajo productivo es el propósito fundamental de la vida de un hombre racional, el valor central que integra y determina la jerarquía de todos sus valores. La razón es la fuente, la precondición de su trabajo productivo. El orgullo es el resultado".




 Orgullo --señala Ayn Rand-- como reconocimiento del hecho de que uno es su mayor valor, de no aceptar una culpa inmerecida. Vivir egoístamente significa que el propósito moral más elevado del hombre es el logro de su propia felicidad. Ese "estado de conciencia que proviene del logro de los propios valores".




 Rand también advierte que nadie debe sacrificar sus propios valores por nadie, y apela a la capacidad de razonamiento de los demás al expresar: "No viviré para nadie ni permitiré que nadie viva para mí", idea que queda de manifiesto en sus libros La rebelión de Atlas y El manantial. En este último hace hablar a su protagonista Howard Roark, un arquitecto, a través del siguiente diálogo: "--No sólo no le preocupa lo que piensan los otros, cosa que podría parecer incomprensible, sino que ni se preocupa por hacer que piensen como usted. --No. --Pero eso es monstruoso. --¿Sí? Es posible. No podría decirlo--contesta Roark".




 En La rebelión de Atlas, la escritora, de origen ruso, exilada en Estados Unidos, es donde pone más en evidencia su filosofía objetivista, y donde queda de manifiesto su lucha contra el intervencionismo estatal y la defensa de los derechos individuales. "Pretenden ponerme condiciones al dejarme sin la oportunidad de elegir, quieren que mi negocio descienda al nivel de su incompetencia", dice un empresario de la novela.




 En el libro mencionado, Rand redefine conceptos básicos como el dinero, la libre determinación de los individuos, el orgullo, la autoestima, el trabajo, el amor, la función del gobierno, la libertad, la propiedad, el trabajo, los sindicatos, dándoles una trascendencia desconocida hasta ese momento.




 Sus personajes se dividen entre aquellos que muestran un resentimiento sin límite hacia la existencia y la vida en la tierra y aquellos otros, los creadores, para quienes la vida es el escenario perfecto para lograr cualquier cosa que desee, siempre que funcione según la naturaleza del hombre, el universo y su correcta moral. Estos creadores son representados a través de una ilimitada y gozosa energía, una vitalidad rara en estos tiempos, porque su "fuerza es la fuerza que da la certeza". "No sabía que Ud. fuera tan tolerante. Yo no lo soy", dice Dany Taggart.




 Ellos, los creadores, son además grandes intransigentes para quienes no existen los grises porque, en la filosofía randiana, el "gris" encierra una contradicción en sí misma: "Si no hay negros o blancos, tampoco habrá grises, ya que es una mezcla de los dos" --concluye--. Por eso insiste en reiteradas oportunidades que no se guían por las "opiniones" sino por el "juicio individual" de los hechos, la capacidad de razonar. Y subraya la idea: "La experiencia de una sensación mayor aún que la felicidad: la bendición de ser uno mismo, de estar enamorado del hecho de existir en este mundo". Sin embargo, contrapone la impotencia que suele atacar a los "creadores" al afirmar que, si bien el pensamiento es un arma para actuar, ya no es posible utilizarla porque, con la presencia de los saqueadores, no había acción posible ni tenía opción para elegir. Y vuelve a insistir en que "la sensación culminante de la existencia no es confiar sino saber". "No existen pensamientos malvados excepto uno solo: el de no querer pensar", concluye.




 Rand advierte además sobre las consecuencias negativas derivadas de las políticas donde "la necesidad" y no "el logro" es la fuente de todo derecho. Que no hay que producir sino necesitar como paradigma de lo moral. Por eso afirma que "para quedar situado encima de la justicia, de los principios y la moral, en un lugar donde todo es permitido, todo lo que hace falta es tener necesidad". De ahí que sus protagonistas sean individuos, hombres de mente intransigente y de ambición ilimitada, enamorados de sus vidas.




 Finalmente, para Ayn Rand la riqueza es el medio para expandir la vida y propone dos alternativas para conseguirlo: "produciendo más o produciendo más de prisa", lo cual redundaría --y apela a una metáfora: "fabricar tiempo"-- en el mayor goce y disfrute de los individuos, "agregando a sus vidas tiempo libre".




 Si la verdad es el reconocimiento de la realidad y la virtud básica del hombre es el pensamiento del cual derivan incluso las emociones --según la filosofía de Rand--, entonces, "cuando vea que el comercio se hace, no por consentimiento de las partes, sino por coerción; cuando advierta que, para producir, necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencia más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare en que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada".

María del Valle Alvarez Gelves es periodista.