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San Martín no es argentino ¿y Messi?

Solo otra historia simbiótica de formación hispánica, rebeldía criolla y el territorio que los vio nacer.

Este titular corresponde al diario del domingo, no al "diario del lunes". Con el diario del lunes, todos sabemos que San Martín es el más argentino de todos, que Messi lo es más aún, hoy por hoy y, por supuesto, que también lo es Dios. Pero no lo eran. Al menos, no internamente en el origen de su épica.

Uno, el primero, nació en territorio español en América, en pleno Virreinato; Argentina no existía. Hijo de españoles, creció bajo bandera española, educación y costumbres españolas. Luego, muy niño, fue llevado a Europa y educado en escuelas españolas, con compañeros españoles y maestros españoles. Entró en combate por primera vez defendiendo la bandera de la corona, luchó y vio morir a amigos españoles. Así, diecisiete veces. ¿Cómo puede nacer el libertador de la Argentina de este modo? Imposible. Acá no fue.

Messi nació en Rosario, pero el Messi que todos conocemos —el joven fuerte, difícil de derribar, además de habilidoso— se forjó en Barcelona. Fue allá, después del tratamiento médico que le brindaron los catalanes, no los argentinos. Si bien nació físicamente en la Argentina, su educación adolescente, su matriz futbolística, sus compañeros y sus maestros fueron españoles en La Masía. Ese niño que se fue de Rosario era pequeño, muy joven y tenía problemas de crecimiento; de no haber recibido ese tratamiento en el momento justo, el Messi que conocemos y admiramos futbolísticamente no habría nacido. Por lo tanto, el Messi profesional nació en Cataluña, pero sus padres no y su base inicial tampoco. Su ADN era argentino y su necesidad de expresar su gratitud a esa naturaleza de base siempre estuvo presente. Estamos hablando del origen de cada uno y de las razones de sus luchas. Allí donde nacen los grandes capitanes.

Ing. Eduardo D. Mata, docente

Este simple y determinante hecho, el origen, posiblemente explique varias cosas que de otro modo serían muy difíciles de entender o que suelen explicarse de forma controversial, no de forma unánime, respecto a lo que se espera que hagan y lo que efectivamente hacen en determinadas etapas de sus vidas. Por ejemplo: ¿por qué San Martín puso tanto empeño en la independencia pero no se desgastó en la discusión doméstica de las provincias para definir la forma de gobierno? ¿Qué tanto interés visceral tenía en el surgimiento de una nueva y gloriosa nación para la cual su constitución, su forma de gobierno y sus reglas de juego son esenciales, tal como ocurrió en el país del norte? Lo intentó, pero vio por todas partes caudillismos que parecían pequeñas monarquías absolutistas dispersas, y mucho menos comulgó con el centralismo asfixiante del Puerto de Buenos Aires, más diseñado para el contrabando y aplastamiento de los pueblos interiores que para la construcción de esa gran nación. Contra esos nuevos señores feudales no pudo ni quiso hacer nada y finalmente se retiró. ¿Cuándo tuvo la esperanza de lograrlo? Al principio de su aventura americana.

Desembarcó en Buenos Aires un 9 de marzo de 1812. Una semana después ya era teniente coronel de caballería del ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata y tenía la orden directa de crear el mejor regimiento de caballería de tipo europeo que su conocimiento y buen arte pudiera formar. Y lo hizo en nueve meses. Sí, leyeron bien: ¡en nueve meses se creó el Regimiento de Granaderos a Caballo! El mejor de América. Lejos.

Y el 3 de febrero de 1813 tuvo ¿el bautismo de fuego? No, tuvo ¡la prueba de fuego! Hubo granaderos que pusieron su cuerpo y su vida, como los baqueanos Baigorria y Cabral, para salvar la suya. La de su maestro, la de su instructor, la vida del hombre que los convirtió en Granaderos, que les dio su punto de partida en una vida con vocación y potencial de gloria eterna. De alguna forma, esos jóvenes presintieron en ese verano de 1813 que iban a escribir páginas que nadie había escrito hasta ahí. Tuvieron espíritu de cuerpo y de pertenencia; sintieron que eran alguien; sintieron que hubo alguien que los llevó de niños a hombres en nueve meses, el mismo tiempo de gestación de una madre. Una matriz de héroes, un punto de partida definido hacia un horizonte indefinido, infinito, eterno. ¿Cómo no pertenecer? Juan Lavalle, con sus quince años, lloró desconsoladamente y le escribió a San Martín ¡por su honor! por no ser llevado a esa prueba de fuego de ese glorioso 3 de febrero. El día que nació la "Sanmartineta", y al mismo tiempo parió al San Martín argentino. Recién ese glorioso día.

"Podrá haber quien iguale a un granadero; quien lo supere, jamás". ¿Estaba hablando de sí mismo? Como formador de hombres —la faceta menos estudiada de San Martín—, él sabía perfectamente que estaba formando hombres que lo iban a superar (la esencia de los grandes maestros) y que él mismo se iba a ver obligado a igualarlos, al menos. Lo supo cuando vio morir a Cabral y guardó en su bolsillo un botón de la chaqueta del sargento heroico. Lo guardó hasta el día de su propia muerte. Para jamás olvidar que, de mínima, los debía igualar.

El San Martín maestro, posiblemente, haya sido más grande y mucho menos conocido y trascendente que el San Martín general, el San Martín político, el padre, el abuelo o el exiliado. El maestro. El que enseñó a tener sentido de pertenencia, a pelear contra la ignorancia y el analfabetismo antes que contra un enemigo en el campo de batalla; el que enseñó a tener apego a la verdad, respeto a las mujeres y a los desvalidos, a tener odio a los vicios y a la cobardía, a tener amor a la patria que los vio nacer y al compañero que tiene al lado. El que les enseñó a usar el sable como nadie, tácticas y técnicas militares, disciplina espartana, a tener y cuidar el honor, a solo tener miedo a la vergüenza de deshonrar su uniforme, a su cuerpo y a los valores supremos que juró defender. Al momento de gestarse el cuerpo de granaderos a caballo, todos tuvieron la sensación de que pertenecían a algo por lo que no podían ser vencidos ni aun muertos. San Martín ahora sí, es argentino. Recién ahora. No antes.

El secreto formativo radica en la visión compartida de grandeza colectiva y no en pequeñas mezquindades.

¿Y Messi? No ganaba nada importante con la camiseta argentina y ganaba todo con la camiseta catalana; nadie lo podía entender. Esta falta de comprensión le costó el trabajo a muchos. Simplemente no entendieron la importancia del origen, de la matriz que te da la vida y que te hace ser quien sos. Quien obtiene de vos lo mejor que podés ser. Tu mejor versión. A esa matriz le debés la vida y por esa matriz, das la vida.

Messi sufrió una brutal conmoción interna, una contradicción, un choque de planetas entre su origen como jugador (el catalán) y su origen como persona (el argentino). Mientras ese conflicto permanecía y crecía hasta llegar al momento de quedar a merced de su renuncia —ese sablazo letal—, había estado enseñando con su ejemplo personal en valores y su ejemplo profesional como futbolista de escala universal a niños de doce a quince años que crecieron admirándolo, aprendiendo, replicando, momento a momento, detalle tras detalle, tácticas y técnica. Todo. Absolutamente todo. Hasta que, un día, esos chicos surgieron y estaban listos para entrar al campo a dar todo. El gran capitán sobrevivió a aquel golpe y estaba ahí, presente junto a esos, ahora hombres, que crecieron bajo su ejemplo personal, bajo una admiración sin límites. Ahora junto a él, en el mismo campo de batalla. Dispuestos a dar su vida por la matriz que les dio vida. La piedad filial, el vínculo sagrado, la esencia del hombre que más nos acerca a Dios y a la eternidad. La piedra filosofal de la vida. ¿Cómo no defenderla hasta perder la vida si muriendo vivo?

¡Oh! ¡Juremos con gloria morir!, porque es la única forma de no morir jamás. Estos deportistas son los granaderos y Messi-Scaloni-Aimar-Samuel son el San Martín técnico-táctico y estratega. Los jugadores juegan y luchan por y para ellos, y ellos solo tienen que igualarlos. Messi, ahora sí, no los puede dejar tirados ¿a quiénes? ¡a sus "granaderos"! ¡A los que lo hicieron renacer argentino!

Eso es la Scaloneta, una simple historia de educación y formación, una historia de amor y gratitud, de un maestro y sus discípulos. Otra historia de Pietas. Ellos, efectivamente, son los "granaderos" dando su vida por este "San Martín" y este a su vez inmortalizándose argentino, como sus padres, como la tierra que lo vio nacer, esta vez, en el campo de la gloria deportiva.

Eso explica todo. Eso explica el alma de esta selección de fútbol, pero también explica por qué existió un Mosconi, un Savio, un teniente Estévez, un Favaloro, y miles más por todas partes que van a seguir surgiendo desde la impronta sanmartiniana; simplemente porque la matriz que parió a los granaderos es la misma que parió a la Scaloneta: la formación hispánica, la rebeldía del criollo de las pampas y el amor a la tierra que los vio nacer.

Seguirán surgiendo nuevos "granaderos" hasta que estos logren cumplir todos los sueños de su gran capitán y maestro.

Ing. Eduardo D. Mata, docente