EL DIA QUE NUNCA OLVIDARE Hoy: Magdalena Rust y Jacobo Hecker
El silencio de Monte La Plata
Perdura la calle, de mil metros de largo por treinta de ancho, bordeada por voluminosos eucaliptos. Tras ellos, las viviendas de cuatro o cinco familias dan testimonio de que la colonia Monte La Plata aún existe, pero como una sombra de lo que fue. Al contemplar su viejo ejido, la mirada comprende que es mucho más importante su pasado que su futuro.
Los símbolos de la decadencia asoman en todas partes. En el gran silencio, en las paredes fracturadas por el tiempo que ya nada protegen, en los exhaustos aljibes que, para aliviar la escasez de agua, aprovechaban la poco generosa que prodigaba el cielo.
A pesar de su mutismo, las ruinas no callan. Hablan del esplendor perdido. La solitaria casa que perteneciera a la familia de Ignacio Haag, invadida por la maleza, degradada en su estructura, manifiesta que alguna vez aquí se alentaron grandes esperanzas.
Hubo épocas de fertilizantes lluvias a las que sucedieron otras en que la tierra estéril era incapaz de proporcionar sus codiciados frutos. Y cuando la sequía agobiaba los campos, la provisión de agua a los colonos dependía de la perforación de Adam Haag.
La colonia se instaló, sobre un predio de cien hectáreas, a una legua de lo que hoy es el pueblo de Teniente Origone. Los primeros pobladores, los Martz, los Gass, los Melinger, los Schwamm, los Fibiger llegaron desde Coronel Suárez el 9 de marzo de 1906, luego de atravesar los rudimentarios caminos de la pampa.
Con la presencia de ellos, esta improvisada arteria única que empalma con la inmensidad, se pobló de resonancias europeas aportadas por las versiones dialectales alemanas. Provenían originariamente de las estepas del Volga donde habían iniciado las vicisitudes de su emigración.
Más tarde, al redoble de los cascos, el mugido de las lecheras y el gemido del viento, la calle fue sumando el tableteo de los Forté y de alguno que otro Overland, Chevrolet y Buick. El progreso entraba en ella.
Hoy la imagen es distinta. Da la sensación de que ahora la mayor actividad social de la Colonia se refleja en su viejo cementerio de 1909. En él convergen los cauces del pasado y del presente. A los nombres germanos que registran las primitivas lápidas se fueron sumando otros de diverso origen, procedentes de localidades vecinas. Desde su habilitación, un sector fue reservado a los angelitos, los niños que, muchas veces, por carecer de atención médica, morían tempranamente.
Un corto sendero sinuoso separa la calle residencial del cementerio.
A pesar de lo que acabamos de decir, Monte La Plata aún existe. Hasta tiene un pequeño museo donde cultiva su historia. Funciona en la ex escuelita alemana. Hay libros, registros, testimonios del pasado y unas fotografías que nos miran desde la irreparable ausencia. Sus sonrisas congeladas en el tiempo nos enfrentan con los entusiasmos pasajeros, fugitivos, de la existencia.
En medio de los símbolos caducos, encontramos un edificio perdurable, vigente aún. Es la pequeña iglesia consagrada al Sagrado Corazón de Jesús. Fue construida con gruesas paredes de adobe. Su interior --iluminado por seis ventanas que se reparten entre el sol naciente y el poniente-- es un ámbito policromado. Ocho columnitas de hierro sostienen el techo de la nave que en el cielorraso insinúa tímidos matices góticos. En la modesta cabecera, detrás de los bancos y a espaldas de la feligresía, alza su espacio el coro. Desde allí elevaron sus himnos de gratitud y sus plegarias musicales los colonos alemanes.
Afuera, sobre una rústica estructura de madera, dos campanas, la chica y la grande, permanecen expectantes. Hacemos oscilar el badajo y responde intacta la nítida voz del bronce.
La vida de la colonia se ajustó en sus años de esplendor a los ritmos y los ritos inducidos desde el campanario. Antolina, hija de Máximo Scherger, fue durante largo tiempo la campanera. El primer tañido se oía a las 6 de la mañana y el último a la caída del sol. El Angelus señalaba el momento de recogerse en el hogar, rezar la oración vespertina y disponerse al descanso reparador.
Cuenta Norman Peinemann en su minuciosa investigación sobre los orígenes y la evolución de Monte La Plata que la muerte de un miembro del grupo se anunciaba mediante el repique alternado de ambas campanas. Primero la grande, luego la chica y finalmente las dos juntas.
La capilla se construyó entre 1913 y 1914. La fiesta de su patrono, celebrada el 10 de junio, daba lugar a expresivas manifestaciones que incluían la colocación de dos grandes arcos cubiertos con ramas y flores sobre esta calle donde se efectuaba la procesión.
Similares expresiones de fe se registraban en otras fechas caras al fervor religioso, como Semana Santa y Corpus Christi. La religiosidad de los colonos se evidenciaba hasta en el saludo diario : "Gelobt sei Jesus Christus". Alabado sea Jesucristo.
Hoy la única procesión que avanza por la calle y se detiene en todos los rincones, es la del silencio.
Memorias de los días de esplendor
A la valiosa profusión de datos que nos proporciona Peinemann en su libro, procuramos sumar las vivencias de quienes de algún modo estuvieron vinculados con los tiempos florecientes de Monte La Plata. Este camino nos conduce a la presencia de un matrimonio. Lo integran Magdalena Rust y Jacobo Hecker.
Ella hizo propio el sentimiento de la colonia, a través de su padre Jacobo Rust, quien llegó desde muy lejos en busca de un destino promisorio. Era muy joven aún. Tenía apenas 15 años el día en que se despidió de su Rumania natal.
--Su padre había muerto en la guerra cuando él tenía dos años --dice Magdalena--. Y a los 15, al morir su madre, su hermano mayor, con el afán de proporcionarle un horizonte más feliz, aprovechó el viaje en barco a nuestro país de unos amigos y lo mandó con ellos.
"El único recuerdo de su familia que traía era una pequeña foto de su madre, Cristina, que ella le entregó antes de morir, para que no la olvidara. Por eso a mi hija le pusimos el mismo nombre: Cristina.
"Aquí mi padre pudo vincularse con los alemanes de Monte La Plata. El también era de origen alemán. Un matrimonio que había progresado en el lugar, los Haag, al ver que era un muchacho educado, respetuoso y trabajador, le dio albergue y lo trató como si fuera un hijo".
Con su propio esfuerzo, Jacobo logró reunir dinero suficiente para cumplir con su mayor deseo: volver a reunirse con los seres queridos que había dejado en Rumania. Y a los siete años de haber llegado, emprendió el retorno.
--Pero se encontró con que no quedaba nadie de su familia, ni siquiera su hermano. Decepcionado, dos años más tarde resolvió regresar a Monte La Plata. Mucho después recibió una carta de su hermano, quien se había enterado de su frustrado viaje. Y siguieron escribiéndose hasta que, poco a poco, dejaron de hacerlo --relata Magdalena Rust.
De nuevo en su hogar adoptivo, Jacobo volcó el fruto de su trabajo en la compra de un campito en Stroeder, donde conoció a Elisa Simpel, descendiente de alemanes, con la que formó su propio hogar. Tuvieron nueve hijos. Lazos suficientes como para no pensar más en Rumania.
"Mi padre siempre nos hablaba de Monte La Plata, donde tenía sus mejores amigos y adonde solía regresar con frecuencia.
"Vivíamos muy felices. No había casi máquinas en el campo. Yo andaba mucho a caballo, ayudaba a ordeñar, a carnear, a hacer la parva de pasto. Mi papá compró un Forté que durante la guerra estuvo parado por falta de cubiertas. Después lo vendió y desde entonces anduvo en un carrito que usaba para ir al pueblo".
En un casamiento rural, Magdalena conoció al segundo Jacobo de sus afectos. El había asistido porque la futura esposa era su prima. Fue amor a primera vista, pero concluida la fiesta, la distancia se interpuso entre ambos y Cupido debió continuar su ardua tarea a través del correo oficial. Apenas si pudieron verse un par de veces más. Era suficiente.
Se casaron al año. Ese día cayó sobre la aridez regional toda el agua que hacía falta y mucha más. Los caminos se tornaron intransitables y ni siquiera los suegros de Magdalena, a quienes ella no conocía, pudieron asistir a la ceremonia.
El viaje de bodas los condujo a Bahía Blanca donde los aguardaba el tradicional hotel Victoria. Luego de los paseos habituales y de la rigurosa foto en Arte Moderno, a empezar la vida nueva en el campo cercano a la Colonia, donde Jacobo se había encargado de construir su primera casita.
Tras el duro trabajo cotidiano, el rito dominguero consistía en levantarse a las 3 o las 4 de la mañana, preparar las cosas de la casa y viajar en sulky a la colonia para asistir a la misa. Uno de los pobladores asistentes a esos oficios, muy joven aún, se convertiría en el padre Gregorio Martz, sacerdote que la colonia sumó a la Iglesia.
--Yo quería conocer a doña Catalina Haag, la mujer que había cuidado a mi padre --dice Magdalena--. Ella tenía ya 90 años, pero estaba completamente lúcida. La encontré el día en que en un galpón de la Colonia se celebraba un casamiento. Era muy simpática. Terminada la fiesta, me dio una lámpara a querosene y me pidió que la acompañara a su habitación para contarme cosas sobre mi padre.
"Me dijo que cuando apareció en Monte La Plata, daba la impresión de ser un muchacho bueno y honesto. Le ofrecieron trabajo. Era tan respetuoso que jamás le escucharon pronunciar una palabra obscena. Y llegaron a quererlo y ayudarlo como si fuera un hijo.
"Nunca le oí a mi padre una expresión incorrecta. En mi casa mi madre hablaba en un dialecto alemán. Mi padre en otro. Yo entendía los dos. Cuando me llevaron al Colegio María Auxiliadora de Bahía Blanca, yo no conocía una sola palabra en castellano. Y al terminar las clases y volver a mi casa, había olvidado el alemán".
Como si fuera poco, Magdalena debió enfrentar un tercer dialecto alemán, este procedente de la región de Odessa, cuando se casó con Jacobo Hecker.
* * *
El esposo de Magdalena, Jacobo, recuerda los días en que la colonia era un enjambre de laboriosos agricultores. Días que asocia a su educación en la escuelita alemana. La pequeña estructura que hoy sirve de museo, recibía decenas de chicos que desafiaban a su futuro argentino estudiando en el idioma alemán de sus progenitores. Poco después, el Estado habilitó allí la segunda escuela oficial del partido de Villarino. Los hijos de los colonos solían concurrir a la mañana a una escuela y a la tarde a la otra.
Se mantiene viva la evocación de aquellos maestros alemanes. Entre ellos Fritz Beineke, que anduvo por aquí en la década del 20. Severo, muy querido y sumamente capaz. A los graves deslices de sus alumnos solía castigarlos con una vara de tamarisco que el mismo culpable debía proporcionarle. Llegó a formar una pequeña orquesta con los músicos del pueblo.
Pero hubo otros que, muy humanos, y a veces demasiado humanos, solían renovar en estas adyacencias distantes de su cultura el viejo romance de los germanos con la cerveza. Más que romance, en ocasiones, pasión.
--En dos diarios alemanes de Buenos Aires se publicaban avisos pidiendo expertos en distintos oficios y profesiones, incluidos los maestros, para trabajar en las colonias. A Monte La Plata llegaba el "Argentinisches Volksfreund" --cuenta Jacobo.
"Atraídos por esas llamadas aparecían postulantes a diversos oficios. Recuerdo especialmente a un maestro que se alojó en nuestra casa. Sabía mucho y nos enseñaba muy bien. Cobraba cinco pesos por alumno, menos a nosotros que le dábamos albergue en nuestro campo, de 200 hectáreas.
"Era alto, grandote. En invierno, después de comer, se ponía su sobretodo de cuerina y salía a caminar, solitario. Todos los días recorría el perímetro del campo, unos 6.000 metros.
"Se mantenía impecable hasta que cobraba la quincena. Entonces, pedía prestado el sulky, ubicaba cómodamente su corpachón en el asiento y se iba al pueblo. A la tarde lo veíamos regresar, manteniendo firmemente de pie el equilibrio sobre el carro.
"Un domingo al mediodía subió al sulky y se fue al hotel del pueblo, donde solía almorzar. Cuando se acercó el mozo, le pidió un cajón de cerveza.
--¿Cómo? ¿un cajón? --tal vez pensó que se trataba de un cajón vacío para sentarse o apoyar algo.
--¡Un cajón de cerveza! Si hay que pagar, aquí está el dinero.
"El mozo le acercó el pesado cajón y el maestro lo ubicó debajo de la mesa. Al rato apareció un amigo, también alemán, con el que iniciaron el almuerzo y una larga charla.
"Finalizado el encuentro, cuando el mozo fue a recoger la mesa retiró, entre otras cosas, el cajón de botellas vacías. Habían bebido toda la cerveza, caliente, sin enfriar, porque entonces apenas había heladeras".
Esa tarde en la Colonia vieron regresar al "maistro" -así lo llama Jacobo-- erguido en el sulky, como si hubiera instalado allí su propio monumento o fuera un gladiador del circo romano que hacía gala de su victoria.
Jacobo recuerda también los años difíciles, sin trabajo, en que sobre los campos, como una erupción de la mala racha, pululaban los linyeras.
--Dormían en las alcantarillas y se acercaban para pedir algo de comer. Como siempre había carneadas, se les daba un chorizo o un pedazo de jamón, con lo que, satisfechos, no volvían a molestar durante unos días.
"Más molestaban los gitanos que iban a pedir plumas de gansos para hacer almohadas y jergones. En las chacras se criaban muchos gansos. Las mujeres los agarraban de las patas y así, colgados, les sacaban las plumas chicas del pecho, mientras los gansos, enfurecidos, les picoteaban las piernas. Después, ya desplumados en esa parte, los soltaban".
Los casamientos --recuerda Jacobo-- se celebraban con el entusiasmo compartido por todos los colonos. El acto oficial se concretaba en algún pueblo de la región, por ejemplo Médanos, y el regreso de los novios era aguardado en la punta de la Colonia, con carros y gente a caballo. En el momento de ingresar los novios en la calle larga, se hacían disparos de escopeta, y desde allí los músicos acompañaban a la pareja, ejecutando alegres partituras, hasta la casa donde el festejo concluía entre rancheras, polcas y valses, con la cena y el baile.
Parte inseparable de la cena eran las las célebres tortas flacas.
--Se hacían pilas de tortas flacas --con levadura, azúcar blanca quemada, leche y manteca- y se servía una sopa de gallina --explica Magdalena.
--El asado no era habitual. Para estimular los ánimos, alguien de la casa, con una botella en la mano, hacía la recorrida convidando a los concurrentes con una copita de caña quemada o guindado casero que debían beber de inmediato, porque la ronda continuaba y de la misma copa bebían todos", cuenta Jacobo, quien opina que el mismo alcohol se encargaba de evitar el contagio de gérmenes nocivos.
Con el fin del año llegaba la gran fiesta: la Navidad. Un escogido chañar joven del monte servía de arbolito, recuerda Magdalena.
--Adornábamos una ventana de la casa que daba al jardín y la dejábamos abierta, porque por ahí iba a entrar el Niño Jesús para colgar los regalitos, en general golosinas o masitas que hacía mi madre. Eramos muy inocentes y pensábamos que en realidad los había puesto el niño Jesús. Tan inocentes éramos que ni siquiera sabíamos de qué manera nacían nuestros hermanitos.
"Como el día en que iba a nacer se llamaba a la 'partera' del pueblo, y ella aparecía con una valijita en la mano, yo creía que allí adentro nos traía al hermanito.
"Horas antes de la Nochebuena esperábamos que mi padre regresara del campo, para que nos autorizara a ver qué había dejado el niño Jesús en el arbolito.
--Pero había un momento --acota Jacobo- en que los chicos se aferraban a las polleras de la madre y lloraban de miedo o gritaban. Era cuando aparecía el Pelcenikel, el Hombre de la Bolsa, un ser malvado que venía a buscar a los que se habían portado mal. No lo veíamos, pero se oía del otro lado de la pared el ruido de las cadenas que arrastraba para atarlos.
"Los que no tenían la conciencia muy tranquila eran los más angustiados. Claro, de ese modo se los incitaba a ser cada día mejor".
* * *
Con el tiempo, los descendientes de los primitivos colonos de Monte La Plata se fueron marchando a pueblos y ciudades vecinas, prometedores, quizás, de una vida mejor. Y la colonia vivió etapas de incontenible decadencia. Hasta que poco a poco, la imagen del baldío reinó en su calle y en sus casas.
El mismo impulso que le dio origen se convirtió en la causa de su fin: la migración.
Magdalena y Jacobo viven ahora en el pueblo de Teniente Origone. Dos hijos continúan trabajando en el campo. Su hija Cristina reside en Bahía Blanca. En una pared de su casa puede verse una fotografía. Es la que antes de morir, la abuela Cristina le entregó a su pequeño hijo Jacobo, en Rumania. Para que no la olvidara.
Leyenda
Jacobo Rust
La ex escuelita alemana.
La iglesia de Monte La Plata.
La calle que concentró la actividad de la colonia.
La casa de Ignacio Haag.
Un largo descanso frente al campo.
Parte antigua del cementerio.
Magdalena y Jacobo en Teniente Origone.