Parte del patrimonio arquitectónico de Bahía está en peligro
Por Mario Minervino / [email protected]
Bienes que se desvalorizan
"Pero la ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en los ángulos de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, surcado a su vez cada segmento por raspaduras, muescas, incisiones, cañonazos". Italo Calvino.
En 1993 una enorme pantalla de madera comenzó a tapar la fachada de uno de los palacetes emblemáticos de calle O'Higgins, dando cuenta de su inminente demolición. Lo que aparecía como una intervención injustificable se convertía en realidad en pocas horas, para trocar un bien que engalanaba la principal arteria comercial bahiense por una insulsa playa de estacionamiento, dejando un hueco emocional y material en la ciudad.
La pérdida del edificio, conocido como New London --por la tienda que durante más de medio siglo ocupó su planta baja--, significó un punto de inflexión ante la situación de estar resignando (perdiendo) obras emblemáticas, referentes de la historia, testimonio de generaciones que soñaron una urbe relevante, signo de su potencial e importancia.
Esa demolición impresionó a funcionarios, profesionales y vecinos, pero lo cierto es que más allá de algunas frases poco y nada se instrumentó para proteger, cuidar, mantener y valorar bienes que por su valor artístico, cultural, histórico o paisajístico están llamados a conformar el patrimonio urbano local.
Lo que sigue es un repaso de edificios destacados que han sido borrados del paisaje urbano, de los que sufren las consecuencias de su falta de mantenimiento y preservación y de otros cuyo futuro es incierto y preocupante.
El gran cambio hace un siglo
Bahía Blanca es una ciudad joven. Sus 189 años estuvieron jalonados por el aislamiento y la falta de recursos de sus primeros 60 años de existencia, por lo cual se puede asumir que las obras iniciales de arquitectura importantes se establecen a partir del siglo XX.
Las sedes de los bancos Nación (hoy Aduana nacional, avenida Colón y Estomba, 904) y Español (Colón y Chiclana, hoy Bolsa de Comercio, 1908), el Palacio Municipal (1905-1909), el Club Argentino (Colón y Vicente López, 1910), los edificios de La Previsora (Alsina y San Martín y Colón y Brown, 1909 y 1911), el Teatro Municipal (avenida Alem y Alsina, 1913) son ejemplos de ese despegue.
A ellos se sumaron mansiones y palacetes, casas chorizos, edificios ferroviarios, silos, elevadores, plazas, paseos, monumentos. La ciudad fue tomando forma y estética, con una altura que no excedía los 20 metros, el solitario "rascacielos" de Portugal y Zeballos y los primeros petit hoteles. Eran las manifestaciones en piedra de una manera de sentir, de un progreso y una expectativa por demás positiva.
Hasta que a fines de los 50 comenzó la primera transformación de ese perfil, con el auge (incontenible hasta hoy) de los edificios en altura, en el centro y apoyados por la moda de vivir en departamentos.
Esa oleada fue, a pesar de que mucho no se registra, el primer gran golpe a casonas históricas, las cuales fueron borradas sin contemplación alguna para, se decía, "dar paso al progreso". De muchas de ellas ni siquiera existe un registro fotográfico ni de memoria.
La percepción de que la sociedad estaba perdiendo su patrimonio relevante tardó en instalarse. La idea de que cada demolición era una afectación a la memoria y la identidad no estaba todavía asumida.
Una discusión que no se instala
La Municipalidad realizo un inventario de sus bienes arquitectónicos y urbanos de relevancia recién en 1992, buscando generar conciencia del mismo y establecer criterios de valoración y protección.
Muchísimo tiempo ha pasado desde entonces, para un tema que ha ido modificando sus formas y conceptos, que ha ampliado su rango de análisis acerca de cómo seleccionar esos bienes. Muchísimo tiempo sin que se generen más propuestas y mejoras.
Nada se sabe, por ejemplo, del actual estado de los edificios protegidos. Cuáles han sido intervenidos, cuáles demolidos, cuáles están en riesgo. Tampoco hay presupuesto asignado a tareas relacionadas con su cuidado, ni políticas impositivas que alienten a sus propietarios a mantenerlos de manera adecuada, ni programas de divulgación y formación para que el común de la gente interprete el porqué de esa trascendencia.
Muchos de esos edificios son inaccesibles a la gente, cerrados, casi ajenos. Otros se intervienen sin consultas ni asesoramiento especializado.
Una comisión --ad honorem-- asesora al municipio e interviene con su opinión (no vinculante) cuando ingresan proyectos para modificar bienes inventariados.
La misma ha retomado su labor hace un par de meses, luego de dos años de inactividad. Se mueve en base a la voluntad de sus integrantes, sin encontrar mayores respuestas a la hora de plantear una actualización del inventario, de generar recursos y propuestas, de instalar la discusión patrimonial con la relevancia que merece.
Sin misericordia ni consideración
Varios inmuebles que ha perdido Bahía Blanca siguen presentes en la memoria colectiva, lo cual da cuenta de que su desaparición no ha sido gratuita.
El mencionado de New London, la casona de Brown y Villarino donde durante 50 años funcionó la Escuela Normal, otra de Brown y Fitz Roy --demolida en 2000 por una cadena de comidas rápidas--, los elevadores de chapa de Ingeniero White, el palacete de Nicolás Pagano en Alsina al 300, la casa de Leónidas Lucero en Lamadrid al 200, varios chalets y mansiones de la avenida Alem, las instalaciones ferroviarias del ferrocarril Bahía Blanca al Noroeste.
Se ha perdido la sede histórica de la Biblioteca Rivadavia en calle Moreno, la casa de la familia Cobián (inspiradora del tango “La casita de mis viejos”), el cine Grand Splendid (maravilla art déco de calle Alsina 129), la sede del diario “La Tribuna”, propiedad de Roberto J. Payró, en calle San Martín al 100.
Por otra parte, cada día siguen cayendo bienes del centro, muchos de ellos no inventariados pero que se borran sin siquiera dejar un registro de su existencia.
La nueva ciudad, a falta de terrenos libres, se está reconstruyendo mientras borra la anterior, sin demasiada misericordia ni consideración.
Los que están en situación de riesgo
La falta de mantenimiento y la carencia de conciencia conspiran contra muchos edificios patrimoniales en riesgo. Otros han sido afectados con intervenciones completamente inadecuadas.
Casos emblemáticos son los de la Escuela Nº 2 --Vieytes 51-- y el ex hotel Ocean, en la estratégica esquina de Brown y avenida Colón.
El primero se trata de un inmueble con rango de monumento histórico provincial, construido entre 1926 y 1929. Con intenso uso educativo, la obra "se cae a pedazos", con desprendimiento de revoques y molduras, con severas carencias interiores, desde decenas de vidrios rotos, filtraciones de cubiertas, instalaciones obsoletas.
La Municipalidad acaba de licitar una intervención de casi un millón de pesos para montar una pantalla protectora en el perímetro del edificio, con la insólita finalidad de proteger a los transeúntes ante alguna caída de materiales.
El inmueble de Colón y Brown lleva diez años desocupado. Hace unos días se desprendió un pedazo de mampostería y es claro el deterioro que va teniendo.
También en estado preocupante se advierte la que fuera sede del banco Hipotecario --Colón y Vicente López--, desocupado, con ventanales rotos que permiten el ingreso de palomas y una alarmante afectación. Su puesta en alquiler abre una luz de esperanza sobre su futuro.
A pocos metros del Hipotecario se ubica la sede del Club Argentino, inaugurada en 1910, monumento histórico nacional. Es preocupante el estado general de sus fachadas, con desprendimiento de pizarras, cartelerías inadecuadas e intervenciones de pintura que afectan su estética original.
Un párrafo final, en este reducido repaso, del conjunto de viviendas ferroviarias de calle Brickman --entre la avenida Colón y Donado, el conocido barrio Inglés-- que sigue abandonado a su suerte, con más de un siglo de existencia, con intervenciones que cada día lo afectan más como conjunto. También para el Castillo de Ingeniero White (la ex usina), la impactante fachada art déco del ex Palacio del Cine (Chiclana 159) o la inapropiada ocupación de la Casa del Angel, en Brown y Anchorena.
El futuro, una verdadera incógnita
Nada permite avizorar un futuro mejor o favorable para los bienes patrimoniales.
La pulseada entre los privados-inversores-desarrolladores y los mecanismos legales para protegerlos es de total inequidad. La comuna no dispone de normativas adecuadas, no actualiza su listado de bienes, no asigna un presupuesto al rubro.
No hay campañas de promoción ni concientización que permitan madurar el sentimiento de la sociedad hacia estos bienes para, a partir de esa maduración, lograr una mejor defensa de los mismos.
Es cierto que la ciudad es un organismo vivo, que evoluciona, crece y muta. Que no se puede pensar en congelarla y convertirla en un museo. Pero también es claro que puede crecer sin dañar su historia, que puede avanzar sin resignar sus signos vitales.
De lograr un adecuado equilibrio depende la posibilidad de fortalecer su identidad, de respetar su pasado y de lograr los cimientos adecuados para tener el mejor de los futuros posibles.
Una ciudad viva reutiliza a su pasado
Identidad. El patrimonio urbano constituye el “capital cultural” de las sociedades contemporáneas. Contribuye a la revalorización de la cultura y la identidad, y es un vehículo importante para la transmisión de conocimientos entre las generaciones.
Diversidad. El patrimonio encierra el potencial de promover el acceso a la diversidad cultural y su disfrute. Puede enriquecer el capital social conformando un sentido de pertenencia, individual y colectivo, ayudando a mantener la cohesión social y territorial. Por otra parte, ha adquirido importancia económica para el turismo.
Memoria. Las ciudades y su arquitectura constituyen la memoria construida de una sociedad. En las calles se van acumulando los estratos del pasado, creando una obra colectiva que expresa las transformaciones de la civilización.
Generaciones. Conforman también el escenario del presente, que se utilizan para desarrollar la vida y el espacio futuro, para disfrutarlo y legarlo a las generaciones venideras. Una ciudad viva reutiliza los elementos del pasado, construye el presente e innova el futuro.
Una opinión, Andrés Pinassi
“En materia patrimonial Bahía Blanca ha perdido innumerables obras representativas. El punto de partida fue la demolición de la Fortaleza que dio origen a la localidad.
Si bien sobre finales del siglo XIX y principios del XX las concepciones preservacionistas aún no tenían vigencia, las propuestas del “progreso” condujeron a ello. En la actualidad, en materia de conservación de obras, no estamos lejos de aquella época. Con caminar la ciudad, podemos ver inmuebles mutilados o desaparecidos.
Parte de este accionar es resultado de la ineficiencia y la carencia de gestión. Si bien desde el Estado se han desarrollado propuestas, el nivel de concreción de estas iniciativas quedó relegado.
En este sentido, se presenta como necesidad un trabajo conjunto entre los diversos actores implicados en la temática, a fin de que se creen instrumentos sólidos que contribuyan a preservar las obras.
Resulta fundamental la configuración de una política cultural que establezca propuestas de revalorización y mecanismos específicos para arribar a los objetivos planteados.
Implicar a la población en toda iniciativa debe ser un punto central: no se puede hablar de patrimonio sin incorporar a la sociedad, que en definitiva es la que le da sentido".