Vida, obra y excentricidades de Justo José Querel
El nombre de Justo José Querel puede leerse en varias fachadas de nuestra ciudad. Para quienes suelen elevar su vista buscando esos detalles que escapan a la visual del peatón, lo encontrarán en el frente de Tribunales, la biblioteca Rivadavia o el club Universitario.
Este hombre nacido en Rosario y criado en Buenos Aires se radicó en Tornquist, en la década de 1920; era empleado de la Compañía de Réditos de la Nación, y pronto se trasladó a Bahía Blanca, donde desarrolló una prolífica carrera como empresario constructor, adquiriendo relevancia al ejecutar obras que hoy pertenecen a nuestro patrimonio arquitectónico.
Su hija guarda nítidas imágenes de esos trabajos.
"Lo recuerdo como si fuera ahora: yo tenía 5 años y me veo arriba del edificio de Tribunales. Fue como si hubiera estado parada en las Torres Gemelas de los Estados Unidos. Nunca había subido a un edificio de esa altura; la visión que tuve me quedó patente...", señala Isabel.
También revive cuando jugaba en el predio que ocupa la biblioteca Rivadavia, en la avenida Colón, mientras se levantaba el edificio. "Siempre andaba metida en la obra. Mi padre trataba muy bien a los obreros, casi todos italianos, quienes me dejaban jugar entre las mezclas...".
Querel era propietario, además, de un aserradero ubicado en Ingeniero White, a pocos metros del complejo de puentes La Niña. "Papá era amante de la madera, en particular del roble; eso puede descubrirse en toda la carpintería que usó en sus trabajos", agrega.
La cantidad de obras que hizo Querel permite suponer que se consolidó económicamente. Su hija corrobora esta presunción, aunque aporta algunos detalles singulares.
"Papá hizo mucho dinero, pero así también lo gastó. Tanto en el arreglo y mejora de su automóvil Lincoln, en comprar la mejor ropa o en detalles como hacerse traer por la casa Escasani los relojes de Europa. Vivió bien y se dio todos los gustos".
En 1934, Querel dejó Bahía Blanca, contratado para construir unas bodegas en Río Negro. En esa tierra inició nuevas actividades, lejos del cemento, entre barcos y yuyos medicinales.
Los aerodeslizadores Querel
Instalado en General Roca, Querel se propuso solucionar el problema de la navegación en los ríos de la región. Para ello diseñó, en 1937, un novedoso aerodeslizador, capaz de navegar en calados de apenas 20 centímetros, a una velocidad cercana a los 200 km/h, impulsados por dos motores de avión de 400 HP cada uno.
Tener sus hélices aéreas les permitía funcionar sin importar el calado ni la velocidad del curso de agua.
El modelo entusiasmó al ingeniero bahiense Adalberto Pagano, gobernador de Río Negro, con quien Querel había construido, en Bahía Blanca, la sede de la sociedad Sportiva, quien consiguió una reunión con el presidente Agustín P. Justo, buscando respaldo económico a un proyecto que, según comentó, "solucionaba la navegación de los ríos Limay y Negro".
Isabel asegura que, pese a que el invento fue exitoso, intereses foráneos impidieron a su padre industrializarlo.
"No logró desarrollarlo porque había en Buenos Aires empresarios que no lo dejaron; por eso se quedó en Río Negro, cuando su idea era imponerlo en todo el Río de la Plata".
Luego de este emprendimiento, y en un nuevo desafío personal, se interesó en el manejo que los mapuches hacían de infinidad de "yuyos" patagónicos, para elaborar mezclas medicinales.
Poco tiempo después, se radicó en Buenos Aires y habilitó un laboratorio modelo, destinado a esa especialidad. Fue trabajando en este tema que lo sorprendió la muerte, la tarde del 6 de abril de 1957.
"Papá era muy intuitivo e inquieto, buenísimo como padre. Tenía una personalidad muy especial", señala su hija, quien tenía 35 años, cuando lo perdió.
Poco después de esta entrevista, Isabel viajó a Puerto Madryn, pero, antes, visitó la biblioteca Rivadavia.
Extraña sensación sintió al reencontrarse con los muros y puertas realizados por su padre hace 70 años, reconociendo con sentida precisión el lugar donde jugó de niña, no entre libros, sino saltando tablones, llenando baldes con arena o trepada en firmes andamios.
Un Lincoln con letras de oro
Justo José Querel era apasionado por el automovilismo. Propietario de un Lincoln de 8 cilindros y 80 HP, dedicaba tiempo y dinero para perfeccionar su diseño, de acuerdo con su propia creatividad.
Así modificó su aspecto, mediante un carrozado hecho en aluminio, logrando desarrollar velocidades superiores con una atractiva línea que atraía a todos los bahienses, cuando Querel recorría las calles.
Su hija sospecha, entre sonrisas, que la mismísima Ford se inspiró en ese trabajo.
"Por curiosidad, querría saber cuándo salieron autos con la forma que papá ideó. Porque, apenas carrozado, viajó a Buenos Aires y la Ford se lo pidió para exponerlo en los salones de la agencia en la avenida de Mayo", recuerda Isabel.
Otro detalle de aquel coche es estrictamente familiar: "En la puerta del Lincoln mi padre grabó, con letras de oro, la palabra "Gabriela", el nombre de mi madre", evoca Isabel.
La casa familiar
Isabel Querel nació en una casona de calle Sarmiento al 200, que ya no existe, pero, al poco tiempo, su familia se instaló en Alvarado y Sarmiento, vivienda construida por su padre que se mantiene casi intacta en su exterior.
La recuerda como una casa "preciosa", con un particular confort.
"El baño era como un sauna. Tenía una bañera con agua que salía por todos los costados... Le hablo de 1930...".
Querel, Aquiles Carabelli y la ropa interior de Rosas
En junio de 1926, apenas iniciados las excavaciones para los cimientos del Palacio de Tribunales, el periódico bahiense "El Régimen", bisemanario político, satírico y de actualidad, realizó una curiosa visita-entrevista a Querel.
"Hemos visitado la obra para conocer las actividades de J. J. Querel. De debajo de una zanja en la que escarbaba como un peludo, apareció todo lleno de tierra, cuando reclamamos su presencia".
De acuerdo con el cronista, el hombre sonrió, mostrando "su clásica dentadura de potro redomón" y dijo:
"Me tiene loco el boticario --Aquiles-- Carabelli, buscando los calzoncillos de Rosas que, según afirma, deben estar petrificados en el subsuelo, pero no aparecen esas prendas históricas", comentó.
Resumió que había encontrado unos hierros viejos de la cochería Londres y una herradura que no era de la caballada de Estomba.
"En aquellos tiempos no se usaban herraduras, que ahora debieran usar los radicales", agregó.
De allí que la iniciativa del boticario de generar un museo a través de lo que Querel encontrara era un fracaso.
"Veinte días llevo metido en las excavaciones como en las ruinas de Pompeya y no encuentro más que cascotes", finalizó.
Mario R. Minervino/Especial para "La Nueva Provincia"