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Vaca Muerta va hacia un salto exportador sin precedentes

Acelera su crecimiento en un contexto internacional favorable y se perfila como un jugador clave en el mercado global de petróleo.

El tablero energético global volvió a moverse con fuerza en las últimas semanas y, en ese nuevo escenario, Vaca Muerta aparece cada vez con mayor claridad como uno de los activos estratégicos llamados a cubrir parte de la demanda internacional. 

La combinación de tensiones geopolíticas, precios en alza y necesidad de proveedores confiables está generando un cambio de escala que impacta directamente en la Cuenca Neuquina.

Un informe reciente de la consultora Rystad Energy advierte que la formación podría protagonizar un salto exportador sin precedentes en los próximos años. 

Bajo un escenario de precios sostenidos, la producción de crudo podría alcanzar el millón de barriles diarios hacia el final de la década y escalar hasta 1,8 millones de barriles por día en 2035, una cifra que ubicaría a la Argentina en una posición inédita dentro del mercado petrolero global.

El cambio de contexto internacional explica parte de esta proyección. La suba del Brent, que pasó de valores cercanos a los 60 dólares a comienzos de año a niveles próximos a los 90 dólares, con expectativas de sostenerse en torno a los 100, reconfiguró las decisiones de inversión. 

El rol de Sudamérica en el contexto mundial

En ese marco, Sudamérica comenzó a ser vista como una fuente de abastecimiento relativamente estable frente a las incertidumbres del Medio Oriente.

Dentro de ese mapa, Vaca Muerta presenta una ventaja diferencial: su desarrollo en tierra firme le permite una flexibilidad operativa que contrasta con los complejos y costosos proyectos offshore de países como Brasil o Guyana. 

Esa capacidad de respuesta rápida frente a cambios en la demanda global es hoy uno de los factores más valorados por el mercado.

Pero el salto proyectado no es solo una cuestión de precios. En los hechos, la formación ya ingresó en una fase de aceleración productiva. 

Durante los primeros meses de 2026, la actividad alcanzó niveles récord, con más de 50 pozos iniciados por mes y un volumen de etapas de fractura que superó las 3.000 en el primer trimestre, indicadores que anticipan un fuerte crecimiento en la producción futura.

Este dinamismo no es aislado. En los últimos cinco años, la actividad en Vaca Muerta se triplicó, pasando de niveles incipientes a una escala industrial que empieza a tensionar los límites del sistema. 

La producción de shale oil crece a un ritmo cercano al 20% anual y ya se ubica en torno a los 600.000 barriles diarios, con perspectivas de expansión sostenida.

Sin embargo, el verdadero cuello de botella ya no está en el subsuelo. 

El desafío se trasladó al midstream: la capacidad de evacuar, transportar y exportar ese volumen creciente de petróleo. 

La infraestructura aparece como el principal condicionante para que el potencial productivo se transforme efectivamente en exportaciones.

Importancia del oleoducto VMOS

En ese punto, proyectos como el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) se vuelven determinantes. 

La iniciativa, impulsada por un consorcio de empresas, permitirá ampliar la capacidad de transporte en unos 180.000 barriles diarios en una primera etapa, con la posibilidad de escalar hasta más de 500.000 barriles por día en los próximos años.

La clave no es menor: sin esa infraestructura, el crecimiento de la producción podría quedar atrapado en el sistema. Con ella, en cambio, se abre la puerta a un salto exportador de escala.
Puerto Rosales gana protagonismo con nuevos destinos

Ese cambio ya empieza a reflejarse en la logística portuaria. Terminales como Puerto Rosales registran un aumento sostenido en los embarques de crudo, con envíos cada vez más voluminosos y destinos que comienzan a diversificarse, incluyendo mercados como Estados Unidos y Asia. 

Este vínculo entre Vaca Muerta y los puertos se consolida como uno de los ejes centrales del nuevo esquema energético.

Con la mira puesta en Asia

En paralelo, también se proyecta un cambio en el mapa de destinos. China aparece como uno de los principales compradores potenciales a partir de 2027, lo que anticipa una mayor integración de la Argentina con los mercados asiáticos y un corrimiento del eje tradicional de exportaciones energéticas.

Pero el salto no será automático. El propio informe de Rystad advierte que el crecimiento dependerá menos de la disponibilidad de recursos —que está probada— y más de la capacidad de ejecución, la estabilidad regulatoria y la velocidad para desarrollar infraestructura.

En otras palabras, el desafío ya no es descubrir petróleo ni demostrar productividad, sino sostener un ritmo de inversión que permita acompañar la escala del crecimiento.

En este contexto, Vaca Muerta deja de ser un proyecto relevante a nivel regional para convertirse en un actor con impacto potencial en el mercado global.

El sistema energético argentino, históricamente marcado por la escasez y la dependencia de importaciones, comienza a reconfigurarse en torno a una lógica exportadora.

Si las proyecciones se cumplen, el país no solo podría incrementar de manera significativa sus exportaciones de crudo, sino también consolidar un superávit energético creciente, con impacto directo en la balanza comercial y en la disponibilidad de divisas.

El escenario, sin embargo, plantea una tensión inevitable. A mayor producción, mayor exigencia sobre la infraestructura, la logística y la capacidad de gestión del sistema. 

El riesgo ya no es la falta de recursos, sino la posibilidad de que el crecimiento supere la capacidad de respuesta.

Ahí se juega el verdadero partido de los próximos años. Porque el salto exportador de Vaca Muerta no depende solo del potencial geológico, sino de la capacidad de la Argentina para transformar ese potencial en una operación integrada, eficiente y sostenida en el tiempo.