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Un espacio que busca su destino

En la esquina de la avenida Colón y Vicente López de Bahía Blanca se ubica una maravilla de la arquitectura. Es decir, un hecho artístico y utilitario. Una presencia que gratifica desde su concepción y diseño pero que además está preparado para dar cobijo y cumplir una función.

La referencia es al edificio que desde 1926 y hasta 1990 ocupara el banco Hipotecario Nacional, cedido luego para su uso a la FIP y desde hace una década desocupado, sin uso, sin mantenimiento y a la espera de hasta ahora inexistentes interesados.

El banco Hipotecario es desde 1997 una sociedad anónima con participación estatal mayoritaria, abandonando su función social para convertirse en una entidad netamente comercial. En ese cambio se volvió a establecer en la ciudad, aunque ocupando un nuevo inmueble y dejando el histórico en manos de nadie.

La privatización del banco estuvo plagada de irregularidades, propio de un país que hace de estas cuestiones una oportunidad de negociados y malos tratos. Para los de memoria corta, por la venta fueron procesados el ex ministro de Economía Roque Fernández, Eduardo Elsztain y otros funcionarios, por asociación ilícita, fraude en perjuicio de la administración pública, usura, cohecho, tráfico de influencias, malversación, peculado, negociaciones incompatibles con el ejercicio de la función pública, fraude al comercio y a la industria. 

El precio calculado del Banco llegaba hasta U$S 6.300 millones, pero fue privatizado por U$S 1.200 millones al grupo IRSA, de Eduardo Elsztain. El proceso privatizador hizo acreedor al Estado de las acciones de la nueva sociedad, quien comenzó a vender las mismas mediante oferta pública y fideicomisos. Cerca de la mitad de su capital pasó a manos privadas.

En medio de esta historia, el magnífico edificio inaugurado en 1926 en nuestra ciudad no tiene destino. El BH lo puso en alquiler hace más de un año sin conseguir interesados, la municipalidad dejó en claro su interés pero manifestó no tener recursos ni ser prioritario invertir en una eventual recuperación.

Es realmente un pecado capital no hacer de ese inmueble un bien en uso. Cederlo a la Provincia, entregarlo a la Municipalidad, darle vida en una ciudad que parece cada día resignar su patrimonio arquitectónico y donde la falta de espacio para dependencias públicas es moneda corriente. El edificio en decadencia es un signo de lo mal que se pueden hacer las cosas.