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Una fiesta del humor y la parodia

El Teatro era una fiesta. Efectivamente, espectadores y comediante se unieron en un regocijado convivio, en un feliz reencuentro con el actor que conlleva en sí, tantos personajes familiares al público argentino, pues durante años han frecuentado su casa a través de la televisión. Pero además, el teatro ofrece la posibilidad del contacto directo entre actores y público, lo que proporciona la experiencia única de concretar la presencia aurática del personaje admirado. Si a esto agregamos que Gasalla se entrega a su trabajo con profesionalidad impecable, y ofrece sin interrupciones un espectáculo de casi dos horas de duración, sostenido por su discurso autorreferencial y el desfile de los personajes que él compone, las razones de su éxito son evidentes.
Una fiesta del humor y la parodia . Aplausos. La Nueva. Bahía Blanca


 El Teatro era una fiesta. Efectivamente, espectadores y comediante se unieron en un regocijado convivio, en un feliz reencuentro con el actor que conlleva en sí, tantos personajes familiares al público argentino, pues durante años han frecuentado su casa a través de la televisión. Pero además, el teatro ofrece la posibilidad del contacto directo entre actores y público, lo que proporciona la experiencia única de concretar la presencia aurática del personaje admirado. Si a esto agregamos que Gasalla se entrega a su trabajo con profesionalidad impecable, y ofrece sin interrupciones un espectáculo de casi dos horas de duración, sostenido por su discurso autorreferencial y el desfile de los personajes que él compone, las razones de su éxito son evidentes.


 Aparece con traje de luces y entabla un cálido y respetuoso diálogo con el público, narrándole episodios de su vida personal y artística, con constantes referencias a personajes del espectáculo y de la vida pública nacional. De pronto, anuncia que se va a cambiar y aparece "Soledad Dolores Solari", el tímido y dubitativo personaje que sin embargo asume encontrarse en un escenario, y entonces ofrece un repertorio de canciones variadísimas que en su caótico desarrollo otorga motivos para la risa, especialmente por los constantes cambios de tono y la mezcla de temas y estilos.


 El intérprete, sabedor de que no cuenta con un montaje escénico de revista, que no tiene vedette, ni coristas ni números musicales que amenicen la espera del público, mientras él se debe cambiar y maquillar, opta por cambiarse y caracterizarse en escena, con el cuerpo velado por un biombo bajo, mientras alguien que no vemos, lo asiste. Su rostro y parte del pecho quedan a la vista. Gasalla entonces le explica al público estas circunstancias de la transescena, y cuenta cuentos, y dos fábulas con moraleja.


 Cuando se coloca una cofia de tela, previa a la peluca, pide que apaguen la luz del escenario y cuando inmediatamente la luz vuelve, aparece la tétrica "Yolanda", inválida terrible, madre de una ausente "Marta" a la que invoca para el insulto y la queja constante. Aquí aparece la presencia subsidiaria de Sebastián Borrás que da pie a que "Yolanda" muestre aristas complejas y equívocas de la aparentemente anciana madre inválida.


 Con el mismo ritual, mientras cuenta nuevos chistes, se transforma en "Flora", la tremebunda empleada pública. Nuevamente Sebastián Borrás se convierte en la víctima ocasional del conspicuo personaje. La absurda exigencia de una papelería inútil, lo improcedente de las demandas de "Yolanda" caen en el desopilante disparate, que en la propia ensoberbecida arenga de la inoperante empleada, recibe la condenación del humorista.


 Luego aparece el inefable personaje de "Mamá Cora", que a partir de la obra Esperando la carroza, de Jacobo Lagsner, luego llevada al cine, popularizó Gasalla. Este compone al personaje desde sus toses, sonoridades gástricas y breves expresiones orales cuando todavía la escena está a oscuras, en una suerte de extraescena que anticipa semánticamente su presencia, cuando con la luz, ingresa frente al público. Ahí "Mamá Cora" despliega en su relato la historia de su marginalidad familiar y social, en cuanto su propia familia la ha desterrado a una "piecita en el fondo", y como jubilada, recibe sólo las migajas residuales de un sistema social condenable. Cuenta cómo en el sorteo de PAMI le tocó veranear en junio en Necochea y en febrero en Catamarca, también describe su decepción ante los "paseos" que en la Capital ofrece la misma entidad a los ancianos.


 Estas denuncias al trato feroz que le otorga el Estado a sus jubilados se condice con el desinterés que toda la sociedad, en general, otorga a sus ancianos, y que Gasalla se encarga de remarcar, con la frase: "Los viejos sabemos todas las respuestas, pero nadie nos hace las preguntas".


 La composición física del personaje, en cuanto a su desplazamiento lento y tambaleante en escena, su voz cascada, su vestimenta y sus prolongaciones: la bolsita, la cartera anticuada, la pañoleta raída, y especialmente la interiorización semántica, por parte del actor, de los temas que aborda, hacen de "Mamá Cora", tal vez su personaje más acabado.


 La puesta concluye con Borrás recitando el epílogo y Gasalla caracterizado, reproduciendo ese discurso en un supuesto lenguaje para sordomudos.


 La maestría de Gasalla consiste en saber adecuar diferentes tipos de humor para cada personaje. Desde sabias dosis de humor kitsch en "Soledad", pasando por una truculencia digna de Charles Bukovski en la tenebrosa "Yolanda", hasta la atmósfera kafkiana que logra "Flora" con sus descabellados e improcedentes imperativos y reclamos. En suma, un comediante cabal que posee un histrionismo muy eficaz, puesto al servicio de un sondeo implacable de nuestra sociedad.

Nidia Burgos/Especial para "La Nueva Provincia"