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Víctor Ayos dejó honestidad y autenticidad profesional

Hacía ya tiempo que una cruel enfermedad terminal había alejado a Víctor Ayos --fallecido el pasado 22 de abril-- de una escena tanguera en la que luciera un estilo de bailarín respetuoso de sus orígenes, pero a la vez cargado de permanente creatividad. Iniciado en el folklore en la compañía del Chúcaro, recaló luego en el tango como coreógrafo de los espectáculos de Mariano Mores, para definitivamente crear su propia escuela de danza, acompañado de su esposa Mónica, ex alumna suya y pareja de danza desde 1971, mientras se convertían en padres de la vedette y actriz Mónica Ayos.


 Hacía ya tiempo que una cruel enfermedad terminal había alejado a Víctor Ayos --fallecido el pasado 22 de abril-- de una escena tanguera en la que luciera un estilo de bailarín respetuoso de sus orígenes, pero a la vez cargado de permanente creatividad.


 Iniciado en el folklore en la compañía del Chúcaro, recaló luego en el tango como coreógrafo de los espectáculos de Mariano Mores, para definitivamente crear su propia escuela de danza, acompañado de su esposa Mónica, ex alumna suya y pareja de danza desde 1971, mientras se convertían en padres de la vedette y actriz Mónica Ayos.


 A partir de allí, Víctor paseó su puntillosamente elaborado espectáculo por distintos escenarios internacionales, amén de lucir en la escena porteña y en giras por el interior del país.


 Particularmente, su paso por distinguidos reductos de Estados Unidos le significaron fama y bienestar económico, aunque el dinero nunca dejó de tener fugaz paso por sus bolsillos.


 "Gané mucha plata de la que valía (en billete verdes) pero la mayoría de ella quedó en Las Vegas y en las patas de los burros", admitiría sin culpas, casi como un balance de su vida, cuando ya luchaba con el irreversible mal que afectó su salud.


 De claros conceptos pedagójicos en la enseñanza del baile, conceptuaba que "uno siempre puede aportar cosas nuevas, para quienes recién empiezan y para quienes saben mucho, y a la vez aprender de ellos", para afirmar que pese a acumular cincuenta años de experiencia en la danza, "siempre estoy aprendiendo algo".


 Solía quejarse también de los oportunistas que "aprenden dos pasos de tango, se hacen una tarjetita y salen a enseñar".


 "Lo bueno de enseñarle a la gente es que aprenda a respetar los tiempos, a ser limpios con los pasos, a guardar el equilibrio, a que si bien la mujer tiene que ser creativa, debe aceptar los códigos de marcación que impone el hombre", reflexionó alguna vez, marcando códigos establecidos como fundamentales y que consideró no siempre respetados por quienes suben a un escenario a bailar tango.


 Víctor Ayos se fue dejando el ejemplo de un hacer profesional honesto y basado en una manera de sentir lo suyo que le permitió atravesar diferentes etapas del tango con definidos rasgos de autenticidad.