Bahía Blanca | Martes, 09 de agosto

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Un pibe con la remera de Greenpeace en pleno Mar Argentino

Bruno Giambelluca participó de la última campaña del rompehielos Arctic Sunrise en el sitio denominado Agujero Azul, en aguas internacionales donde se realiza pesca indiscriminada. 

Bruno, junto a la activista Luisina Vueso. Fotos: Gentileza Bruno Giambelluca
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Audionota: Juan Ignacio Zelaya (LU2)

   Cientos de luces iluminan la noche, en la línea que divide la plataforma continental argentina con el océano Atlántico. A lo lejos, casi uno al lado del otro, se puede ver y adivinar barcos y más barcos con sus redes en el agua, pescando.
Ilegalmente, claro está. Sin controles, sin permisos; depredando.

   La riqueza ictícola del mar Argentino y la depredación que pescadores de todo el planeta hacen sobre su límite con las aguas internacionales no es una noticia nueva; hace años que ocurre. Y no preocupa solo lo que se llevan; también lo que dejan. A su paso van quedando toneladas de desechos, basura, restos de bolsas plásticas, lámparas quemadas y demás; todo eso flotando en las aguas, camino mar adentro, hacia la costa o hacia el fondo marino.

   “¿Las luces? Solo para dar una idea, pareciera que uno observa el atardecer de manera permanente; es como cuando uno viaja por la ruta de noche y se ve un pueblo a lo lejos. En el camarote donde yo estaba, tuve que cerrar la cortina porque no podía dormir debido a las luces que llegaban de los barcos”.

   Bruno Giambelluca sabe bien de lo que habla. La cuestión ambiental es un tema que lo ha ocupado y preocupado desde hace varios años, cuando pasaba sus horas de adolescencia y juventud en el Colegio Nacional de Bahía Blanca. Desde ese momento hasta el presente, a sus 30 años de edad, ha recorrido un largo camino como miembro de la ONG Greenpeace: todavía parece que fue ayer cuando leyó sobre un proyecto de reciclaje en Capital Federal y llamó por teléfono para consultar cómo podía ayudar. Hoy sigue trabajando por el cuidado y la preservación del planeta en que vivimos; y en el que queremos y debemos dejar a las generaciones que vengan, claro está.

   Fue justamente esa idea y ese norte, trabajar sobre la concientización ambiental, lo que lo llevaron a embarcarse en el rompehielos Arctic Sunrise, perteneciente a la entidad que lucha por el cuidado del medio ambiente en todo el planeta, para participar de la campaña para la preservación de los mares limpios. El barco está desde hace unos días en Buenos Aires, después de un recorrido entre Tierra del Fuego y esta ciudad, donde desarrolló en los últimos días una suerte de cruzada contra la pesca ilegal y la falta de controles al respecto, además de la contaminación con plásticos del mar y las exploraciones para la explotación de hidrocarburos.

   “En esta campaña recorrimos el mar Argentino, partiendo desde Ushuaia hacia el Agujero Azul (Deep Blue), donde se encuentra el límite de las 200 millas marítimas. En ese lugar se pueden encontrar merluzas, calamares y ballenas, entre otros, y existe un área que no se encuentra protegida, por lo cual la industria pesquera arrasa de manera indiscriminada”, cuenta Bruno a “La Nueva.”.


Bruno Giambelluca
 

   La cruzada, el viaje, la travesía, entonces, buscó que los científicos de Greenpeace pudieran comprobar “in situ” el impacto de esta pesca ilegítima en el fondo marino y mostrar también lo que ocurre en la superficie.

   En ese lugar, sobre las olas, dice, existe una verdadera “ciudad sobre el mar, con cientos de buques pesqueros que de noche iluminan el océano tanto o más que cualquier pueblo de la provincia de Buenos Aires”.

   Son unos 400 barcos llegados desde todas partes del globo los que hacen pesca indiscriminada. Con esto, aclara, se terminan destruyendo ecosistemas locales de flora y fauna, y el océano se contamina con cientos de desechos industriales de estos barcos factorías.

   “Entre otras cosas pescan calamares y merluzas negras; depredan todo y dejan bolsas y residuos flotantes... hasta bombitas de luz quemadas quedan en el mar. Nadie controla esas aguas internacionales y por eso Greenpeace pelea por su conservación, y ocurre lo mismo que con los bosques. Tenemos que actuar antes de que sea tarde”, asegura.

   Durante estos días en el mar, el equipo que integraba Bruno buscó minuciosamente documentar denominación y características de cada uno de los barcos que se encontraban depredando el recurso ictícola en aquella zona, para identificarlos.

   En el barco, explica, la tripulación está dividida en dos: la tripulación propiamente dicha, a cargo del funcionamiento de la embarcación, y el equipo de campaña, que va rotando según las campañas que apoye la nave.

   En este caso se sumó una segunda parte de la investigación, mediante el empleo de submarinos, para explorar el lecho marino de aquel sector.

   “Mientras estamos allí, debemos tener en cuenta y respetar una serie de medidas de seguridad que hay que cumplir en navegación, pero no todos los barcos son amistosos. Hay muchas embarcaciones de origen asiático, pero también hay europeos y hasta argentinos; no son todos de la misma nacionalidad. Se trata de un conjunto de países, pero la cuestión aquí es que quien pesque lo debe hacer de manera racional y cuidando el ecosistema”, explica.

   En ese sentido, reconoce que toda la información recolectada sobre las embarcaciones que había pescando en el área, será presentada ante organismos internacionales, como la Organización de las Naciones Unidas, además de intentar generar conciencia ambiental en el común de la población.

 

El Arctic Sunrise es un rompehielos y buque de investigación. Fue construido en 1975, su nombre original era Polarbjørn (Oso Polar) y antes de pertenecer a Greenpeace funcionaba como pesquero de focas.

 

   “Llegar al Agujero Azul no es fácil, porque el clima es imprevisto y el barco se mueve mucho. Por eso es tan importante documentar todo”, señala.

   Bruno reconoce que el trabajo que se lleva a cabo desde la ONG, y del cual él participa, “sirve para mostrar lo que pasa e intentar cambiar la realidad”.