Bahía Blanca | Martes, 05 de marzo

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La ignorada fe religiosa de San Martín

“Para un liberal masónico, la fe de San Martín es imposible de soportar. Mitre no lo podía ocultar y creó una imagen deshumanizada.”

La sociedad argentina padece una oleada de derrotismo que la atraviesa. Un tal Ocampo osó afirmar  que San Martín careciera de derecho como padre de la Patria, trayendo al presente viejas rencillas sustentadas en las envidias de una esposa demente que afirmaba que San Martín había sido criado como hijo natural de un Alvear con una indígena.  San Martín, para el leguleyo Ocampo, futuro presidente del BCRA: un liberal molesto con la raíz indígena materna del prócer. Y molesto especialmente porque San Martín emprendió toda su lucha política con palos en la rueda puestos por masones y liberales. 

Para un liberal masónico, la fe religiosa de San Martín es una cualidad imposible de soportar. Mitre no lo podía ocultar, entonces creó una imagen deshumanizada inservible de ejemplo a nadie. Por eso motes como “cóndor de los Andes”. Les molestaba el arquetipo humano de San Martín, en especial la arenga a sus soldados al  emprender el cruce de los Andes: “ Pelearemos con los escasos uniformes, o con los vestidos que nos tejan nuestras mujeres. Y si con ellos no alcanzaran lo haremos en pelota como nuestros hermanos los indios”. 

Molestaba en especial su fe católica. En el Estatuto Provisional de Lima, antecedente de la Constitución del Perú, estableció sin falso pudor preconciliar que “la religión católica, apostólica y romana es la religión del Estado”. “Y cualquiera que ataque en  publico o privadamente sus dogmas o principios, será castigado con severidad; nadie podrá ser funcionario publico sino profesa la religión del Estado”. 

No fue masón. Ni liberal. El y sus Granaderos, como Belgrano, Artigas, etc., eran monárquicos. Por eso el sol inca de nuestra bandera. En él había calado muy hondo el fundamentalismo coránico que por casi  1.000 años dominó España, que conllevaba la veneración musulmana por la Virgen María, al punto que ya en el 633 Mahoma consagrara en el Koran la Suna de la Inmaculada Concepción de María, dogma que la Iglesia Católica recién consagró 800 años después. Y en el Reglamento del Ejército de los Andes, como Código de Justicia Militar en su Art. 1º estableció que “quien blasfemare el Santo nombre de Dios o de su Santa  Madre, o insultare la Religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza en público durante 8 días. Por segunda vez, será atravesada su lengua con un hierro ardiente y arrojada del cuerpo”. “Las penas aquí establecidas, se aplicarán irremisiblemente. Sea honrado el que no quiera sufrirlas. La Patria no es abrigadora de crímenes”. Dictado en el Cuartel General de Mendoza, septiembre de 1816. Firmado: José de San Martín. 

Lo que para los liberales, o libertarios agnósticos o masónicos, era un estigma -ancestro materno indígena que también lo tendría Perón con antecedente tehuelche- para San Martín era un orgullo. Y cuando Ocampo le enrostra que era monárquico, es cierto, pero monárquico de la monarquía inca. No de la inglesa que deslumbraba a Rivadavia, Alvear, Echeverría, Moreno y al mismo Simón Bolívar. Estos promovieron la independencia de España para someternos al imperio inglés. Por eso, cuando Matorras -así se hacía llamar en España- quiso volver a estas tierras, Rivadavia lo impidió amenazándolo con gente apostada para asesinarlo. Regresó a Europa junto con su hija, pero como José Francisco de San Martín. Esto no se enseña en nuestras escuelas.