Hasta Peter Fox lo sabía
Peter Fox fue un detective que, allá por los cuarentas, apasionó a los oyentes de radio El Mundo, de Buenos Aires, resolviendo en quince minutos los casos policiales más intrincados que en aquellos tiempos se podían imaginar.
El programa se iniciaba con la voz del protagonista, advirtiendo que "Peter Fox lo sabía". Y aquí no se trata de invadir el espacio evocador que ocupa "Con las Formas del Ayer", si se menciona que el infalible detective iba, antes o después, a eso de las ocho de la noche, en un espacio que privilegiaban "Los Pérez García" y el "Glostora Tango Club", con la orquesta de Alfredo de Angelis y sus cantores Carlos Dante y Julio Martel.
Pero parece oportuna la evocación porque, en la Argentina, setenta años después, no hubiera hecho falta la sagacidad de Peter Fox para saber lo que todo el mundo conocía hasta que aparecieron, para armar un fenomenal e innecesario revuelo, los correos electrónicos divulgados por el sitio WikiLeaks, tal vez el negocio más opulento que, para sus divulgadores, haya producido la devaluada "tecnología de punta".
Porque, ¿qué argentino, lector de periódicos, oyente o televidente, desconocía que esta tierra era un inmenso lavadero de dinero sucio, un nido de narcotraficantes, el enriquecimiento irregular de los funcionarios y sus amigos una constante y quiénes sus socios continentales o transatlánticos?
Sabía mucho más que lo vendido por WikiLeaks, que no ha mencionado el tema de las maletas voladoras desbordantes de dólares que traía desde Venezuela uno de los tantos "perejiles" que el poder matrimonial utilizaba como changarín, como es posible que tenga empleados a otros para acumular plata sucia en bóvedas que no están en los cementerios.
Todos o muchos tratan de explicar todo sin aclarar nada, como los crímenes sin esclarecer vinculados con el narcotráfico, la vinculación de poderosos, hasta convertirse en intocables, dirigentes gremiales con la "mafia de los medicamentos" o la tentativa de asalto a un camión blindado que habría encerrado siete o diez millones de dólares en un inexplicable viaje de Pilar a Buenos Aires.
Nadie ha dicho nada ni muchos han preguntado dónde fueron cargados los dólares ni a quién iban dirigidos, porque todo fue prolijamente orientado hacia la muerte de dos policías que hacían la custodia de la inmensa fortuna.
Así las cosas, la ocupación de los funcionarios "funcionales" no pasa de opinar sin antes resolver qué se hace con la montaña de documentos interceptados por WikiLeaks, que, como en los culebrones televisados, son entregados por capítulos, una fórmula infalible para aumentar la ansiedad, como lo demuestra la amenaza de una próxima entrega que revelaría la inevitable situación de quebranto de los principales bancos del mundo, con la crisis planetaria que provocaría.
Max Weber sostuvo que la comprensión del sentido, las motivaciones, las creencias y los valores de cada individuo son centrales para entender su accionar social.
Es fácil deducir cuáles son el sentido, las motivaciones, las creencias y los valores que acumulan, comenzando por la cabeza, los individuos que están en la superficie o en los sótanos del régimen político edificado, a partir de 2003, en la Argentina.
Con eso basta para prescindir del agobio a que nos someten las revelaciones de los secretos electrónicos, sólo comparables a los armados sobre los romances de Ricardo Fort y otros productos que otros insanos del poder mediático nos ofrecen cada día.
Es el punto donde las revelaciones de WikiLeaks hacen agua sin que haya bomba de achique que resuelva el inevitable naufragio. Es perverso, de perversidad absoluta, interesarse por la salud mental del poder, cuando nadie se ocupa por averiguar cuál es la salud mental de quienes padecen el poder; en especial, cuando este no expone síntoma alguno concreto o distinto de los conocidos por todos.
Pedro Sánchez es periodista; reside en Buenos Aires.