Mejor estar triste
A la hora de escuchar música, siempre elijo historias tristes. Y de tanto escucharlas me convencí de que el adjetivo de pesimista que me han puesto por estos lares no está tan mal.
Pero quise ver el otro lado: ser optimista, tan lindo que dicen los demás que es. A ver.
Empecé a buscar canciones con letras “lindas”. Y enseguida pensé: aceptar esa música era resignarme a escuchar versos que me podrían producir un grave dolor de cabeza. O de estómago.
Siempre me gustaron los Stones: “¿Alguien vio a mi chica? El amor se fue y me dejó ciego, la busqué pero no puedo encontrarla, ella se perdió en la multitud”.
Siempre me gustó el tango: “Puse rosas negras sobre nuestra cama; sobre su memoria, puse rosas blancas. Y, a la luz difusa de la madrugada, me quité la vida, para no matarla”.
Desde hace un tiempo me gusta “No te va gustar”: “No verte en mis mañanas ni sonreír con tu voz es sentirme acorralado, es por no haber apreciado y yo mismo haber tirado lo que la vida me dio”.
Estoy convencido de que la tristeza es más productiva que la alegría. Por lo menos para los que vivimos de las palabras.
¿No, maestro?
“Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero / Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos / Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el último dolor que ella me causa / y éstos sean los últimos versos que yo le escribo”.